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Metropía (la utopía Metrobus)

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Campaña. En días se verán los spots de Cambiemos. Sin discursos ni música épica. El foco: gestión, con imágenes como las de arriba, del antes y después.
Campaña. En días se verán los spots de Cambiemos. Sin discursos ni música épica. El foco: gestión, con imágenes como las de arriba, del antes y después. Foto:Cedoc Perfil
Tomás Moro fue ese teólogo que describió en un libro de 1516 una sociedad perfecta que habitaba una isla en la que las personas eran libres, pacíficas, compartían los bienes y elegían democráticamente. La obra tenía un título extenso, pero quedó en la historia con el nombre de Utopía. La isla se encontraba, supuestamente, muy cerca de Sudamérica.

En el corto plazo, a Moro no le fue bien, porque terminó decapitado por alta traición. Pero en el largo plazo le fue mejor, o todo lo mejor que le puede ir a alguien después de muerto.
Su obra quedó como el primer antecedente del uso de la palabra de origen griego “utopía”, que en verdad tiene dos acepciones: “no lugar” y “buen lugar”. También es uno de los primeros referentes de lo que se conoció como Socialismo Utópico. En 1935 incluso ascendió a la categoría de Santo, al ser canonizado por el papa Pío XI.

En sentido popular, la utopía representa un objetivo bello e inalcanzable, pero que suele servir de impulso para la superación individual o colectiva.
Los periodistas, por ejemplo, tenemos la utopía de hallar muchas verdades, aun sabiendo lo difícil que es encontrar una. Porque no creemos que sea lo mismo intentarlo que darlo por perdido.
En política, la utopía es la promesa de un mañana mejor, es el eje de construcción de cualquier relato que busque convencer al otro de que los sacrificios del hoy serán bien recompensados en un futuro más o menos cercano.
Los argentinos tienen sus propias utopías, dependiendo de las necesidades espirituales y materiales de cada sector: el viaje de los sueños, el amor eterno, un emprendimiento personal, la casa propia, comer todos los días.
La Argentina tendría una utopía que se presenta como esperanza y castigo a la vez: estar condenada al éxito.
Eduardo Galeano decía que la utopía está en el horizonte, cuando uno se acerca dos pasos, ella se aleja otros dos y siempre aparece lejana, como el horizonte. El escritor se preguntaba para qué sirve entonces la utopía: “Sirve para eso, para caminar”.

Combos utópicos. Las utopías están indisolublemente ligadas con el relato político y, en plena campaña, son piezas claves de la oferta electoral. Los candidatos las usan implícitas en sus promesas. También los presidentes las hacen parte de su obra de gobierno.

La “obra pública” de la gestión de Cristina Kirchner no estuvo solo representada por las rutas construidas o las escuelas abiertas, o por sus mayores o menores logros económicos.
El relato de su “obra” también incluyó utopías intangibles, pero muy valoradas por su electorado: el enfrentamiento desigual contra las corporaciones mediáticas, la cruzada libertadora a lo largo del continente americano, la reivindicación social de los desposeídos o la abnegada lucha por pagarle hasta el último centavo al FMI para alcanzar la añorada independencia económica.

Cristina candidata ofrece esos beneficios, la promesa de un futuro con nuevos logros materiales y simbólicos. Es un tipo de combo que históricamente se vendió muy bien, porque con solo votar al candidato que lo ofrece, las recompensas pueden ser muy grandes, si se cumplieran. De hecho, no es raro que el electorado que votó por esas promesas, luego se sienta más o menos satisfecho y agradecido. Perón volvió a ser votado cada vez que se presentó a una elección. Menem también lo hizo. Los Kirchner fueron elegidos una vez y reelegidos dos para presidente.
Los radicales no tuvieron tanta suerte. Sus utopías siempre fueron más racionales. En general se limitan a convencer a una mayoría de que no sigan comprando utopías engañosas e irrealizables. Cuando lo lograron y llegaron al poder, nunca pudieron concluir su mandato, por lo menos desde Yrigoyen para acá.

