COLUMNISTAS LA RUEDA DEL TIEMPO (I)

Mini-Cristina y el retraso de la conciencia

La ex presidenta envejeció en cien días sin darse cuenta de que su tiempo había pasado. Ya les pasó a Duhalde en 2005 y a Menem en 2003 al querer volver.

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TODO PASA. Cristina Kirchner y Carlos Menem luchan por seguir.
TODO PASA. Cristina Kirchner y Carlos Menem luchan por seguir. Foto:CEDOC PERFIL

Que Bullrich le gane por tres y no por seis puntos a Cristina Kirchner, como supuestamente el Gobierno trata de instalar, para que una eventual derrota por poco no pueda ser un triunfo de la ex presidenta, nada cambiará. Si ganando por un punto las PASO bonaerenses el kirchnerismo salió simbólicamente derrotado, perdiendo aun por un punto no le podría ir mejor.

Prueba de que el tiempo es mucho más de lo que miden los relojes fueron el efímero renacer y la recaída de Cristina Kirchner en los cien días (como los de Napoleón de la isla de Elba a Waterloo) que se iniciaron con el lanzamiento de campaña electoral en el estadio de Arsenal de Sarandí. El tiempo se mide por lo que pasa en él, Aristóteles decía: “El tiempo es precisamente eso: el número del cambio según un antes y un después”. El tiempo también se cuenta por la huella de sus efectos.

En cien días de campaña, Cristina Kirchner envejeció los cien meses de su presidencia

En estos cien días, Cristina envejeció cien meses: el sociólogo Hartmut Rosa –en su libro Alienación y aceleración– define el proceso de aceleración del tiempo característico del posmodernismo como un “aumento de los episodios de la acción y/o de las vivencias por unidad de tiempo”. Pero el problema de Cristina Kirchner con el tiempo es anterior a estos cien días. Ya les pasó a Duhalde en 2005 y a Menem en 2003 al querer volver sin darse cuenta de que su tiempo había pasado.

Los aborígenes de Australia, cuando hacen un largo viaje, se detienen antes de la llegada y se sientan algunas horas a reflexionar, para darle tiempo a su alma también de llegar.

La demora en comprender que su tiempo se agotó, tanto de los líderes como de sus seguidores, y la necesidad, para comprenderlo, de tener que vivenciar el fracaso en el cuerpo puede tener alguna explicación en la fenomenología trascendental de Edmund Husserl, quien sostenía que las vivencias del presente las hacíamos conscientes como protensión y a la vez retención. El presente siempre se mezcla con el pasado, y la retención en la que el objeto es percibido se desliza hacia el recuerdo: podemos tararear una melodía porque el sonido presente despierta nuestra memoria, que nos permite anticipar el sonido que sigue. Pero las canciones siempre son las mismas, mientras que la vida es siempre cambio y episódicamente requiere desaprender lo aprendido.

Cristina paga el precio de haberse acostumbrado a décadas sin contactos horizontales, quedando como una reina desnuda en sus últimos reportajes, cada vez más caricaturescos. Son impudorosos no porque haya algo soez en esos reportajes sino porque, sin su investidura de presidenta, queda totalmente desnuda. Y es incómodo para la audiencia porque: ¿cómo pudo ser que esa persona que se ve con Samuel Gelblung o Elizabeth Vernaci haya podido mantener con puño de hierro a toda la sociedad durante ocho años? Qué frágiles nuestras instituciones y qué falsos nuestros poderes fácticos y corporaciones. ¿Quiénes éramos?, se debería preguntar el tercio de la población argentina que votó por ella cuando obtuvo el 54% en 2011 y hoy ya no vota kirchnerismo, como quien se avergüenza por algo que hizo en el pasado un yo que si ahora se avergüenza es porque ya no existe de la misma manera, y en cierta forma es otra persona.

No es que Cristina Kirchner haya envejecido en estos cien días cien meses, sino que nuestros ojos, la audiencia, de golpe vivenciaron los cien meses de sus dos presidencias en cámara rápida, como si fueran momentos condensados. Abusando de la segunda formulación de la relatividad de Einstein, quien explicó que el diferente paso del tiempo para distintos objetos no sólo depende de los movimientos de cada uno y de la relación entre ellos, sino también de la masa del entorno: “En la cercanía de la masa gravitatoria el tiempo transcurre sensiblemente más despacio”, muy arbitrariamente podría decirse que lejos y cerca del centro del poder el tiempo pasa diferente.

Ver a Menem hoy en campaña en La Rioja también es una experiencia dolorosa de lo que fuimos con él, porque no podemos reconocernos en ese espejo que nos refleja.

En una conferencia en la Sociedad Francesa de Filosofía titulada “Différance”, Jacques Derrida, jugando con que en francés el verbo différer significa tanto “posponer” como “diferenciar”, expone su idea sobre que nada se puede simbolizar absolutamente porque siempre hay desborde de representación, y por eso el significado es siempre diferido en una larga cadena de signos significadores a lo largo del tiempo.

Sólo el golpe de lo real hace tomar nota a los ex presidentes de que su tiempo es el del pasado

El “retraso de la conciencia” también afectará el significado que tendrá Macri en unos años, que tampoco será el actual. Hoy está viviendo el encanto del comienzo, donde un nuevo tiempo se pone en movimiento después de una sensación de parálisis anterior, y nos arrastra en su dinámica haciéndonos sentir el susurro de la existencia. En el comienzo queremos deshacernos de ese yo que nos avergüenza, que fuimos y a la vez aún somos, lavar culpas, dar vuelta la página, borrar la historia reciente que nos ataba, ser otros en otro tiempo. Como el inmigrante que se va a otro lugar en búsqueda de una nueva vida.

Einstein también decía que “el tiempo es la cuarta dimensión”. Los políticos deberían tenerlo más en cuenta que nadie.

Continúa mañana | La rueda del tiempo (II): "Super-Macri"