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Mis queridos grupos de tareas

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Grupos de autodefensa” es el ejemplo con el que los biempensantes falsarios se rasgan el uniforme policial para no ser tan contradictorios. “Vamos camino a México”, llegan a decir (piensen por un instante: tal vez los mexicanos se espanten si les proponen ir hacia Argentina). Pero qué significa esto, de qué va el ser voceros de un poder real cuyo fin es negar la miseria barrial abandonada a la nada misma, la que no tiene voz pero actúa. Porque pueden venir con una larga lista de sociólogos para aplicar (de Wacquant a Malinowski), que generan derecho de opinión, pero lo real es de otra índole. Cada campo es específico y cada pueblo es distinto. Y si hay algo que le sobra a este país son las generalizaciones, desde el más endiosado general al general Susvín.
Si contemplo la laguna artificial desde un complejo habitacional privado (no se espanten, de eso se trata, una cuestión de clase), diviso el futuro funesto: riqueza rodeada de miseria endémica perenne. ¿Dónde se genera el odio? Ir por todo es sostener el principio de exclusión. Porque el pobre debe ser invisible para ser un pobre útil a la estructura de dominación vigente, para que perdure la clase política. ¿No es así? Invito a las bestias ungidas por el voto a que se dignen a discutir sin la sordina de su entidad inútil... Y aquí vamos por el poder en sí. ¿Cómo construye sus relaciones de fuerza el punterismo? Se trata de prostitutos administradores de la violencia cotidiana y dealers de la droga, sostenidos en la economía informal que no paga impuestos y genera astronómicas ganancias. Así, el poder político busca aliados, los entroniza y viceversa. Del comisario al cura, del puntero al matón barrabrava, acá no hay manos limpias y a nadie le interesa perder un centímetro de territorio.
Que el género “vecinos” haga justicia por mano propia es de vieja data. Alcanza con buscar en una digna biblioteca, vayan a la E, Esteban Echeverría, El matadero. No es casualidad. Ahí se narra el primer linchamiento, el inaugural, incluye violación y es de lectura obligatoria en las escuelas. Y ello ocurre bajo el primer Estado, a manos del caudillo rioplatense tan caro a los historiadores más mediocres, Rosas, un sujeto que supo clavar la espina venenosa del grupo de tareas, la Mazorca. Habrá quien busque tales rasgos en El malón y argumente que los originarios fueron pioneros en el tema, pero la historia desmiente: hoy es casi deporte olímpico linchar a los miembros de la comunidad qom. Pero si eso ocurre, es fuera del alcance visual de Puerto Madero, horizonte de la dirigencia. Seamos honestos, el linchamiento se convirtió en tema mediático nacional porque ocurrió en Palermo. Al punto de que se acusó al periodismo de propagar la llama de la furia, una treta barata, pues la miseria no viaja en las señales radiales o televisivas, y menos en la letra impresa. La miseria está en lo real. Y va más allá de la cuestión económica. El Terror (sí, con mayúscula inicial) está encarnado en el corazón del tejido social y nunca dejó de ser administrado por el Estado (también con E, demasiadas coincidencias). Si se militarizó la vida cotidiana del pobre con la Gendarmería, donde la portación de cara generó la estigmatización de los jóvenes restringiendo su circulación hacia otros lugares, para luego extraer a la fuerza normalizadora como castigo por la derrota electoral, ¿qué tipo de odio flota en tal ambiente? El de quien es usado sin salida de su situación marginal. Equivoca el camino la oposición: el Estado no está ausente, todo lo contrario; su presencia es omnívora y ha cedido el uso de la fuerza, la represión, a los confinados en la lógica de explotación conocida como pobres contra pobres. Los incluyeron, sí, pero en un territorio electoral y ahora resultan caros al presupuesto. Y esto no hace más que minar la frontera social entre una vida digna y el oprobio del desprecio. Nada más, nunca menos.

*Escritor.



Omar Genovese