COLUMNISTAS CATALUÑA

Mejor solo que mal acompañado

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En los bares de los barrios más hispanos de Barcelona, los parroquianos castellanos, extremeños y andaluces expresan su apoyo a la consulta popular del 9 de noviembre. Son descendientes de trabajadores migrantes de esa España profunda y pauperizada, que a decir de algunos intelectuales españoles cuando corren a los independentistas por izquierda “dieron su sangre” a la revolución industrial catalana, razón inescindible de su riqueza actual.

¿Qué cambió en este colectivo pletórico de orgullo hispánico hasta hace poco reserva cultural anticatalanista expresada por su negativa al uso de una lengua, que devino a la vez en ley con el franquismo e instrumento de resistencia de la lucha en su contra?

El PSOE y el PP han alternado posturas tan negadoras de los reclamos catalanes que empujaron a Convergencia y Unión (CIU, el partido del presidente Artur Mas) y a su amplia base de clase media y alta, de tibio o nulo independentismo, a pactar con la independentista Izquierda Republicana –segunda mayoría en los comicios pasados que encabeza hoy los sondeos– y a considerar la independencia como un punto innegociable de la agenda.

Negación a discutir un pacto fiscal: Cataluña contribuye a un 25% del PBI de España y en los últimos cinco años coparticipa en promedio menos de un 11%. Negación verbalizada por Mariano Rajoy a modo de oxímoron inadvertido, propio de políticos que no brillan por su lucidez: “Consulta antidemocrática”.

La sucesión de ninguneos aliena. A lo que se suman escándalos de corrupción de la plata dulce precrisis, autopistas vacías en el sur, versiones ibéricas del aeropuerto internacional de Anillaco, desarrollos inmobiliarios asociados a masivas expulsiones y flagrantes violaciones a la zonificación vigente, y hasta un tren de alta velocidad que en muchos tramos no resiste estudio alguno de factibilidad económica, mientras que el segmento gestionado por Renfe (la empresa nacional) de trenes convencionales en territorio catalán –el más abandonado a su suerte de la red– no le llega a los talones al ferrocarril local de la Generalitat.

Un menú a la carta de injusticias impunes que harían sentir aun a cualquier distraído del debate identitario que es mejor andar solo que mal acompañado. La cuestión tiene un eje tan generacional como político. Una juventud que sin perjuicio de pertenencia ideológica se anima más a pensarse como parte de Europa que de España

En Madrid hay una derecha responsable directa de la corrupción descripta y obediente del modelo de disciplinamiento “a la europea” promovido por Merkel, ese modelo que CIU trasladó a pies juntillas a la comunidad autónoma sin anestesia. Esa derecha tiembla frente a cualquier potencial compromiso de tamaña fuente de financiamiento del Estado y de su deuda, como lo hacen los catalanes más viejos que con la memoria aún fresca por los crímenes del franquismo, en una nación renuente a revisar su pasado, imaginan un final de tanques de la Guardia Civil impidiendo el plebiscito en las principales ciudades.

La izquierda española grita oportunismo, aunque lejos de criminalizar la consulta les reprocha a los independentistas el timing sospechoso de la suspensión por tiempo indeterminado de la lucha de clases que pasa a segundo plano junto con el enemigo común neoliberal que desplaza con sus recetas de recortes la crisis a los pobres del sur de Europa.

Todo parece indicar que la consulta del 9N tendrá lugar. Descartado el uso de manu militari –aunque en España de eso nunca se puede estar seguro–, lo que está en juego impide pensar que harán la vista gorda.

La artillería, por ahora, apunta a sembrar miedo, con declaraciones de ilegalidad por el tribunal constitucional que actúa como sello del gobierno legitimando la posibilidad de detenciones masivas de los organizadores (la clase política catalana en su conjunto que hace unos días suspendió la campaña). De lo que sí se puede estar seguro es de la convicción innegociable de la mayoría de los catalanes de cambiar la historia.

*Profesor y licenciado en Geografía de la Universidad de Buenos Aires, M.A UNY.



Héctor Zajac