COLUMNISTAS PRINCESITAS


Mil y una

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No hay duda alguna de que la princesa de Las mil y una noches era una verdadera genia. Sí, me refiero a ella, la que la primera noche de las mil y una empezó un cuento y… y… y bostezó y dijo algo como bueno bueno, mañana lo seguimos. Su real cónyuge no tuvo más remedio que irse a dormir como un chico bueno. Que no lo era. Para empezar era más bruto que un arado marca Triunfo y para seguir era, para decirlo suavemente, un verdadero hijo de señora de cascos ligeros. No, no lo digo yo, no solamente yo: vamos, si fue el que decidió que se casaba con una doncella por vez y después, un solo día después, las hacía degollar. O ahorcar, no me acuerdo del procedimiento. Caramba, como si no hubiera maneras más civilizadas de evitar que las sucesivas esposas, una o varias o todas, le fueran infieles. No se la merecía. A ella digo, a la princesa sabia. Esta princesa sabia nos legó una obra fundamental de la narrativa de este mundo y probablemente de los otros, esos llamados multiversos que andan por ahí. Y no me venga con teorías eruditas acerca de los múltiples autores que a través de múltiples años, etcétera. Yo estoy segura de que fue ella, sin duda. Ella y algún escriba chupamedias que tomó nota de todos y cada uno de los cuentos. ¿Y por qué habría de hacerlo? No, no, no, no porque ella se lo pidiera (o se lo ordenara, ya que podía porque era princesa), sino porque el tipo sabía que un cuento es algo muy muy muy importante para toda la gente y en todos los tiempos. Así que agarró la birome, o la pluma de ganso o el estilo o lo que fuera, se escondió entre los pliegues de los cortinados del balcón y escribió, escribió, escribió. ¡Bravo, muchacho! Estuviste sensacional. Y pasando los siglos y posiblemente los milenios (no se me da bien el cálculo del tiempo), un señor de nombre Jorge Luis que se apellidaba Borges vino a sostener que una de las obras fundamentales de la narrativa mundial es, es, adivine usted, sí, sí, en efecto, adivinó, es Las mil noches y una noche, cuentos contados por una princesa recién casada a su real esposo, un tipejo carente de muchas luces y  carente sobre todo de cualquier sentimiento generoso. Para lo que nos importa el real esposo. La princesa sabia sí que nos importa y no me diga que usted no se la imagina. Vamos, confiese, que yo no se lo voy a decir a nadie; no soy soplona, qué se cree. ¿Ha visto? Seguro: joven, etérea, divina, grácil y todo eso y además vestida con túnicas de gasa y sandalias doradas, en fin, como para Miss Universo en las pasarelas del mundo pero menos pretenciosa. Y reclinada en uno de esos divanes para minas como ella y abanicada por sus doncellas. Ah, pero tiene cerebro la chica. Sonríe como si fuera boba y piensa piensa piensa. Lo que ella tiene que hacer, piensa, porque para eso se postuló en contra de la opinión de su señor padre, es tener, o hacerle creer a su flamante marido, que tiene algo que necesita ser usado, gozado, una y otra vez y para toda la vida. No sea grosero, ¿quiere? Estoy hablando de algo inconsútil, etéreo, sublime, impalpable, algo que nace en parte aquí dentro de la caja craneana como una chispa que cae del cielo y en parte aquí, a la izquierda del pecho detrás del esternón. Bueno, sí, llámelo inspiración si quiere. Y de pronto lo vio. Lo oyó, en realidad. Ah, ahora sí entendió, ¿no? Un cuento. Eso. Ya estaba. Le iba a contar un cuento maravilloso extraordinario portentoso sorprendente quimérico a su marido y entonces él. El ¿qué? Y entonces él iba a llamar al verdugo y la iba a hacer degollar. Ah, no, entonces no. O sí, un momento. Un cuento que no terminara nunca.

Una genia, la princesita.
Y es que, estimado señor, un cuento es algo enraizado en nosotros: aquí y aquí, como diría ella. ¿Qué quiere la gente? ¿Qué queremos todos? Tener un techo, abrigarnos en invierno, comer todos los días (un traguito de tintillo también), comprarnos ropa de moda, ir al cine los sábados, tener un laburo que nos gusta, hijos adorables y un auto que hasta puede no ser un Mercedes Benz.
Y que nos cuenten cuentos.
Pregúntenle si no al ya mentado señor Borges. Quiero decir, vayan y léanlo.