COLUMNISTAS ¡SAN LEO SALVADOR!

Messi y la isla de Borges

A los cuarenta segundos su equipo había recibido un gol y Messi estaba a una hora y media de convertirse, por obra y gracia del péndulo argentinista, en un cobarde, pecho frío y apátrida.

Pequeño duende. La Selección estuvo al borde del abismo, pero Leo la salvó.
Pequeño duende. La Selección estuvo al borde del abismo, pero Leo la salvó. Foto:AFP

“Todos estamos algo manchados, tal vez. Es muy difícil modificarlo de manera rápida. No sé si la gente espera un milagro de la noche a la mañana. Si nuestra esperanza es impaciente, sería un grave error”

Jorge Luis Borges (1899-1986); de un reportaje realizado por la agencia EFE (1983).


A los cuarenta segundos su equipo había recibido un gol y Messi estaba a una hora y media de convertirse, por obra y gracia del péndulo argentinista, en un cobarde, pecho frío y apátrida. Diez minutos duró el estupor. Hasta que dos, tres ráfagas suyas en el área rival, su hábitat, resolvieron el dilema imposible.

¿Por qué el genio capaz de hacer magia con la pelota pegada a su pie zurdo en cualquier punto del planeta parece demasiado humano cada vez que juega en su Selección? ¿Por qué el hechizo desaparece, así como si nada, con pasmosa facilidad?

De todo lo dicho antes –críticas crueles, apelaciones a lo divino–, lo más interesante lo descubrí en el programa menos pensado, Fútbol al horno, un habitual paso de comedia gruesa donde Jorge Vázquez, un psicólogo con matrícula, desarrolló una tesis novedosa.

Argentina –explicó– representa el país que le dio la espalda y las dudas de su madre que, por amor, le pedía que abandonara el duro exilio catalán aun a riesgo de no jugar más. Cataluña, por lo contrario, es el reconocimiento del padre que lo alienta a seguir adelante y del club que lo hizo crecer en todo sentido.

Dos opuestos que conviven en su inconsciente y se activan según sea el contexto. Exito con el Barça, enojo con la incomprensiva tierra-madre que se activa en el momento en que debe concretarse ese amor-conflicto: las finales.

¿Y la medalla dorada con Argentina en Beijing 2008? Pep Guardiola, que algo sabía o intuía, no quería que jugara esos Juegos Olímpicos. Messi insistió hasta que su técnico accedió. Con una condición: que hiciera la pretemporada con ellos. Desde allí viajó, y fue el oro. El hechizo se había neutralizado.

—Curiosa teoría. Ignoro si es correcta o no, pero eso carece de importancia. Mi padre fue profesor de Psicología en el Lenguas Vivas, ¿sabía? Usaba como texto la obra de Williams James, el hermano de Henry. “La psicología es una ciencia futura, la enseño hoy, pero no creo en ella”, decía. Estuve muy interesado en la psicología pero la he sentido así, como una serie de problemas irresueltos.

Levanté la vista y él ya estaba allí, apoyado en su bastón, pelo escaso y canoso, traje oscuro y una bufanda azul con letras en blanco y rojo que rompía toda armonía. Le alcancé una silla. Borges sonrió mientras se dejaba tomar del brazo. Nos vimos varias veces desde aquel increíble desayuno en su departamento de Maipú, cuando tomamos té con leche servido por Fanny y yo, cronista debutante de 18 años, le pedí una composición tema “La vaca”, escrita en el cole.

El 24 de junio de 1986 lo despedí con la última flor en Plainpalais, antiguo cementerio de Ginebra, pero varias veces pasó por la redacción. Un día, se encaprichó con ser comentarista de fútbol. Me pareció genial, y le enseñé un par de yeites que debía repetir si las jugadas terminaban de un modo o de otro. Pero ahora lo que más me intrigaba era esa bufanda tan chillona.

—¿Qué tiene ahí, maestro?

—Una bufanda de Islandia. ¡Clasificó por primera vez a un Mundial! Sé que las victorias deportivas nada tienen que ver con los países, pero en este caso no pude sino alegrarme, Asch. Me emocioné mucho cuando ellos me dieron la Orden del Halcón. Tengo un gran amor por todo lo escandinavo y por esa isla helada de amaneceres mágicos.

—Me alegro por Björk, que la amo. ¿Vio los partidos? Quiero decir…

—Sí, estuve con ellos, al menos espiritualmente. Heimir Hallgrimsson, el técnico, es mi dentista. Gran profesional. Me regaló la bufanda y una casaca, que por pudor no me he puesto.

—Por fortuna, Argentina también irá, gracias al pequeño duende. El equipo estuvo al borde del abismo pero la agónica victoria lo salvó.

—Muy literario.

—Hubo mucho de eso en estas Eliminatorias, maestro. Mire el caso de Aron Johannsson, hoy en el Werder Bremen, un islandés que eligió jugar en Estados Unidos para tener chances de ir a un Mundial. No parecía mala idea, pero en pocos días sucedieron cosas insólitas. Estados Unidos perdió con Trinidad y Tobago, Panamá le ganó a Costa Rica con un gol que no fue, y encima Islandia dejó afuera a Ucrania y Turquía. Se quiere morir, pobre.

—Aciago y paradojal destino, Asch...

—Ni más ni menos. Y hubo otras historias, acá en la región. En Asunción, los paraguayos invadieron el hotel de sus rivales venezolanos con bellas sirenas pero los hijos de Bolívar resultaron inmunes a su canto embriagador y ganaron.

—¿Así nomás, sin atarse como Ulises? Qué heroica resistencia.

—Argentina viajó a Quito con todo. Messi, su plantel de stars, el cuerpo técnico, dirigentes, ex campeones mundiales… y un brujo limpiador de malas energías infalible llamado Manuel.

—Muy previsores, Asch. La magia es la coronación o la pesadilla de lo causal, no su contradicción.

—El colmo fue lo que le pasó a Chile, eliminado por culpa de su propia protesta reglamentaria por la mala inclusión de un jugador de Bolivia. Les dieron tres puntos pese a un triste empate en cero de locales, pero Perú los imitó y sumó tres pese a su derrota en La Paz. Y ese puntito de más los dejó sin Mundial. ¿Le cuento más, maestro?

La sonrisa piadosa de Borges contestó por él. Lo ayudé a incorporarse y me pidió que le sostuviera el bastón. Entonces, abrió los brazos y estiró la colorida bufanda.

—¡Fyrir Island…! –repitió tres veces, disfrutando el momento como un chico. Después de la risa, el aplausito y el mutuo deseo de buena suerte para que se diera la imposible final Argentina-Islandia, hablamos de otras trivialidades rumbo a la salida.

Me sentía absurdamente eufórico, o feliz; esos estados anímicos que sólo esa superstición llamada fútbol es capaz de dar.