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Metamorfosis de la mirada argentina

Sería constructivo pensar los límites de las ideologías en los distintos campos políticos como las zonas de mayor y fecundo intercambio.

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Foto:Marcelo Aballay

Usted, lector, es un argentino que se fue a trabajar al exterior en septiembre pasado. Se fue con Scioli ganando las PASO con el 39% de los votos –a pesar de 12 años de desgaste kirchnerista– contra el 30% de Cambiemos, del cual Macri obtuvo sólo el 25%. Vuelve ahora a la Argentina, apenas siete meses después, y se encuentra con que no sólo Jaime y Lázaro Báez están presos, sino que Cristina Kirchner y De Vido están imputados y corren el riesgo también de ser detenidos. Además, se encuentra con que se extinguió la mayoría de los medios kirchneristas, echaron a Víctor Hugo, y Cristóbal López se presentó en concurso de acreedores confesando insolvencia. Usted, lector, quedaría desconcertado. Pensaría que tenemos el gen de la volatilidad inextirpablemente unido y que no somos o no éramos (lo que viene a ser lo mismo) serios. Se alegraría si no simpatizaba con el kirchnerismo, pero al mismo tiempo le preocuparía la pesadumbre de nuestra conciencia agónica.

Lugar común: hay “hormigas obreras”, “abejas reinas” y jueces tortugas, hoy vistos como liebres.

Imaginario instituyente. La palabra “idea” en griego viene de “visión”, lo que permite ver las formas y el pensamiento del límite que la determina. Es la mirada lo que da realidad a lo mirado. Lo que cada grupo humano tiene por realidad está constituido por ilusiones que se ha olvidado que lo son por su uso reiterado y compartido. Sólo así, este lector imaginario que creamos podría explicarse que el kirchnerismo haya obtenido el 54% de los votos hace cuatro años, más que duplicando a quien salió segundo y Macri no haya podido ni competir, para terminar ahora casi todos presos o en vías de estarlo.

Es el tipo de capacidad poética de cada sociedad lo que hace su historia. Los argentinos tenemos responsabilidad sobre el relato que mayoritariamente hoy rechazamos como si hubiera sido impuesto por extranjeros que nos invadieron y no por la mayoría de nosotros mismos entonces.

Una de las principales funciones de la analogía es la cognitiva, porque todo concepto concibe una cosa en términos de otras. La lucha del poder es la lucha por imponer metáforas: “grasa” para el exceso de empleados estatales no hubiera pasado el filtro del imaginario que nos rigió durante 12 años. Al igual que en nuestro imaginario permanente hay “abejas reinas” y “hormigas obreras”, en nuestro imaginario coyuntural hay jueces que antes eran tortugas, como se ha escuchado repetidamente, y ahora son liebres.

Cada imaginario bloquea cierto tipo de asociaciones y promueve otras. Cambiando los duendes del imaginario oculto que nos habitan, cambia la realidad. Y ahora la idea de Cristina y De Vido presos –además de Báez y Jaime– puede parecer absolutamente normal, cuando hace no mucho resultaba inimaginable. Pero debemos hacer el esfuerzo de colocarnos en la piel de ese lector imaginario que se fue siete meses al exterior para ayudarnos a comprender lo que nos pasa.

Son los prejuicios lo que hace posibles los juicios, porque hay un transporte de significado en las metáforas. La realidad se construye y naturaliza con metáforas cristalizadas; no las decimos nosotros, al revés, son ellas las que nos dicen a nosotros y nos dicen lo que debemos ver y cómo debemos verlo. “Recto” viene de regir, de gobernar (como regimiento, región o rey). Co-rige quien rige. Al cambiar quien rige, ahora Macri, cambia lo que es co-recto también –desgraciadamente– para los jueces.

Sugestión social. Hay una higiene conceptual. Zygmunt Bauman, que sufrió el nazismo, escribió un ensayo alrededor de la etimología de “raza” y “razón”. Los valores del grupo dominante se imponen como el discurso de la verdad. No tenemos un sistema de ideas sino que somos tenidos por un sistema de ideas. La ilusión de pensar como universal y necesario lo que puede ser particular y arbitrario surge para facilitar la construcción de una ficción colectiva (el relato) que dé sentido, fundamento, cohesión, y permita a la mayoría adoptar en cada ciclo los dioses del momento: la inclusión, el progreso, los que vendrán.

Un orden es un cosmos (en griego, cosmein). Cada sociedad es un cosmos que ordena lo que es posible y lo que no. A los argentinos, parece que lo que recurrentemente nos ordena es el caos: el de 1983, el de 1990, el de 2002 y ahora el de 2016. El caos ha sido nuestra partera preferida.

Dado que las metáforas nos piensan, para salir del ciclo de caos sería constructivo pensar los límites que separan las ideologías de los distintos campos políticos no como limitantes, sino a esas fronteras como las zonas de mayor y fecundo intercambio. No se debería repetir el error de que un nuevo partido no sea parte del todo sino que sea “pura identidad del todo”.

El caos nos ordena: sólo en una semana, Cristina y De Vido, cerca de ir a prisión con Jaime y Báez, ya presos.

Y para comenzar a pensar cómo crear un entorno social que opere positivamente, en esta semana tan particular y con enorme protagonismo de la Justicia, PERFIL dedicó el espacio de los largos reportajes que realiza ocasionalmente a Ernesto Sanz, quien podría ser considerado el pater seraphicus de Cambiemos, además de su mayor experto en cuestiones judiciales, para profundizar en el “estado del arte” de la política argentina. Huyendo del desplazamiento metonímico que toma una parte por el todo, asumiendo una nueva visión del mundo que –aunque ideológicamente modulada– domestique la mirada hacia una estructura de significaciones y sentidos más evolucionada.

Después del Presidente, Sanz es la persona con más credenciales dentro de Cambiemos. Su tarea podría resumirse en “hacer ver”. A Macri, a sus ministros, a sus correligionarios. Y durante casi tres horas respondió un cuestionario que tiene por objetivo comprender la metamorfosis de la mirada argentina.



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