COLUMNISTAS ENSAYO

Monteagudo, mártir

En Monteagudo (Aguilar), Pacho O’Donnell reconstruye la vida de un un hombre que en su corta vida supo ser calificado de seductor, déspota, genio político o terrorista. Un jacobino que tuvo una corta vida desde que se doctoró en Chuquisaca, cuna de revolucionarios como Moreno y Castelli, hasta los treinta y cinco, cuando una puñalada le atravesó el pecho en una noche de verano limeña, cuando acompañaba a José de San Martín.

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A partir de julio de 1821 San Martín comenzó la difícil tarea de gobernar Perú. A su lado, Monteagudo desarrolló una actividad febril, rigurosa, plena en ideas que, como a lo largo de toda su vida, le granjeó acérrimos enemigos y encendidos partidarios. El “Protector de la Independencia del Perú”, como se designó a San Martín a instancias de la logia y por recomendación de Monteagudo, prefirió ocuparse de los aspectos militares mientras delegaba en su colaborador los asuntos civiles y administrativos.

No deseaba San Martín, sinceramente, hacerse cargo del gobierno en Lima. Fue obligado por sus partidarios, confiados en que el prestigio del Libertador lograría contener el desorden que imperaba en el territorio. El tucumano lo dejó escrito: “Los jefes del ejército saben que cuando llegamos a Pisco exigimos del General San Martín el sacrificio de ponerse a la cabeza de la administración si ocupábamos a Lima porque creímos que éste era el medio de asegurar el éxito de las empresas militares. El se resignó a esto con repugnancia y siempre por un tiempo limitado”. Está claro que la opinión o la instrucción que más pesó fue la de los “amigos” de la logia, como confesaría el Libertador a O’Higgins: “Los Amigos me han obligado terminantemente a encargarme de este gobierno; he tenido que hacer el sacrificio, pues conozco que de no ser así el país se envolvía en la anarquía. Espero que mi permanencia no pasará de un año, pues Vd. que conoce mis sentimientos sabe que no son mis deseos otros que vivir tranquilo y retirarme a mi casa a descansar”.

San Martín era sincero. Nunca pensó en ejercer el gobierno sino por un período brevísimo y en tanto lo exigieran las necesidades de la guerra de la independencia. Tampoco le gustaba la rimbombancia de “Protector de la Independencia del Perú”, pero lo convencieron de que semejante fórmula facilitaría la aceptación de una sociedad tan hecha a las pompas y a los títulos nobiliarios de cuño hispánico. Su verdadero y excluyente objetivo era coordinar con el otro gran libertador de América, Simón Bolívar, los esfuerzos finales para expulsar definitivamente a los españoles del continente. Bartolomé Mitre comprendió la esencia americanista del pensamiento y la acción sanmartinianos desde el propio título de su biografía del Libertador, San Martín y la emancipación americana. El Protector y Monteagudo habían trazado claramente el orden de prioridades: “Lo primero es asegurar la Independencia, después se pensará en establecer la libertad sólidamente”. Este principio originó los primeros roces con la población peruana, ya que los argentinos rápidamente demostraron una marcada voluntad de dominio y de concentración de poder en sus manos. Para tratar de amortiguar aquel centralismo San Martín conformó un primer gabinete americanista con Monteagudo como ministro de Guerra y Marina; Juan García del Río, ecuatoriano, ministro de Gobierno, e Hipólito Unanue, peruano, ministro de Hacienda.

