COLUMNISTAS MEZQUINDADES

Millones de años

Y ya superamos la primera fecha fausta, feliz y fecunda. Ya nos mandamos y recibimos los mejores deseos para muchos buenos amigos y no tan buenos pero con los que hay que cumplir por hache o por be, lo cual quiere decir una ristra de situaciones y compromisos que de vez en cuando consideramos ineludibles, lo sean o no.
A veces tanto compromiso nos hace pensar en el tiempo, y ¿por qué no? Pensar en el tiempo no es nunca una ocupación ociosa. Si usted, querida señora, ya superó las cinco primeras décadas, pensar en el tiempo la habilita para gozar de hijas, hijos y a veces nietos o todavía no pero pronto, le aseguro. Y es una buena y feliz manera de pasar el tiempo o de pasar por el tiempo. Si usted, estimado señor, es un joven adulto lleno de proyectos, el tiempo es su aliado así que métale nomás para adelante, cásese que eso suele salir bien, asóciese con su amigo y funden nomás la empresa, en fin, apúrese y transite con bagaje de planes por el tiempo hacia el futuro. Eso sí, no descuide la obligación de mandarle un saludo o, mejor aún, un regalito a su madrina que vive en Epecuén.
Y en todos los casos, usted, yo y ellos y ellas nos lanzamos a una excursión hacia allá, para donde apunta la flecha del tiempo y no podemos dejar de pensarnos, caramba, ¿y si el año que viene…?, o mejor me gustaría que de acá a cinco años…, y mejor aún, para dentro de un par de años digamos tres años voy a tener todo listo y podremos irnos a un crucero por el Mediterráneo.
Sí, claro, vaya una a saber cómo van a andar las cosas para entonces. Pero ¿y qué? Si algo podemos hacer, aunque no sea el crucero por el Mediterráneo, es planificar… e imaginar. Eso sobre todo, imaginar. No, no me diga que no. Estuve leyendo a un señor importante que es físico y ya se sabe que para ser físico e importante hay que tener por lo menos un rasgo, por tenue que sea, de locura, porque si no, querida señora, no llegamos a ninguna parte.

Y llegar es lo que se necesita. Este señor se aferra diría que desesperadamente al cambio. El cambio, eso que nos asiste y nos mantiene y nos insufla cierta fuerza de adaptación o de valentía o de vaya una a saber de qué y en cada caso, porque aquí la generalización es peligrosa. El físico de quien le hablo no se anda con chiquitas y habla de millones de millones de años así como usted y yo hablamos de un par de semanas o cuanto más de tres meses y dos horas. ¡Vamos!, pero si es maravilloso hablar de millones de millones. Y él, el físico de quien le hablaba, sostiene que la vida es eterna. Ay, qué bueno. Dice que siempre ha habido, que hay y que la habrá. Muy bonito, pero aclaremos, hay que contemplar ciertos detalles. Hace falta un millón de años, dice él, no yo que no sé nada del asunto salvo asombrarme, un millón, eso, para que se desarrolle una nueva especie, diez millones para una nueva familia, cien millones para una clase, un billón para un nuevo reino. Es bastante, ¿no? Y hay que forzar un poco la imaginación, dejarse ir, permitir que el instinto hable. Porque, ¡ay!, la vida inteligente será para entonces tan inimaginablemente distinta de lo que es ahora como distinta es la especie humana de los insectos (los ejemplos también son de él, no míos, que para tanto no me animo). Y se pregunta, mi amigo el físico, que a estas alturas ya es casi mi amigo aunque él no lo sepa pero alguien que la lanza a una a semejante aventura de la imaginación merece convertirse en amigo, se pregunta, decía, ¿qué pasará en diez billones de años? Y después de ciertas consideraciones se dice, me dice que qué tal me parecería ser una nube… y seguir siendo, aun siendo nube, un ser inteligente, ¿eh? ¿Qué tal le parecería a usted, querida señora? A mí me daría un terror pánico, francamente. No quiero flotar bajo el cielo, pero ¿habrá cielo? No quiero dejar de usar el precioso collar que me regaló mi hija, ni abandonar mis libros, ni prescindir de las charlas con Las Brujas, ni suspender todo lo que le está pasando a la protagonista de la novela que estoy escribiendo. Oh, cuánta mezquindad la mía. Pero es que ya no tengo tiempo de llegar a ser una física importante. Y aquí fue en donde empezamos, en la cuestión del tiempo. De modo que, felices fiestas y brindemos por un billón de años.



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