COLUMNISTAS PIRAMIDE

Metástasis

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Ahí donde se toca, duele. Ahí donde duele, se inflama. Ahí donde se inflama, asoma la punta que revela una mafia oculta. Ahí donde se aprieta, la mafia revienta y salpica el pus. Las heridas abiertas con navajas ideológicas oxidadas durante la salvaje disputa por el poder de los últimos veinte años infectaron todo el aparato circulatorio. El cuerpo social se desmembró y supura hasta los extremos más bajos. Las organizaciones criminales explotan como llagas lacerantes en la piel sensible de una población indefensa. La ilegalidad arde, quema, desilusiona, corrompe, desnutre, mata. Reunidas en bandas, las mafias  ejercen su fuerza bruta , imponen “ condiciones”, cobran “peaje” y ofrecen “protección”.
Las corporaciones empresarias, beneficiarias de créditos, subsidios, obra pública, amenazan con despidos o aumentos de precios. La mayoría de los sindicatos importantes, conducidos por “gordos” megamillonarios desde hace más de veinte años y más,  garantiza “paz social" a cambio de que le repongan la “caja” de las obras sociales y de que no se discutan leyes que democraticen la vida gremial, con límites a los mandatos, ni se conceda igualdad de oportunidades a sus opositores.
La policía recauda aparte del salario por “cuidar” que nadie interfiera en el negocio de la prostitución, el juego clandestino y la transa. La Justicia cajonea, procesa, libera, condena o activa las causas según quién se pare adelante o qué se ponga arriba del escritorio. La lista es interminable. La mafia china, la del Servicio Penitenciario, la de los taxis, la de los manteros, la de los narcos, la de los laboratorios, la de las agencias que venden “seguridad privada “, y siguen las firmas y los sellos.
En el fútbol se ve claramente cómo funciona el sistema. La Doce, Los Borrachos del Tablón  y así en cada club, cada domingo, también en los amistosos, en los partidos de verano, en los recitales y en toda acción vinculada al equipo o al estadio, “los muchachos” aprietan y tienden su red de recolección. Los trapitos, los vendedores de choripán y gaseosas, de droga, de camisetas, de banderas , gorros, vinchas, todos pagan tributo. “Alquilan” carnets, llevan y traen turistas que pagan el servicio en dólares, organizan eventos con los jugadores, venden camisetas firmadas y “mueven” más de un millón de pesos por fin de semana en cuevas financieras.
Hasta el lenguaje se volvió mafioso. “¿Queda una pelusa?", “Tenés que arreglar, dejar algo”, “Para los pibes”, “Si querés trabajar tranquilo...”, “¿Viste cómo es?”, “Se puede hacer, pero hay que poner”. El que no entra se queda afuera. Las mafias ordenan, contienen, ajustan con fascismo para minorías la injusticia social que sufren las mayorías. No da para todos. Lo que sobra sólo se reparte entre los feroces perros guardianes para que no muerdan la mano del amo que les da de comer. “Primeras líneas”, “segundas líneas”, “generales”, “coroneles”. Un ejército de salvación personal.
Arriba, en la pirámide, está “la política” como justificación de todo, como causa y consecuencia. “La patria” , "El proyecto” , “La derecha”, “La liberación”, de lo que se trata es de que nada, nunca, cambie en el “país normal” al que todos aspiran. La práctica política y el crimen “es lo mismo”, dice Michael Corleone en El padrino 2.
Cada nuevo médico, o ingeniero ahora, o abogado, o lo que sea en el futuro, que se consulta y se elige, tiene una oportunidad.
Si mira lo que se ve, si palpa, si ausculta con instrumentos de última generación, si reconoce la infección, es posible que pueda iniciar el largo tratamiento que otros deberán continuar. Atacar la metástasis de tumores mafiosos con los rayos fulminantes de la ley, aplicada por hombres decentes, mientras inyecta antibióticos de amplio espectro que impidan con transparencia que se reproduzcan la coima y el soborno. A la vez, hay que cicatrizar las heridas, curar, vendar, alimentar bien, vacunar, prevenir, educar. Mejor un país sano, que uno normal.

*Periodista.



Carlos Ares