COLUMNISTAS DEL FUTBOL A LA SOCIEDAD


Messias

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De polvo somos. El Espíritu Santo embaraza a la virgen del potrero de la tierra elegida y, cada tanto, los dioses del fútbol te mandan a uno que la rompe. Polvo a polvo, de la nada te aparece un Perinetti, un Varallo, un “Cherro”, un Seoane, un De la Mata, un Moreno, un Pedernera, un Sívori, un Corbatta, un Sanfilippo, un Ermindo Onega, un Maschio, un Bochini, un Daniel Willington, un Rojitas, más decenas de apóstoles y predicadores que desparraman por el mundo la buena nueva. Hay que reconocer que, al menos acá, el Espíritu Santo disfruta del mejor juego de la vida y coge mucho. Cada vez menos, pero todavía la pone.

De tanto curtir y gozar, de semejante cantidad y calidad, de pronto salen unos bebés sobrenaturales que vienen con una pelota atada al escarpín. Apenas se paran sobre sus dos piernas, saltan de la cuna al baldío y la gastan de tanto tocarla y pisarla. Un Di Stéfano, un Kempes, un Maradona. A Di Stéfano lo vi en películas y luego en el altar del fútbol español A fines de los setenta, durante el exilio, por invitación de un amigo común, compartí vestuario y jugué con Alfredo en un equipo que se juntaba los miércoles en la ciudad deportiva del Real Madrid. Los tres de adelante eran Puskas, Di Stéfano y un servidor. No me creen, pero tengo testigos.

Paso a contarles entonces un par de breves y poco conocidos milagros de Maradona. De muy pibito, jugando en el patio de tierra de su casa de Villa Fiorito, la pelota cae al pozo ciego y se tira a buscarla. Un tío alcanzó a ver lo que pasaba y lo rescató. Salió de ahí oliendo a mierda, abrazado a la pelota. Otro, modesto. Jugaba en el Barcelona, después de comer milanesas en su casa con Jorge Cyzsterpiller, su representante de entonces, armamos una barrera de sillas en el living. Había que embocar el tiro libre, casi sin recorrido, en el agujero previsto para una maceta que tenía una mesita ratona. Imposible, pero él lo lograba. Diego se descomponía de la risa cuando lo intentaba Jorge, apoyado en su pierna ortopédica.

Como la mayoría de los verdaderos hinchas, llevo conmigo todo ese fútbol cada vez que voy a una cancha. Me volvió a pasar ahora, cuando cubrí como periodista la Copa América, enviado por Radio Nacional. En el estadio de Boston “veía” el gol, cuando Maradona la colgó de zurda frente a Grecia en el Mundial de 1994, y a la gordita rubia que se lo llevó de la mano. En el MetLife de Nueva Jersey, entré al campo el día previo y miré, embobado, el arco vacío donde Messi clavó el tercero contra Brasil.

Antes del comienzo del partido final frente a Chile, hice una “ arenga” para mis compañeros y los oyentes. Decía, así: “Mirale la cara a Romero, a Banega, a Rojo. ¡Cuánto hay de baldío, de potrero. Cuántas horas olvidados de todo! Cualquiera que haya jugado lo sabe. Esas tardes éramos eternos hasta mañana. Todo estaba vivo. Nuestros viejos, los pibes del barrio, las ilusiones, todo. Por eso seguimos jugando, escuchando, mirando fútbol. Donde sea. A cualquier hora. El fútbol nos regresa a la infancia, a la verdadera patria donde se forja la identidad y la pertenencia. La pasión que le ponemos nos expresa, para bien y para mal. ¿Qué más necesita un Mascherano? ¿Qué le sumaría una copa más a un Messi? Esto no es por un título cualquiera. Es por conseguir el que soñaron. Que de eso se trata. De volver a ser pibes y de reírse a carcajadas de la puta muerte”.

Y se perdió. Y vi a Messi llorar. Y lloré con él. Hubiera querido entrar para darle un abrazo y consolarlo en nombre todos. Después de tantos milagros, de multiplicar los pases y los goles, de hacer jugar hasta a los muertos, de soportar patadas y lanzazos de los periodistas y los que viven del negocio, el Messias se crucificó a sí mismo como un ladrón más, junto a verdaderos chorros y criminales como Grondona y Burzaco, para lavar los pecados de todos y dejó la Selección.

Cuando me enteré, miré al cielo y, antes de que se afeite, grité: “¿Barba, por qué nos abandonaste?”. De polvo somos, pero en polvo no queremos convertirnos. En medio de la noche de mi desesperación, “la Magdalena”, la hermosa María, me vio hecho pelota, hizo sus jueguitos conmigo y me susurró al oído una esperanza: ‘Tranquilo, nene, en tres días resucita”.  

*Periodista.



Carlos Ares