COLUMNISTAS POBREZA

Mentime que me gusta

La realidad contada y optimista gusta, pero es insuficiente. El oficialismo corre el riesgo de creerse su propio relato.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

Una buena parte de la sociedad argentina prefiere vivir en la mentira y estirarla todo lo que sea posible. Tiene buenas razones para hacerlo: se trata de una actitud sólidamente basada en la experiencia y en un cálculo de estricta racionalidad.

Para explicar esta aparente paradoja hay que entender ante todo que no estamos frente a un simple caso de ignorancia, de falta de información, sino de ajuste estratégico de corto plazo (aunque no muy consistente en el largo, es cierto, pero convengamos que en Argentina se verifica más que en ningún otro lado que nadie puede saber dónde cuernos le va a tocar estar en el largo plazo) de quien conoce bastante bien la situación que lo rodea, y porque la conoce cree que le conviene dejarse engañar: necesita creer que el actual estado de cosas puede durar, precisamente porque sabe muy bien que está agarrado con alfileres y cualquier salida supone riesgos y costos. Así que se deja melonear por una Presidenta que actúa un presente perpetuo, como si nunca fuera a dejar de estar en su cargo y pudiera seguir eternamente “en cartel”, como protagonista estelar del varieté nacional. Y por un candidato oficial que ha convertido en refinado culto el método de no hacer jamás una afirmación comprobable o refutable sobre nada.

No es la primera vez que sucede, en verdad. Cada vez que el dólar quedó atrasado, se lanzó un festival de deudas y bonos, y el déficit público se disparó, como está sucediendo ahora y pasó también desde 1998, en 1988, desde 1978 y en varias otras ocasiones, la ilusión de riqueza, o al menos de estabilidad, resultó demasiado tentadora, y sino la mayoría una buena porción de los argentinos cedió ante ella. Porque le convenía, porque perdidos por perdidos mejor vivir el momento, porque el miedo no es sonso y se podía intuir lo que seguiría, y porque no habría premio alguno para los aguafiestas.

Con estos instrumentos es que el oficialismo intentará ganar las próximas elecciones. Y puede que lo logre. Pero los oficialistas deberían poner algo más de cuidado en cómo atienden la demanda de camelos, porque cuando dosifican mal la oferta suelen generar efectos contrarios a los esperados.

Fue lo que le sucedió a CFK en Roma, traicionada por el entusiasmo que le generó el ser coronada como una suerte de Madre Teresa criolla por la FAO.

Seguramente no lo pensó bien (“si mal no recuerdo” empezó, y ahí ya estaba claro que iba a meter la pata) cuando proclamó cifras sobre pobreza e indigencia que ni siquiera sus funcionarios más leales se atreven a sostener.

Encima a continuación estos mismos funcionarios se enredaron en explicaciones contradictorias sobre lo que su jefa había dicho. Aníbal Fernández y la patota del Indec, más papistas que el Papa, hicieron acto de fe jurando que el primer mundo quedó lejos atrás nuestro. En cambio Kicillof intentó dar formato racional a la irracionalidad, como suele hacer, y dijo que la Presidenta se había referido al porcentaje de población en riesgo alimentario, una condición que efectivamente la FAO se ocupa de monitorear en todos los países y que se parece bastante a la medición local (o lo que era la medición local) de indigencia. Pero al sostener esto era evidente que complicaba aún más las cosas, porque si los argentinos indigentes son el 5%, es razonable estimar que los pobres son cinco veces más, dada la cantidad de planes sociales de subsistencia, empleos precarios y mal pagos que alcanzan apenas para que millones mantengan la cabeza fuera del agua. Así que el superministro optó por callarse la boca y la Presidenta por irse a Milán. Para tapar con un stand hecho de fantasías, camelos y actos de corrupción otro asunto que se había vuelto aún más problemático.

No fue Cristina la única que en estos días anduvo fallando en la dosificación de la mentira. Scioli viene enredándose cada vez más con la economía, y ya no se sabe si engaña a Kicillof cuando lo elogia, engaña a Bein cuando lo promueve como su vocero, o se engaña a sí mismo al creer que puede sumar Kicillof + Bein y obtener algo que no sea un engendro.

En este caso, conviene aclarar desde ya, se trata de algo bastante más complejo que una fallida improvisación o un irse de boca. No es que Scioli pueda hacer algo muy distinto de lo que hace. Necesita ganar las PASO del oficialismo y hacerlo sumando a los votos propios la mayor porción posible de los del kirchnerismo duro, para evitar que Randazzo se quede con un porcentaje tal de ellos que, aun venciéndolo, en el pole position de los candidatos definitivos él quede muy relegado detrás de Macri. Así que está obligado a hacer un poco la de Aníbal Fernández, ser más papista que el Papa.

Se lo pudo verificar en sus últimos spots: salvo la de los medios, Scioli abraza en su campaña todas las banderas camporistas, con la fraseología camporista correspondiente: dice venir “bancando” el “proyecto nacional y popular”, al que quiere profundizar y acelerar, como si no estuviera ya suficientemente acelerado; y se identifica con la industria nacional, la defensa de los derechos humanos y el desendeudamiento, como si algo de eso tuviera alguna vigencia en los tiempos que corren.

Como los Katopodis, los Giustozzi y los Eseverris que hacen acto de constricción al volver al redil oficial, abrazándose con un Wado de Pedro benévolamente dispuesto a olvidar todo lo que se había jurado y prometido hasta hace unos pocos días, Scioli también está convencido de que el electorado argentino está dispuesto a digerir cualquier camelo. Que el peronismo es una máquina tan potente de digestión, que no hay sapo, quebranto ni genuflexión que no se pueda hacer pasar por firme convicción y compromiso.

La prensa oficial hace también su aporte, celebrando que Scioli haya dejado atrás sus dudas y haya abrazado tarde pero seguro el credo K. Sería, en sus términos, la prueba que hacía falta para demostrar que el proyecto continúa, que todavía convence y seduce, que los votos son de Cristina y que todo puede seguir después del 10 de diciembre más o menos como viene siendo. Si es que Scioli no traiciona. Aunque si intenta traicionar peor para él.

Tal vez las cosas no sean tan fáciles ni sencillas para “el proyecto”. Tal vez la seducción de la mentira no sea esta vez tan potente, ni la ilusión de un cambio quede tan deslucida por el miedo. Pero si así no fuera y el oficialismo se impusiera, le convendrá de todos modos no enamorarse demasiado de su éxito.

Deberá evitar sobre todo la repetición de un vicio que resultó en enormes problemas, errores y costos para las gestiones de gobierno de estos años: el consumir la mercadería que el discurso oficial produce. Scioli no tiene fama de crédulo, ni de fanático, y parece muchas veces estar de vuelta de todo y no comerse ninguna cuando le dice a cada uno lo que quiere escuchar. En suma, parece ser el tipo de mentiroso que necesitamos. Pero tal vez esté fanatizado precisamente de su papel de flautista de Hamelin, y de que con él le va a alcanzar para lidiar con el país que se viene.



Marcos Novaro