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Ministro así se necesita

Por Esteban Peicovich. Faltan líderes que se exijan así. El tipo no quiere fallar. Calcula, proyecta, afina el objetivo, se involucra.

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Foto:DPA.

¿Hombre araña? ¿Acróbata del Cirque du Soleil? ¿Buscador del pituto perdido en el Carmel? Este personaje nos despierta el ojo, pues, para hacer mejor lo que hace, va y se deshace. Este golfista (seguro) leyó a Santo Tomás: "Estate en lo que estás". Y lo aplica a rajatabla. Podría caer repentino granizo o estallar una granada de las FARC en las cercanías. Al colombiano Camilo Villegas ni le va ni le viene. Está en lo suyo. Alinear el putt del hoyo 11. Embocar su planeta en un agujerito. Una desmesurada, ejemplar previsión en el apronte de su objetivo. De haberla tenido Colón antes de soltar amarras de Puerto de Palos, su carabela no habría hecho tanto huevo en los verdosos links de la Mar Océano.

Pero no hay obviedad que por bien no venga: la fotografía es el fotógrafo. Sólo él, por autoría, se convierte en lo que ve. Da en el hoyo de su captura singular y en ese acto estampa firma de autor. Primero la foto se le revela. Luego, él revela la foto. El argumento original de la imagen es siempre suyo. Los mirones que nos asomamos a curiosear en ella la recreamos de ojito. No de ojo, como él. A nosotros nos es ofrecido el ejercicio de alistar neuronas para (como imaginarios golfistas) intentar no pasarnos ni quedarnos cortos al arrimar el bochín del sentido.

Del primero sabemos (y celebramos) que haya visto que allí, además de un profesional del golf había un arácnido vestido de blanco dispuesto a un triple salto mortal a ras de hierba. Casi un hombre langosta. Un quiebre de la realidad. Eso que necesitamos para que la vida sea una fiesta saliendo del oxidado andarivel de lo mismo. Un golfista en vertical, arqueado y a punto de, es una imagen falta de erótica visual. Aun producidos no la levantan ni Messi ni Massa por más cara que le pongan. Fotos así se achanchan. Son como las de caballos o de autos en el momento del pelotón. Una nada (óptica) en bote.

Uno podría quedar horas en soliloquio ante este nadador inmóvil sobre la hierba. Y a cada nueva traducción de lo que dispara su imagen, se le sumaría una nueva traición al hecho en sí. El juego a que invita toda fotografía es el mismo que propone toda vida a aquel que la mira. Esta es una foto abierta y cerrada a la vez. Denota y connota. Sugiere al por mayor. Mil personas le sumarían mil fábulas. Y así hasta 7.300 millones de intérpretes.

No. No es un presidente. Ni siquiera un ministro. Esta dedicación resultaría exótica en cualquier ámbito del poder (y por eso al mundo le va como le va). Faltan líderes que se exijan así. El tipo no quiere fallar. Calcula, proyecta, afina el objetivo, se involucra. No pierde tiempo rebotando por el campo, gritando a sus competidores o enrojeciendo de ira por lo que pudieran decir de él los caddies escribas que andan por allí. Está en lo que está. Respeta las reglas del juego. Ajusta su sintaxis con la dedicación de una tejedora de puntillas o un relojero veterano. Es un obseso al que debemos agradecer su obsesión.

No creo imprudente sugerir que esta fotografía del golfista simbólico pase a ilustrar como afiche educador las paredes de las escuelas, oficinas y talleres del mundo. Sea en Pekín, en París o en Estambul. Y ya no con mera, municipal sugerencia (pues seguro que la marginarían), sino con tosco y prepotente decreto de necesidad y urgencia, a las de los despachos oficiales de todo el país. Sin apostilla alguna. Y quien quiera embocar, que emboque. Cúmplase.

 

(*) Especial para Perfil.com



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