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Ministros y cineastas

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En la notable y casi milagrosa edición argentina de dos obras autobiográficas del teórico soviético Víktor Shklovski (La tercera fábrica y Erase una vez) descubro una cita de Tolstoi: “El significado de toda obra literaria consiste sólo en no ser instructiva en sentido directo, como una prédica o un sermón, sino en descubrirle a la gente algo nuevo, desconocido y mayormente contrario a aquello que es considerado incuestionable por el gran público”. Tolstoi no fue precisamente un oscuro artista de vanguardia ni es un escritor perdido en el olvido, pero es curioso que esa cita siga asombrando un siglo después y que personas supuestamente educadas no se hayan enterado en todo ese tiempo de que el arte no es edificante ni una técnica para subrayar lo establecido.
Por eso siento una enorme perplejidad cada vez que se habla de un libro o de una película en términos de su eficacia pedagógica, como lo hace el ex ministro y actual candidato a diputado Martín Lousteau en una reciente columna periodística a propósito de Metegol, la superproducción animada de Juan José Campanella que se estrenó la semana pasada. El artículo se titula justamente “Las lecciones de Metegol”, y el grado de cursilería de los elogios es enorme. “La película es un prodigio técnico y artístico de un nivel igual o superior al de los productos más famosos de Walt Disney o Pixar. Pero es mucho más que eso: es una emocionante lección (o varias) acerca de la importancia de romper con nuestro cortoplacismo. (...) También la trama de Metegol deja lecciones. Porque trata de lo que es nuestro, de lo que fue nuestro, de lo que podemos volver a tener. Tiene que ver con valores perdidos, e inconsciente o silenciosamente añorados. (...) Metegol bucea en nuestro espíritu y nuestra historia como argentinos para recordarnos el valor del largo plazo. (...) Tanto su existencia como su guión son metáforas de la virtud...”.
Tal vez sea demasiado pedir que un político en campaña mantenga el decoro intelectual y se abstenga de ver en una película para chicos un equivalente de las homilías papales. Sobre todo porque es de práctica que los triunfos deportivos y los éxitos cinematográficos sirvan para demostrar el triunfo de la voluntad y asegurar que quienes perseveran serán recompensados. Es decir, para enunciar el cliché que Lousteau repite como si fuera un descubrimiento.

De todos modos, es extraño en este caso que esos valores “incuestionables para el gran público”, como decía Tolstoi, se prediquen sobre Metegol y se compare su contenido con su realización. Metegol parece proclamar que un puñado de torpes voluntaristas tiene posibilidades de triunfar en el deporte de alta competencia, pero no considera a sus protagonistas iniciales aptos para sostener la película. Por eso tal vez a Lousteau se le haya escapado que estas contradicciones permiten pensar en una metáfora más inquietante: que hay unas verdades aptas para adultos-niños, esos hombrecitos costumbristas del metegol, mientras que hay otras de índole distinta para quienes compiten en las grandes ligas. Unas son para el pueblo (destinado a hacerse invisible o a perder), las otras para uso de ministros y cineastas. Hay algo perturbador en Metegol y su estela: que el triunfo que representa la película como empresa esté fuera del alcance de sus criaturas.



Quintín