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Mo’ Better Blues

Ahora, mientras escribo estas palabras, tengo sobre el escritorio unas fotos de revistas viejas donde el power trio más grosso del rock argentino está posando para siempre con ese estilo retro infinito.

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Ahora, mientras escribo estas palabras, tengo sobre el escritorio unas fotos de revistas viejas donde el power trio más grosso del rock argentino está posando para siempre con ese estilo retro infinito. En una parecen psicodélicos: pelos largos, pañuelos coloridos, anteojos inmensos para Javier Martínez, caras de nenes para Alejandro Medina y Claudio Gabis. En otra tienen el pelo a la gomina y poleras existencialistas: podrían ser los líderes de la Columna Norte Montonera. Pero a diferencia de estos últimos, los Manal sí fueron revolucionarios. Con Manal –y a través de la extraordinaria poesía de Javier Martínez– el blues porteño alcanza alturas líricas inimaginables: “Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón/ y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock./ Un amigo duerme cerca de un barco español”, canta Javier con su voz de ginebra. Nada de más: imagen y sensación.

Lo curioso de Manal es que mientras pena y relata la ciudad, también añora un lugar en el campo, el paraíso perdido. Una muestra de esto es Una casa con diez pinos, cuya letra es un manifiesto zen. Es notable que, si bien varias de las canciones de Manal intentan ser educadoras, como No pibe, o Jugo de tomate, lo que dicen es tan cierto para el que escucha que más que una orden parece un ruego: “Un jardín y mis amigos/ no se puede comparar/ con el ruido infernal/ de esta guerra de ambición,/ para triunfar y conseguir/ dinero nada más/ sin tiempo de mirar/ un jardín bajo el sol/ antes de morir.” (Una casa con diez pinos). Hay un verso de Manal que me rompió la cabeza y que escuché en mi Winco una de esas tardes post colegio, tirado en la cama de mi pieza. Es de Avellaneda Blues y dice así: “Amanece, la avenida desierta pronto se agitará/ y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van./ Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial”. Los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van. Eso es verdad.