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Metafórico o literal

Emprendo, cada tanto y como tantos, algún intento esmerado de entender el peronismo: qué cosa es, en qué consiste, por qué sucede.

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Emprendo, cada tanto y como tantos, algún intento esmerado de entender el peronismo: qué cosa es, en qué consiste, por qué sucede. No llego a nada, por supuesto, y acaso en esa fatal irresolución haya al fin de cuentas una verdad. Pero algunos tenues progresos creo haber a veces logrado; y eso gracias a Leonardo Favio, a Leónidas Lamborghini, a Carlos Godoy, a Alejandro Fernández Mouján, a Daniel Santoro. De las pinturas de Santoro rememoré, en estos días, las visiones colosales de Eva Perón, santa y siniestra, diosa marmórea, haciendo chas chas en la cola al niño gorila o al niño marxista: para que aprendan, para que entiendan, para que escarmienten, para que espabilen.

Cristina Kirchner no es Eva Perón, y Oscar Parrilli no es un niño; y sin embargo, días atrás, me acordé patentemente de esos cuadros de Santoro. No me espantan las malas palabras, que a veces no tienen reemplazo, y es sabido que “pelotudo” cobró otra carga semántica desde que “boludo” pasó a emplearse como vocativo general de tono neutro; tampoco me espanta que quien las profiera sea por caso una mujer, ya que abogo por la igualdad de género y no concibo a las mujeres como pasivas e inertes en el empleo de la violencia verbal (lo cual es un prejuicio netamente machista). Me refiero aquí a otra cosa: a ciertos filosos registros del reto, combinados maliciosamente con un aire zumbón de gastada (ese que Tita Merello, en Garufa, llevó a su punto más alto). El aturdimiento de Parrilli nos da la medida de su mortificación: desde el olvido repentino de la existencia de internet, hasta la respuesta: “En Neuquén” a la pregunta “¿Dónde estás?” (el mismo formato cómico del viejo chiste que interrogaba en qué lugar tienen las mujeres el pelo más oscuro y enrulado).

No soy contrario al insulto, aunque prefiero mayormente el argumento y la buena educación. Pero hay un empleo del insulto que me resulta más bien miserable, y es el insulto que se dirige al que no lo puede contestar ni aunque quiera. Un nene bien de palco vip (porque, existiendo palcos vip, afloraron nenes bien donde no solía haberlos) alguna vez recibió una rotunda lección de ética acerca de esta materia por parte de Juan Román Riquelme. Parrilli no podría haber replicado, por ejemplo: “Ya sé que sos vos, pelotuda, es que no se oía bien”. Tampoco podría haber ejercido el desprecio mayúsculo, consistente en ni siquiera contestar. No pudo sino subordinarse porque ya era, desde el vamos, un subordinado. El insulto se descargó, por ende, desde la jefa hacia el subalterno, y en eso radicó su crueldad. Fue un examen de lealtad, que es la prueba mayor del justicialismo, y Parrilli lo aprobó raspando, con sudores y sofocos, como aprueban los que tienen luces pero olvidaron estudiar la lección.

En cuanto a la frase “A este chico hay que matarlo”, opino, al igual que Luis Majul, que fue empleada en sentido metafórico (la frase de los carpetazos se emitió para su denegación y la frase sobre causas armadas surgió como un acto fallido: las dejo, pues, para los expertos en psicoanálisis). Desde hace ya bastante tiempo, el verbo “criticar” se reemplaza por “pegar”, y si las objeciones son drásticas, se pasa prontamente a “matar”, así que esa traslación de sentido está instalada.

Si de metaforizar la muerte se trata, sin embargo, mi más áspera disidencia es muy otra. Proviene de 2010, cuando una muerte real, brutal y concreta, la de Mariano Ferreyra, a manos de una patota criminal enviada por el burócrata sindical kirchnerista José Pedraza, suscitó en Cristina Kirchner un juego metafórico sobre una bala figurada rozando el corazón de Néstor. Me consternó y me consterna. Porque la bala que mató a Mariano Ferreyra, militante del Partido Obrero de veintitrés años de edad, no era figurada, sino literal, y no lo rozó: lo mató. Ferreyra participaba de una marcha pacífica en defensa de los derechos de los trabajadores ferroviarios, que el propio Pedraza, devenido empresario, traicionaba y arrasaba. Esa clase de distinción política es la que a mí me interesa. Sobre el crimen de Mariano Ferreyra hay un libro imprescindible que escribió Diego Rojas, y una versión llevada al cine a cargo de Alejandro Rath y Julián Morcillo.



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