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Misterios dentro de otros misterios

Volviendo a la novela, no parece demasiado difícil de traducir. Sin embargo, el texto firmado por Pizarnik tiene torpezas y baches considerables.

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A fines del año pasado, cuando Mardulce reeditó La vida tranquila de Marguerite Duras con traducción de Alejandra Pizarnik, Guillermo Piro escribió en este suplemento sobre los derechos del traductor. De paso, habló de algunos misterios que no había logrado esclarecer a propósito de la edición original de la novela (Centro Editor de América Latina, 1975). Leí La vida tranquila en estos días sin recordar la nota (una nota sobre gente que no recuerda), pero ahora tengo otro misterio para agregar, aunque tal vez sea el mismo, aunque enunciado de otro modo.

Un paréntesis. Hay algo irónico en que Duras y Pizarnik estén asociadas a ese título: ninguna de las dos tuvo una vida tranquila. Pizarnik se suicidó a los 36 años después de sufrir muchísimo. Duras fue longeva (murió a los 81), y aunque sus padecimientos fueron demasiado públicos (como corresponde a los divos intelectuales franceses), sólo con el alcoholismo tuvo bastante, para no hablar del comunismo y el colaboracionismo.

Volviendo a la novela, no parece demasiado difícil de traducir. Sin embargo, el texto firmado por Pizarnik tiene torpezas y baches considerables, como si algunas partes hubieran sido trabajadas con la concentración requerida y otras con gran descuido. Hay momentos, por ejemplo, en los que giros franceses se vuelcan literalmente: “n’importe quoi” se traduce como “no importa qué” y no como “cualquiera”; “el “on” que precede a los verbos, y que en francés equivale a su uso en primera persona, se convierte en una rebuscada construcción impersonal. Así aparecen frases abstrusas como ésta: “Se quisiera no tener nada más que ver con ellos que como recuerdos”. O “me imaginé el mar, sus diversas maneras que, según me dijeron, no finalizan”, cuyo origen es “Je me suis imaginé la mer, les diverses façons dont on m’avait dit qu’elle ne finissait pas” (algo así como: “Me imaginé el mar, las diversas maneras en las que me habían contado que no tiene fin”). Pero una serie de simples erratas, de cambios de letras que no proceden de un error de tipeo, me hicieron pensar que el texto provenía de una lectura digital de una publicación previa (que bien puede ser la del Cedal, de la que no dispongo) y que nadie la tocó por respeto reverencial a Pizarnik.

En la página 42 de la versión de Mardulce encontré lo que bien puede ser la clave del enigma. Allí aparece este pasaje: “... escuché al tiempo roernos como a una armada de ratas. Eramos una buena presa. Hacía veinticuatro años que nos dejábamos vivir. Habíamos contado con el tiempo para poner en orden los asuntos de la casa. Había pasado tiempo roernos como un ejército de ratas”. Es difícil poner orden en esta confusión sin mirar el original francés. Más allá de que la última oración no tiene sentido, hay aquí un conflicto militar. Primero se habla de una armada de ratas, después de un ejército de ratas, traducción más adecuada de “une armeé de rats”. Pero esta expresión aparece una sola vez en francés. Es como si alguien hubiera corregido una versión provisoria, indicando que “una armada” debía reemplazarse por “un ejército” y quien transcribió el manuscrito incluyó las dos. Todo parece sugerir que en la traducción intervinieron dos personas, pero es difícil saber si Pizarnik fue la primera, la segunda o ambas.