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Milagros inesperados

En un ataque de japonecedad, sigo emperrado leyendo textos orientales. Por fin llega el turno de Genji Monogatari (La historia de Genji), aquella obra por la que tal vez debería haber empezado mi afición nipona. Se afirma que el Genji es la primera novela de la historia (supongo que ese criterio descarta a los textos religiosos como ficción) y eso la embadurna de cierto prestigio momificante. Pero la versión con la que cuento anuda tantos errores que llega hasta el atentado contra la legibilidad del texto, y por lo tanto contra su respetabilidad. En más de una ocasión uno se pregunta si en la imprenta no confundieron los párrafos, incluso renglón por renglón, o si doña Murasaki Shikibu habría sido genia, loca, o ambas cosas.

El caso es que avanzada la lectura, el error ya se ha vuelto programático, y funciona bajo la apariencia de una iluminación. El sentido se arma y se desarma en oleajes, y el absurdo que emerge, pleno, invade la narración y al ocuparla le imprime una lógica distinta... Hay autores que se precian de atrapar al lector del cuello y no soltarlo hasta la última página debido a la presunta condición fascinante de sus obras y a una especie de sabiduría anticipada que les permite saber qué es lo que ese lector quiere leer. Por supuesto, si uno se encuentra con lo que buscaba, sólo encuentra una satisfacción predigerida, y en el fondo con la decepción. En cambio, la visita de un texto mal traducido permite encontrarse con el estímulo inesperado, con la sorpresa y la invención.



dguebel