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Mindfucker

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En el último capítulo de la temporada anterior (17-02-2013), esta columna se ocupó del concepto de bullshit según H.G. Frankfurt. Sólo hizo falta mencionarlo para que muchos me comentaran, con entusiasmo y alivio, instancias de bullshit que condenaban, pero no sabían cómo nombrar. Una vez identificado es fácil verlo en todas partes. La viveza criolla, la tradición del chanta; entre aceptar la realidad y refutarla, el arquetipo argentino parece destinado a encontrar una tercera posición y salir del laberinto por arriba. No hay duda de que la simple idea de Frankfurt es apropiada para describir muchos de nuestros problemas. Lo que no parece es que sea suficiente.

Si “estamos poniéndolo todo en materia de recursos económicos e inversiones” es mentira (x), y “Once sucedió porque ahora la gente viaja y tiene adónde ir” es mentira y además es bullshit (x + y), ninguno de los dos términos alcanza para explicar qué es esto:

“La vida es así, nada es perfecto. El dolor es parte de la vida y la alegría también. Dolor sí por la parte fea que le toca de la vida hoy a algunos argentinos, y la alegría por la parte linda de la vida que sí le toca hoy a otros argentinos.”

La respuesta de Cristina Kirchner al choque de trenes en Castelar es mentira y también bullshit, pero difiere –tanto en su tono como en sus efectos– de la exposición habitual, relativamente inocua, del intelectual progresista fraudulento. Hay algo peor ahí, un elemento más.

En un libro reciente, el filósofo inglés Colin McGinn retoma donde dejó Frankfurt para ayudarnos en la transición de (y) a (z), de Horacio González a Kirchner, del charlatán al psicópata. Admirador confeso de Frankfurt, McGinn también distingue entre mentir y mandar fruta (bullshit) pero propone además un concepto adicional: “Tanto la persona que miente como la que enuncia una construcción más compleja en forma de bullshit, están interesadas exclusivamente en producir un efecto cognitivo: la convicción de algo falso en su interlocutor. El mindfucker, en cambio, tiene un objetivo más ambicioso: afectar el estado emocional de su víctima.”

El mindfucker merece categoría aparte porque  –a diferencia de las otras dos instancias en esta trinidad de abusos de la verdad– su intención es causar un efecto emocional específico. Para este tercer fenómeno, el daño es un componente esencial. McGinn cita a Otelo como víctima canónica de mindfucking; es un ejemplo inquietante porque sugiere algún grado de complicidad por parte de la víctima, o al menos un costado vulnerable.

Adoctrinamiento, lavado de cerebro y propaganda son procesos clásicos de mindfucking: imparten creencias, habitualmente falsas, en conjunción con una serie de emociones que necesariamente deben acompañarlas, usando métodos que evitan la persuasión racional. La idea medieval del infierno, el fascismo, la experiencia comunista en la Unión Soviética, el radicalismo islámico y Corea del Norte son para McGinn (y para mí también) indistinguibles en ese sentido. En su libro no menciona a la Argentina, pero la describe perfectamente:

“El mindfucking colectivo requiere un alto grado de aislamiento comunicacional, de modo que nada pueda refutar el sistema de creencias falsas que imparte a sus víctimas. Por eso las naciones o sectas que dependen de estos sistemas son siempre sociedades cerradas. La esencia de una sociedad abierta es el libre flujo de información; el conocimiento disminuye la posibilidad de manipulación. Pero procesos de mindfucking colectivo pueden sostenerse durante décadas, incluso siglos, si la información es controlada eficazmente, aun cuando nunca pierdan su fragilidad inherente ante los hechos (de ahí su ferocidad). Una vez establecidos pueden ser muy difíciles de desarmar. Cuando a la gente se la ‘mindcogen’ todos los días, toda su vida, les resulta muy difícil pensar que se puede vivir de otra manera.”
 

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo