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Momento clave

El Gobierno vive tiempos que definirán su futuro. La peligrosa pulseada de Macri.

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El gobierno del Frente Cambiemos se encuentra en un momento clave que va a sellar su futuro como experiencia política. El dilema central que definirá su propia existencia es si la capacidad política de sus dirigentes sólo alcanza para pilotear el pos-kirchnerismo, o si tienen la visión estratégica de fundar un nuevo sistema político. Hoy parecen caminar dentro de la primera opción, y con dificultades para plantear un sendero diferente.
Una encrucijada parecida vivió Fernando de la Rúa cuando con innovación política construyó un acuerdo político con el peronismo antimenemista encabezado con Carlos “Chacho” Alvarez. De la Rúa enfrentó con vigor a Duhalde en aquella campaña electoral de cambio de época sellada por la frase “dicen que soy aburrido porque no ando en Ferrari”. Triunfador, construyó un gabinete que los analistas políticos definían como un “dream team”. Terragno, Machinea, Storani, Rodríguez Giavarini, Gil Lavedra, Fernández Meijide y López Murphy entre otros, parecían asegurar un gobierno estable y bien constituido. La decisión de avanzar en causas judiciales contra Menem –preso seis meses en 2001– hacía parecer que “ahora sí” se iba a desterrar la corrupción de las altas esferas de gobierno. Sin embargo, no pudo avizorar que las subjetividades políticas siempre están limitadas por las estructuras objetivas, las relaciones de fuerza y el marco económico. Atrapado por estas circunstancias, De la Rúa no lograría otra cosa que ser la bisagra cruel entre dos experiencias políticas antagónicas dentro de la cultura política peronista.

Las diferencias. La Argentina de Macri cuenta que tres elementos completamente distintos a los que tuvo que afrontar De la Rúa en sus días: 1) tiene un dólar flotante con posibilidad de devaluar lo que sea necesario, a diferencia de los días fijos de la convertibilidad, 2) posee un sector externo medianamente ordenado, que le permitió conseguir más de 16.000 millones de dólares en pocas horas para afrontar el pago a los fondos buitre, distante del imposible frente externo de fin de milenio, y 3) cuenta (o contaba) con una economía con alto nivel de actividad y consumo frente a la recesión y el enorme desempleo de fines de los 90. Un cuarto elemento es el triunfo de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires, que, visto en retrospectiva, fue condición de posibilidad al de Macri en el ballottage, empujando al peronismo a un espacio relativamente marginal que no conocía desde 1983. Como contrapartida, la inflación actual de niveles ochentistas desandó en poco tiempo la gran devaluación de salida del cepo cambiario, dejando al país nuevamente caro en dólares. Otro capítulo es el déficit fiscal, escandaloso para las usinas ultraliberales, pero que se puede encontrar en otras economías del mundo.
Macri creyó en forma algo idealista que la instauración de un gobierno de un partido “pro mercado”, como definió al PRO en sus primeros días, alcanzaría para que en forma automática los capitales privados vinieran en cascada, e incluso para que los sectores agrarios se transformaran en industrialistas, algo que no se logra desde Roca en adelante, aunque fueran premiados “in advance” con la devaluación y el fin de las retenciones. Si se mira con atención, los reclamos de Donald Trump van en esa misma dirección cuando se queja de que Apple no fabrica sus productos en Estados Unidos y sí lo hace en China. El capital globalizado es insensible y conflictivo.

Futuro indefinido. Cuando en 2011 Cristina puso su mirada en el Excel que mostraba los subsidios de los servicios públicos comprendió que la “sintonía fina” que pedía a la sociedad se podía tornar en una pequeña Revolución Francesa. El “kirchnerismo”, todopoderoso de esos días, daba marcha atrás con los deseos de ajuste con la excepción del precio de la nafta, que siguió con su incomprensible curva. Hoy, Macri avanza con una megaactualización de los valores de los servicios públicos que confunde y enoja a la sociedad. Esta en parte reconoce la necesidad de los “sinceramientos”, pero tiene grandes dificultades para afrontarlos en medio de una pérdida abrumadora del poder adquisitivo de los salarios.
Esta coyuntura puede devorarse al Gobierno, como Saturno a sus hijos, en parte porque demuestra que “el mejor equipo de los últimos cincuenta años” está improvisando sobre la marcha, y no hay un plan más allá de la trasferencia de ingresos, con un efecto perjudicial en los más vulnerables de la sociedad.
Ya los estruendos de la narrativa surrealista de los López, las monjas, los bolsos voladores y todos los dólares que se puedan encontrar, está perdiendo efecto social de legitimación de la actual gestión, por más que algunos comunicadores se esfuercen para reinstalarlos en primera plana. Cuando lo logran simplemente están reforzando una imagen del gobierno de transición del poskirchnerismo, lo que está produciendo el efecto paradojal de reorganización de la oposición, donde algunos como Massa ya comienzan a evaluar que “un” peronismo volverá en cierto plazo a tomar las riendas de la conducción del país.
De aquí en más, Macri deberá revisar el funcionamiento del conjunto heterogéneo de la primera plana del gobierno. Los funcionarios provenientes de las empresas privadas, ONGs y consultoría proponen una expertise asimilable a la que tenían en la actividad privada, donde la voz de mando podía tomar decisiones temerarias o no, pero que sólo afectaban el funcionamiento de su unidad. Cuando está en juego el “bien común” de millones de personas se vuelven a necesitar políticos con capacidad de conectarse con la sociedad, que
planteen con humildad y transparencia el proceso de toma de decisiones, y eviten las metáforas desafortunadas que enrojecen a su propia base electoral.
Macri, consciente de la coyuntura, está asumiendo un incómodo protagonismo mediático desde donde demanda un cambio de comportamiento de la sociedad, a quien que de paso culpa por la situación actual. Una pulseada riesgosa que pone en juego su capital más valioso, que es el político.

*Sociólogo, analista político (@cfdeangelis).



Carlos De Angelis