COLUMNISTAS EL ARQUERO, VICTIMA DE SUS AMISTADES PELIGROSAS

Migliore, las bestias y el caniche que hacía pis

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“Si hubieses mantenido mi amistad, esas escorias que abusaron de tu niña estarían sufriendo, hoy mismo. Si por casualidad un hombre honesto como tú se hiciera de enemigos, ellos pasarían a ser mis enemigos. Y entonces te tendrían miedo…”

De Vito Corleone (Marlon Brando) a Bonasera, que ruega venganza para su hija ultrajada. ‘El Padrino’ (1972), dirigida por Francis Coppola.


En teatro, llaman cuarta pared al muro invisible que le permite al público “entrar” en la historia que se desarrolla sobre el escenario. Romper esa pared para integrar al espectador llevó años de evolución. Las primeras experiencias comenzaron a fines del siglo XIX, con el teatro realista. Nuestro fútbol –que es un juego y no ficción, o al menos eso intento creer– destrozó esa imaginaria pared en tiempo récord, sobre todo si la sala se llena con su auditorio selecto: la barra brava.

En este caso –que no es, claro, el de los hinchas ordinarios–, el público deja de ser pasivo y se funde en un mismo plano de realidad con los actores. No sólo sienten que “actúan”, sino que son capaces de impedir un mal final con la imponente potencia de su aliento. Al menos esa es la estúpida idea que han instalado los que se fascinan con su patética “fiesta”; la prensa que los trata como a celebridades; los dirigentes y políticos que los financian y protegen. Pura basura.

Pablo Migliore es amigo de Maxi Mazzaro y de otros barras. La fama y el dinero no lo han cambiado nada y quizá esa sea una de sus mayores virtudes. Cuando en Racing tuvo problemas contractuales y no le gustó lo que el vice Podestá decía en los medios, fue a buscarlo a su casa de Tigre. No fue amable. “Echáme si querés; pero agradécele a Dios que tuve suerte en el fútbol, porque si no, hoy te partía al medio”, fue lo más suave que –dicen– le gritó en la cara.

En San Lorenzo lo recibieron con desconfianza por sus inicios en Huracán y su fervor bostero. Pero pronto, con sus actitudes, se ganó a la barra, que hasta lo perdonó cuando en 2010 lo descubrieron, camuflado con gorrita y anteojos negros, en medio de La Doce, viendo a Boca. Cuando Bottinelli se peleó con él en aquel vestuario en crisis, lo acusó: “¡Callate, buchón de la barra!”. Y volaron las piñas. El rubio no estaba tan mal rumbeado, pero equivocó su enfoque. Migliore es demasiado frontal para ser quinta columna. Se siente parte, uno más. Como su hermano Fernando, habitué de La Doce, herido de bala en una pelea en Casa Amarilla, hace un año.

No es necesario volver a ver El Padrino para conocer el código de fidelidad que rige en la mafia, el delito organizado y aun en las bandas menores. Un mundo binario donde sólo existen los amigos, los enemigos y los que pueden ser o una cosa o la otra en el futuro. Así, por ejemplo, funciona Maradona, que convivió con la Camorra en Nápoles y la sufrió en su última etapa: necesita de sus amigos casi tanto como de sus enemigos. De esa dialéctica emerge un elemento clave para entender la lógica de estas estructuras herméticas: la traición. No hay nada peor que un traidor; un batidor; el que abandona a un amigo en la mala. Eso no se hace. Y si se hace, se paga.

Migliore tiene 19 tatuajes en su cuerpo. Allí están los nombres de sus hijos, de su papá y el rostro de Palermo. Por esa amistad, en medio de la interna que dividía al plantel, se ganó un enemigo poderoso: Riquelme. Fue su dedo acusador –cuenta la leyenda– el que definió su salida de Boca, después del gol que se comió contra Fluminense, en la Bombonera, por la Libertadores 2008. Semanas después, atajaba en Racing.

¿Por qué está preso en el Penal de Ezeiza? Por “encubrimiento agravado en el asesinato de Ernesto Cirino”, ocurrido en agosto de 2011. El relato de los hechos parece escrito por un guionista idiota. Todo empezó con una discusión entre vecinos. Gustavo Petrinelli –cuñado de Mauro Martín, jefe de La Doce–, le reprochaba a Cirino que su caniche orinaba siempre en su vereda. La pelea subió de tono y Petrinelli llamó a su pariente para “escarmentar” al dueño del caniche. Martín llegó con su segundo, Maxi Mazzaro, y otro barra, Daniel Wehbe. La apretada terminó con el hombre muerto. Trágico. Ridículo. Surrealista.

Martín y su cuñado están presos y acusados de “homicidio simple”. Wehbe desapareció y Mazzaro sigue prófugo, gracias a la ayuda de varios amigos. Para la justicia, uno de ellos es un tal Maxi Levy, que sigue detenido. Otro es Migliore, que comparte pabellón con los músicos de Callejeros y, según Nano, su papá, “está bien, cómodo, tranquilo porque sabe que no hizo nada; entrenando en un gimnasio que le armaron los pibes”.

Las escuchas lo comprometen. Puede ser. Es lógico. Para los códigos de Migliore, “guardar” a un amigo en desgracia debe ser una cuestión de honor. Muchos descontaban que Mazzaro se entregaría luego de la captura de “Pablito”. No lo hizo. Sólo hizo saber, a través de su abogado, que está “triste” por su situación. Mmm… Veremos cómo sigue la película. Migliore bancó y ahora se la banca, sin quejas. Cumplió –permítanme exagerar– con lo que exige la omertà, el código de honor siciliano que castiga la delación con la peor de las penas.

Alguna vez, siendo un adolescente –contó, sin esconder nada –, hizo de “campana” en un asalto a una remisería: “Se dio por la junta; pero, después, nunca más”. Migliore ama al boxeo y, como los boxeadores, sabe bien lo que es vivir al filo de la navaja, sin dar ni pedir tregua; esa clase de historias que alimentan la literatura o el buen cine. Es, casi, un personaje de novela negra. Podría tomarse un bourbon y charlar con Bogart, sea Marlowe o Spade, lo mismo da. Seguro se entenderían.

Pero esto no es ficción, muchachos. Es la maldita realidad. Que nos muestra, sin filtro y con perturbadora transparencia, la podredumbre en la que hoy vive lo que queda del fútbol.



Hugo Asch