No fue suficiente para aquellos sectores que conspiraron contra San Martín desde el primer momento, escudados además en la firmeza de algunas medidas, mal recibidas en sectores influyentes, como la expropiación de bienes a ciudadanos peninsulares y la expulsión de muchos españoles. Se percibe el inconfundible estilo del ministro de Guerra y Marina en esas medidas firmadas por el Libertador el 4 de agosto de 1821: “Yo os he prometido respetar vuestra seguridad y propiedades; lo he cumplido y ninguno de vosotros puede ya dudar de mi palabra. Sin embargo de esto, sé que murmuráis en secreto y que algunos difunden con malignidad la idea de que mis designios son sorprender vuestra confianza. Mi nombre es ya bastante célebre para que yo lo manche con la infracción de mis promesas, aun cuando se conciba que como particular pueda fallar a ellas. Por último, declaro los artículos siguientes para poner el sello a las garantías que antes he dado. 1) Todo español que fiado en la protección de mi palabra continúe pacíficamente en el ejercicio de su industria, jurando la independencia del país y respetando el nuevo gobierno y leyes establecidas, será amparado en su persona y propiedades. 2) Los que no se fiasen en ella, se presentarán en el término antes señalado a pedir sus pasaportes y salir del país con todos sus bienes muebles. 3) Los que permaneciesen en él, protestando su confianza en el gobierno, y sin embargo trabajasen contra el orden ocultamente, como tengo noticia lo practican algunos, experimentarán el rigor de las leyes y perderán sus propiedades. ¡Españoles! Bien conocéis que el estado de la opinión es tal que entre vosotros mismos hay un gran número que acecha y observa nuestra conducta. Yo sé cuanto pasa en lo más recóndito de vuestras casas. Temblad si abusáis de mi indulgencia. Sea esta la última vez que os recuerde que vuestro destino es irrevocable y que debéis someteros a él”.

También generaron inevitables resquemores la expulsión de Bartolomé María de Las Heras, el octogenario arzobispo de Lima; la distribución de quinientos mil pesos en fincas confiscadas a los españoles entre jefes y oficiales del ejército libertador, el reparto de tierras entre los soldados en la provincia que eligieran como lugar de residencia.

Muy pronto Monteagudo desplazó a García del Río para ocupar también la cartera de Gobierno, concentrando en sus manos el poder político y militar, ya que San Martín, demasiado sensible a ingratitudes y enconos, prefirió apartarse de los vericuetos de la vida pública. En esos días comenzó a manifestarse además la conducta díscola, levantisca, del almirante Cochrane, quien se sentía llamado a responsabilidades mayores que la de mero jefe de la escuadra chilena. Alentado por su inquina contra Monteagudo, se permitió aconsejar a San Martín: “No vaya a creer que es su persona sino la nobleza de sus actos la que le conquistará el amor de la humanidad. No vaya a creer que un Protector puede llevar a término sus grandes proyectos si no procede recta y honradamente”, dando por ciertos los infundios sobre la honestidad del tucumano. “Los aduladores son más peligrosos que las serpientes más venenosas”, apostrofaba el almirante de las islas británicas, inquieto porque su tripulación, tan mercenaria como él mismo, no había recibido aún el botín que justificaba sus desvelos.

Corrían rumores, azuzados por agentes al servicio de España e Inglaterra, de que los grifos de la casa del ministro argentino del Protectorado eran de oro, que la bañera era de mármol de Carrara, que en su palacio se llevaban a cabo orgías interminables. “Estos porteños pretenciosos se creen que el Perú es su estancia y los peruanos sus peones”, se murmuraba en hogares, fondas y saraos.

El general irlandés Daniel O’Leary, de destacada participación en las guerras independentistas americanas, un agudo observador que conoció en profundidad a Monteagudo aunque nunca fue partidario del tucumano, escribió en sus Memorias: “El corto período de su administración puso en evidencia sus grandes dotes de estadista y el vigor de su carácter resuelto. Era tanta su consagración a sus públicos deberes, que a pesar de sus hábitos afeminados impulsó no sólo los negocios militares sino todo el complicado mecanismo del gobierno, y en medio de las atenciones que el nuevo mecanismo requería, halló tiempo para consagrarse al embellecimiento de la capital y al modo de extirpar abusos perjudiciales y deshonrosos al estado de la civilización y la moral. La política de Monteagudo puede haber sido imprudente, y fue a una edad prematura, pero lo presenta como a un hombre superior a sus contemporáneos”.

El término “afeminado” no pone en duda la virilidad de Monteagudo sino que, según la acepción de la época, alude a los hábitos sofisticados de un muchacho que vestía de terciopelo y usaba perlas en el ojal, corbatas de seda y calzado de charol; que se sentía bello y seductor, que se sabía influyente y jugaba con la envidia ajena.

Ricardo Rojas aporta: “Le dijeron también sibarita porque se bañaba diariamente, se pulía las uñas, gustaba del buen vestir y los perfumes, y esto causaba espanto donde la incuria de la propia higiene y decoro constituía la tradición colonial”. Monteagudo había adquirido esos hábitos durante su extrañamiento europeo, costumbres que, imprudentemente, fueron el material de las leyendas que se tejieron en su contra.
 

*Historiador.



Pacho O’Donnell