El fenómeno del macrismo es novedoso en muchos sentidos. Es la primera alianza que llega al gobierno sin la simbología militar, peronista o radical. Y, relacionado con lo anterior, se trata de una alianza socioeconómica policlasista, con mayor preponderancia de los sectores medios y altos, pero con núcleos sociales medios-bajos y bajos que en 2015 fueron
esenciales para su triunfo en amplias zonas del Conurbano y del interior. El macrismo en el gobierno está compuesto por radicales y peronistas, pero quienes conducen la estrategia general son macristas que no vienen de ningún partido histórico.
Frente a las utopías peronistas e incluso radicales, la utopía PRO siempre resultó más módica. En la ciudad de Buenos Aires se reflejó en la intervención sobre el espacio público: terminar con las obras contra las inundaciones iniciadas por las anteriores gestiones, la bicisenda y, en especial, el Metrobus. Para los vecinos que se sintieron directamente beneficiados, tampoco hizo falta más.
Ya en el gobierno nacional, el objeto del deseo macrista no cambió.

La campaña que viene. El martes pasado, en lo que se denomina “gabinete ampliado” (participan funcionarios de todo el país) se presentaron seis clips de campaña. Fueron videos de los distritos gestionados por el oficialismo: Mendoza, Corrientes, Jujuy, provincia y ciudad de Buenos Aires, y uno más de todo el país. Duran entre 1:37 y 5:25 minutos y se irán difundiendo en las próximas semanas.
Lo que se ve en ellos revela bien lo que es este gobierno. Todos están cortados por la misma tijera duranbarbista. No hay discursos ni música épica. Los únicos funcionarios que aparecen son el presidente de la Nación, los gobernadores Vidal, Morales, Cornejo y Colombi, y el jefe de gobierno porteño, Rodríguez Larreta. No se ve a ningún candidato, ni siquiera a Esteban Bullrich y Elisa Carrió. Se ven escuelas, hospitales, calles antes y después de ser asfaltadas, cloacas, barrios nuevos y por supuesto el Metrobus, ese sistema de transporte que le ahorra tiempo a usurios que pueden destinarlo, según Carrió, a hacer el amor.
Los videos son protagonizados por “personas comunes”, vecinos que opinan, se ríen y se emocionan con obras concretas que les cambiaron la vida. Son, en general, personas de sectores medios y bajos que no ocultan problemas de fondo, pero que se muestran satisfechos por “estas pequeñas realidades que nos ayudan a vivir mejor”.

No se ve en las imágenes a alguien que parezca ostentar buen pasar económico. Está claro que la estrategia comunicacional no es ir sobre el electorado cautivo del PRO sino sobre aquellos que vienen sufriendo años de parálisis económica y no están seguros de seguir confiando en que esta gestión resolverá el problema.
Ni siquiera se vuelve a hablar de “pobreza cero”, como en las presidenciales de 2015. Las frases que se repiten son “Todo es posible juntos”, “Hacer lo que hay que hacer”, “Vamos para adelante” o, simplemente, “Sigamos”.
Pero la campaña no está dirigida solo a seducir con realizaciones concretas a los sectores más vulnerables. También resulta un metamensaje para los sectores medios de la Argentina descreídos de las grandes utopías del pasado. Sin que se lo mencione explícitamente, es otra forma de presentar la lucha con el pasado, contra Cristina y lo que ella representa. Algo así como decir “frente al humo del relato K, resultados concretos”.
Uno de los principales funcionarios del área Comunicación, que supo compartir ciertas utopías setentistas, analiza la lógica de esta utopía macrista en contraposición con la kirchnerista: “Se pasaron años luchando contra grandes demonios, gastando relato y recursos en eso y no en asfaltar una calle por la que cuando llovía los colectivos no podían pasar. Nosotros preferimos invertir toda nuestra energía en esto último”.
En los nuevos spots de campaña se presenta a esta filosofía como la “revolución de lo sencillo”. Eso es la Metropía: a falta de dinero para inagurar nuevas redes de subterraneos para liberar el tránsito y viajar rápido, el presidente inaugura kilómetros de carriles exclusivos y bien iluminados. Es lo que hay: sencillo, pero rápido y posible. De eso se trata esta utopía estilo Metrobus. Gestionar lo mejor que se pueda, esperar a que el derrame, derrame; y relatar el mientras tanto con sonrisa y buena educación.

Instintiva o inconscientemente, reflejan a importantes sectores que ya no creen en las grandes utopías y son parte de una posmodernidad irónica y escéptica que piensa más en individuos asociados que en proyectos sociales.
No se sabe aún si este relato le alcanzará al gobierno para ganar en octubre, pero lo seguro es que para seguir manteniendo viva cualquier utopía política se necesita que al menos una parte del sueño se haga realidad en los bolsillos de una mayoría. Solo así, el macrismo podrá construir una base no circunstancial de apoyo electoral para mirar más allá de 2019. n


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