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Mi viaje a Corea del Norte con un acusado narco

Fue una aventura profesional que salió bien. Pero podría haber terminado muy mal. Entrar a Corea del Norte nunca fue fácil.

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Foto:Cedoc

Fue una aventura profesional que salió bien. Pero podría haber terminado muy mal. Entrar a Corea del Norte nunca fue fácil. Hacerlo de “polizón”, a escondidas, suele ser la única opción para un periodista, y a veces resulta letal.

Lo hice en 1988, cuando trabajaba en el diario La Razón, y sólo dos argentinos lo supieron y fueron generosamente cómplices conmigo. Uno era el abogado Guillermo Heisinger, el hoy –27 años después– detenido, acusado de integrar la mayor banda narco descubierta en los últimos años.

Tanto él como el otro argentino eran dirigentes juveniles del incipiente armado menemista, que se preparaba para llegar al poder. Ambos habían sido invitados a la tierra del Querido-gran-líder-camarada-Kim-Il-Sung para celebrar los cuarenta años de la revolución norcoreana.

Se planteaba como un evento que congregaría a los “partidos amigos” de todo el mundo, partidos comunistas y distintas agrupaciones guerrilleras de supuesto origen marxista, maoísta o trotskista. ¿Qué hacían ahí Heisinger y su otro compañero menemista?

El gobierno norcoreano estaba casi tan aislado como hoy (un poco menos, porque rusos y chinos le hacían algún mimo aislado) e intentaba que el aniversario revolucionario fuera una buena excusa para acercar aliados. El objetivo concreto con el menemismo era convencerlo de que, cuando llegara al gobierno, le permitiera abrir una embajada en la Argentina, algo que la mayoría le negaba.

Me enteré de que Heisinger y su compañero viajarían a Corea del Norte por un colega, amigo, que intercedió para que pudiera ir con ellos. Había dos condiciones obvias: 1) como ajeno a la delegación que era, no podría participar de los encuentros secretos que mantendrían con las autoridades norcoreanas, y 2) que jamás se me ocurriera revelar que era periodista.

Era mucho mejor que nada. Fue un viaje extraño y apasionante para cubrir un sistema político único. Un stalinismo hereditario con planificación absoluta de un Estado personificado en un gran líder adorado y temido (ayer Kim Il Sung, hoy Kim Jong Un, su nieto) cuyas imágenes y estatuas monumentales aparecen en cada esquina.

Un país que se jacta de ser el único en que sus ciudadanos no pagan impuestos y la desocupación es cero (los empleados estatales barren las rutas nacionales), y cuyas movilizaciones callejeras son organizadas indefectiblemente por el gobierno e incluyen a millones de personas que marchan y arman figuras geométricas con disciplina oriental. Un país tan raro que si se le preguntaba a cualquier funcionario qué significaba el tremendo bulto que veíamos en el cuello de un Kim Il Sung que estaba a tres metros de distancia, la respuesta era: “El querido-gran-líder no tiene nada”.

Llegar allá fue tan complejo como salir, en un tour plagado de escalas. Buenos Aires-Lima-La Habana-Moscú-Siberia-Beijing-Pyongyang para ir, y algunas más para regresar.
Heisinger era uno de esos argentinos que muchos extranjeros ponen como ejemplo de soberbio o agrandado. Un jefe guerrillero guatemalteco un día le dijo: “Guillermo, ¿sabes cuántos argentinos entran en un ascensor? Sólo dos. Tú y tu ego”.

Pero para otros resultaba simpático. Yo lo veía como una compañía inevitable y agradecía que su discreción me permitiera hablar con funcionarios norcoreanos o con los líderes guerrilleros que aún peleaban en distintas partes del mundo.

Heisinger era un activo militante del Opus Dei y parecía actuar en función de ello. Una mañana, mientras estábamos en La Habana, lo perdimos de vista. Cuando apareció, nos dijo que había ido a rezar a una iglesia cercana al hotel y a dejar estampillas y bibliografía de su admirado José María Escrivá de Balaguer, algo que en aquella época podría haber sido considerado ilegal para las autoridades cubanas.

Un par de veces intentó imbuirme de su espíritu ultracatólico, pero desistió al darse cuenta de que era tiempo perdido. Usaba un anillo de casado, era soltero. Cuando le pregunté por qué me respondió: “Para que no me hinchen las pelotas”.

Hablaba mucho, pero casi nada de política, aunque luego llegaría a ocupar un cargo menor en el gobierno de Menem. Yo debía aprovechar exclusivamente a su compañero para tratar de entender el nuevo relato de época que empezaba a representar el menemismo y su forma de ver el mundo. Y los dos se preocupaban por mantenerme al margen de sus encuentros norcoreanos, aunque estaba claro que se trataba de negociaciones preliminares para abrir el camino de una futura relación diplomática, que nunca se concretó (las relaciones carnales con los Estados Unidos jamás lo hubieran permitido).
Tras la vuelta a la Argentina, nunca más volví a verlo.

Yo escribí un par de notas sobre aquella experiencia, no más porque el director del diario (Jacobo Timerman ya había dejado la conducción) me dijo que “si no, nos van a tomar por comunistas”. De Guillermo Heisinger sólo supe que había encontrado cierto cobijo en ese primer menemismo y, años después, alguien me contó que lo habrían separado del Opus por “conductas inapropiadas”. Habrán pasado veinte años de eso.

Lo próximo que supe de él fue al abrir la página 48 de Clarín del pasado jueves y ver su cara inconfundible, pese al paso del tiempo, en una foto enorme junto a un joven que sería su novio y con el que formarían parte del mayor cartel colombiano descubierto en la Argentina.

*Director periodístico de Editorial Perfil



Gustavo González