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Misterio oficial

La Presidenta suma problemas personales en plena crisis de gestión. Cómo delega su poder.

Foto:Dibujo: Pablo Temes.

Momento difícil –muy difícil– en la vida personal y política de la Presidenta. El jueves se la vio muy afectada en el Sanatorio Otamendi a causa de la operación a la cual debió ser sometida su madre, Ofelia Wilhelm, un soporte muy importante durante todo el proceso que abarcó el episodio del hematoma subdural crónico que padeció Cristina Fernández de Kirchner. Las muchas horas que la jefa de Estado pasó en la institución médica –incluyendo la insólita reunión con Axel Kicillof para analizar aspectos de su gestión–, dan una idea del impacto que el hecho le produjo. La desgracias personales y familiares vienen castigando a la jefa de Estado en los últimos tres años: sus padecimientos de salud, la enfermedad y muerte de su esposo, Néstor Kirchner; el fallecimiento de su suegra, María Ostoic de Kirchner; el de su ex cuñado, Armando Mercado, y ahora la afección de su madre a quien se le extrajo el útero (histerectomía) tras el resultado de una biopsia que se le realizó sobre el fin del año. Por eso, no fue creíble el ministro de Defensa, Agustín Rossi, cuando dijo que se mataban de risa al oír a muchos de los que antes despotricaban contra la Presidenta porque hablaba todos los días, criticándola ahora por su silencio. La verdad es que algo está pasando con el estado psíquico de Fernández de Kirchner que la está llevando a adoptar esta conducta extraña –ausencia pública, arribos inesperados a la Casa Rosada y desarrollo de actividades sin agenda prefijada–, que está en las antípodas de la que mostró hasta el mismo 10 de diciembre último, cuando no dudó en bailar en la Plaza de Mayo ignorando el dolor de las muertes producidas por los saqueos que conmovieron a varias provincias.

Nadie en el Gobierno se “mata de risa” sino, más bien, todo lo contrario: la preocupación aumenta día tras día. La entrevista que concedió Daniel Scioli –en la que se lo escuchó al borde del descontrol– al programa de radio de Jorge Lanata del jueves fue una muestra de ello. Por supuesto que el gobernador no contó la esencia de su conversación con la Presidenta. En ese charla, la jefa de Estado le hizo saber su enojo porque entendía que no la estaban defendiendo de las críticas –usó la palabra ataques– que viene recibiendo en este último mes. Scioli comparte la preocupación por lo que le está pasando a la jefa de Estado con muchos funcionarios del Gobierno. Entre varios de ellos se coincide en señalar el importante papel que desempeña hoy en día Máximo Kirchner, quien ha tomado a su cargo el custodiar la cercanía de su madre, decidiendo en muchos casos quién habla con ella y quién no. Esto complica la gestión ya que, algunos de esos funcionarios, toman decisiones que terminan por disgustar a la jefa de Estado que no duda en hacerles llegar su reproche. De ahí las idas y vueltas que han tenido como víctima principal al jefe de Gabinete, Jorge Capitanich. Todo este embrollo da pie al estado de desorientación que exhibe hoy día la gestión gubernamental. Entre los pocos que hablan con Cristina Fernández de Kirchner, se señala que, a medida que su conversación avanza, la invade un sentimiento de nostalgia que, emocionalmente, la angustia mucho.

La transferencia de poder hacia Axel Kicillof genera recelos y preocupaciones dentro del Gobierno. El más perjudicado hasta el momento ha sido el otrora poderoso ministro de Planificación, Julio De Vido, que en esta semana estuvo cerca de renunciar. Ocurrió que la Presidenta, furiosa con la seguidilla de cortes de electricidad que no cesan desde diciembre último, le adjudica una responsabilidad directa al devaluado ministro quien, harto de tanto reproche, había decidido dejar las arenas del poder. Lo frenó el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.

Lo de Capitanich es ya todo un caso. Nadie entiende a qué apunta la cruzada contra la realidad que encara a diario en sus exposiciones públicas que van transformándose, lamentablemente, en un hecho caricaturesco. Más que sus palabras, el que habla es su rostro, reflejo vivo de sus preocupaciones. Su pulseada interna se centra ahora en Kicillof. Como se dijo antes, la Presidenta lo ha investido de una magnitud de poder que en el pasado sólo supo tener Guillermo Moreno. Así pues, en los hechos, el ministro se ha convertido en un “primus inter pares.” Hasta aquí los dos hechos más significativos que marcan su gestión son la extensión de su poder a través de nombramientos de funcionarios que militan en La Cámpora, alejados de todas las estructuras del peronismo, y la acentuación del ritmo de la devaluación. En una de las tantas contradicciones del Gobierno, es curioso observar cómo el ministro que despotrica contra los apologistas de la devaluación, es el que ha generado el mayor nivel de depreciación del peso que se ha visto desde que el kirchnerismo asumió el poder. A decir verdad, desde los días aciagos de la crisis de finales de 2001 y comienzo de 2002 no se veía un proceso de devaluación de la moneda como el de hoy. La caída de las reservas genera desasosiego dentro y fuera del Gobierno.

En lo que hay coincidencia creciente en el oficialismo –más allá de que en público la mayoría de sus funcionarios lo sigue negando– es en el efecto devastador que sobre la economía está teniendo la inflación. Lo único que hay para enfrentarla es el “acuerdo de precios”; después de eso, nada, señalan kirchneristas conspicuos inquietos por la estrechez de miras del ministro de Economía. Una anécdota ilustra sobre el amateurismo que reina entre los jerarcas de esa cartera. Sucedió durante el “Tomategate”. Casi desesperado por el aumento del precio del tomate, el secretario de Comercio, Augusto Costa, no tuvo mejor idea que llamar por teléfono a su predecesor, Guillermo Moreno, a fin de pedirle consejo. Moreno, que “casualmente” alquila una oficina justo enfrente del edificio que ocupa la Secretaría que él comandó hasta hace poco más de un mes, no salía de su asombro cuando Costa le dijo que le urgía hablar con él, por lo que le pidió que cruzara la calle y lo viera en su despacho. “¿Pibe, vos tenés idea del lío que se va armar si me ven entrar a tu oficina?”–lo amonestó el secretario quien agregó: “Cruzá la calle y vení vos a verme”, orden que su sucesor cumplió de inmediato.


Producción periodística: Guido Baistrocchi.


Nelson Castro


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