COLUMNISTAS DIMENSION POLITICA

Miedo y cultura democrática

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La Real Academia Española define al miedo como angustia por un riesgo o daño real o imaginario. Dicha situación emocional afecta a cualquier persona en algún momento de la vida. Por  estas horas, el recelo y la aprensión cobran dimensión política. Esta situación, lejos de ser excepcional, cuenta con probados antecedentes en diferentes circunstancias del pasado reciente.

Durante el Proceso de Reorganización Nacional, los militares consolidaron su poder desde el terror, agitando la bandera de los “valores occidentales y cristianos” ante el peligro de la “invasión comunista”. En 1995, aquel peronismo planteó la “teoría del caos” para defender el modelo neoliberal y los presuntos beneficios del mismo. A su turno, luego del cimbronazo electoral del 25 de octubre y la inesperada derrota en campo bonaerense, el gobierno emana tremendismo y presagia la debacle en caso de no continuar ocupando la Casa Rosada desde el 10 de diciembre. La lista de males contempla pérdida de derechos adquiridos, desmadre económico, crisis social, etc.

Al margen de la concreción o naufragio de tales augurios, la apelación al desastre tiene dos vertientes. Por un lado, representa un ejercicio de extorsión psicológica sobre los votantes. Por el otro, patentiza una visión sesgada de la voluntad popular. La fusión de ambas visiones, potencia una maquinaria discursiva, simbólica y política propia de la aguja hipodérmica. El mensaje es simple: sólo el gobierno actual puede representar los intereses de la mayoría. Desde este razonamiento, fundado en la negación de disidencia, quien administra el Estado toma la parte por el todo, definiendo unilateralmente la idea de “pueblo”, dejando en la vereda opuesta a los adversarios, considerándolos enemigos de los intereses nacionales.

Paralelamente, al compás de una campaña signada por denuncias y tráfico informativo de dudoso origen en las redes sociales, el espanto sirve para mirar arbitrariamente la historia. En esta ocasión, el kirchnerismo, repitiendo el dispositivo binario utilizado para sacralizar los años 70, busca distorsionar la etapa noventista. Desde el presente exculpatorio omite, entre otras cosas, el pasado menemista de Daniel Scioli y el respaldo del matrimonio Kirchner al esquema privatizador de entonces. La amnesia también alcanza a funcionarios y dirigentes del Frente Para la Victoria que integraron el gobierno de la Alianza.

Desde la mirada retrospectiva, la apuesta oficial de hermanar a Mauricio Macri con Carlos Menem y presentar al Frente Cambiemos como un retorno al pasado, constituye un ejercicio de esquizofrenia política. Es también un simplismo analítico y argumental que subestima al electorado en su capacidad para discernir.

Hay, además, una cuestión medular: cuando la intimidación emana desde el aparato gubernamental, el Estado socava la libertad del ciudadano, volviéndolo vulnerable ante el poder de turno. Si esto ocurre en pleno Estado de Derecho, la sociedad vive en un campo minado de incertidumbre; un espacio dominado por el pánico que supone avanzar o el pavor que implica retroceder. En este juego, el gobernante y el soberano se disocian por completo.

En este marco surge el interrogante: ¿Cuánto miedo es capaz de soportar la democracia sin perder su condición de tal? La respuesta es obvia, ni un ápice. Por eso, toda vez que el estupor se impone, la política, el andamiaje institucional y las ideas pierden consistencia. De cara al futuro, independientemente de quien ocupe el Sillón de Rivadavia tras el ballottage del 22 de noviembre, hay una tarea: volver al legado de convivencia pacífica de 1983. Dicha empresa implica entender el recurso del miedo como lo que es: un retroceso para la cultura democrática.

 

*Lic. Comunicación Social (UNLP).



Damian Toschi