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Mirar la realidad

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Meten miedo las noticias en los diarios y en la televisión. Llega un momento en el que la única salida parece que fuera imitar a los monitos que no ven, no oyen, no hablan. Ah, bueno, no. No ver y no oír puede ser, pero no hablar, no, de ninguna manera. Hablar, murmurar, mascullar, susurrar, todo eso, y además escribir, por supuesto. Es que asusta la violencia desatada y la falta de una verdadera defensa contra eso. Veo y oigo que cuando desaparece una chica (o un anciano, o alguien, quien sea) la policía dice “hay que esperar veinticuatro horas antes de investigar”.  ¿Qué? ¡Cómo! Y, sí, la chica puede haberse ido con el novio. ¿Y qué? ¿Y si se fue con el novio todo está bien y la familia no tiene por qué saberlo? Pero ¿qué es ese disparate? Una ya se ha vuelto muy desconfiada en lo que hace a las fuerzas del orden. Una sabe, lo sabe de veras, que hay excelentes policías aunque no sean muy visibles. Sí, los hay. Pero una piensa inmediatamente en Sir Robert y en los detectives de las novelas. Un momentito, muchacha, los detectives de las novelas no tienen nada que ver con los detectives de la realidad. ¿Cómo que no? Una novela no es la realidad. Perdón, perdón, aquí me detengo porque una novela sí es la realidad. Quizá sea una gran mentira, pero su madre es la realidad. Sus raíces se hunden en la realidad. Puede ser que lo que se cuenta sea mentira, pero ¿de dónde salió si no es de la realidad? ¿Eh? Contésteme a eso. Y la realidad, esta cosa concreta que nos envuelve, tiene que ser contemplada y contada para que podamos modificarla. Si no, estamos fritos todos, usted y yo y mi vecina y los buenos policías y los ineficientes también y los que los mandan sobre todo. De manera que qué hacemos. Creo que la solución, como en tantos otros temas, está en la educación. Si no me cree piense en Dinamarca, en donde se cierran  las cárceles. ¿Gracias a qué? Pregúntele a un dinamarqués y le va a contestar: “Es que en este país todos los jóvenes terminan el secundario”.



Angélica Gorodischer