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Motochorros en Clarín y Barrio Parque

Es llamativa la coincidencia de que Marcelo Longobardi haya sido golpeado y robado el mismo día en que la Afsca denunció el rechazo a la adecuación presentada por el grupo Multimedio.

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Foto:Capturas de pantallas

Ley de Abastecimiento, cambio del presidente del Banco Central, el nuevo Código Civil y ahora la adecuación de oficio de Clarín, la decisión más importante de la Ley de Medios. Todo junto en diez días muestra a un Gobierno que se quiere ubicar en los antípodas de ser un pato rengo o deprimido y paralizado por el síndrome de la cercanía a la pérdida de poder.

También, y no contradictoriamente, refleja una formación reactiva a esa sensación de fragilidad que lo obliga a exhibir un vigor que va menguando: en el reino animal, todo espécimen acorralado muestra más que nunca sus dientes.

Queda la duda sobre cuánto durará la energía de echar el resto del stock de adrenalina disparada frente al peligro del fin. En el caso de su enfrentamiento con Clarín, el kirchnerismo se regodea pensando que esta vez sí podrá imponer su voluntad porque el fuero en que se dirimirían las nuevas cautelares que solicite Clarín ya no sería el Civil y Comercial Federal, con aquella sala de la Cámara tan contraria a la Ley de Medios. Ahora sería en el fuero Contencioso Administrativo, donde el kirchnerismo tiene amplio favoritismo de los jueces, muchos nombrados en los últimos años. A lo que se suma la nueva ley de cautelares, aprobada el año pasado, que restringe su aplicación a un máximo de seis meses y es sólo prorrogable una vez. Pero tampoco serían ínfimas las posibilidades de llegar con pedidos de cautelares hasta la Corte Suprema si es que fueran rechazados en instancias anteriores.

Lo que resulta llamativo es la coincidencia de que Marcelo Longobardi haya sido golpeado y le hayan robado el mismo día en que la Afsca denunció el rechazo a la adecuación presentada por Clarín, más teniendo en cuenta que hacía pocas semanas otro motochorro, esa vez a metros de la puerta de ingreso a Clarín de la calle Piedras, había golpeado y le había robado a Ignacio Sáenz Valiente, justo el abogado de Clarín que ahora la Afsca denuncia por aparecer simultáneamente como directivo en las unidades 1 y 2.

El hecho de que los motochorros que atacaron a Longobardi y en su momento a Sáenz Valiente terminaran siendo verdaderos ladrones comunes no eliminará la sospecha de que los autores intelectuales pudieran tener fines de amedrentamiento político o de derrumbe psicológico de adversarios. Son bien conocidas las historias en regímenes autoritarios de todas las épocas y todos los continentes en las que se usa a ladrones comunes marcándoles las víctimas y dándoles cierta protección o premio a cambio.
Es inusual que en el interior de Barrio Parque aparezcan motochorros, sobre todo donde fue asaltado Longobardi, alrededor de la calle Ombú, porque al ser redonda y tener sólo 150 metros de longitud, es controlada por tres garitas de custodia de la Policía Federal. Y no porque sea imposible robar con una moto allí, como quedó demostrado que sí se puede (el protocolo impide a la policía disparar a un ladrón en huida a menos que éste dispare: la única forma de parar a un motochorro sería estar al lado o cruzándolo con un auto), sino porque un ladrón profesional realiza un cálculo de costo-beneficio y prefiere siempre robar en zonas menos custodiadas.

En el poco más de un año que nos queda hasta el cambio de gobierno, si el kirchnerismo se radicalizara, la violencia política verbal podría derivar en violencia física.

El crimen de Cabezas también ocurrió poco más de un año antes de un cambio de gobierno, cuando los conflictos por la sucesión se hicieron más primitivos (Duhalde pasó de considerar a la Bonaerense “la mejor policía del mundo” a comenzar a creer que tenía razón la revista Noticias con aquella tapa titulada “Maldita policía”). Las elecciones presidenciales del año próximo podrían preanunciar repeticiones de hechos delictivos relacionados con la política: en las últimas, de 2013, directamente fue la casa del candidato opositor más votado, Sergio Massa, la que fue asaltada por –nada menos– un representante de la mesa de enlace del Ministerio de Seguridad.

Son demostraciones de fuerza cuyo destinatario no es sólo la víctima, y a veces muy principalmente su familia, sino todos los demás: en el caso de Massa, el “ladrón” disparó a la cámara que lo filmaba, reafirmando que no lo intimidaba.

Al día siguiente de lo de Longobardi, la Presidenta realizó una conferencia pública con Putin, coincidiendo ambos en críticas al periodismo profesional. Esa perspectiva no es sólo de Putin o Cristina Kirchner: antes de ayer, Dilma Rousseff dijo que la difusión por la prensa de Brasil en medio de la campaña electoral del testimonio del ex director de Petrobras –quien aseguró que hasta un 3% del valor de varios contratos de la petrolera fue destinado al Partido de los Trabajadores– era equivalente a los golpes de Estado que la derecha hacía en las épocas de dictadura militar, cuando no podía ganarle electoralmente a un candidato contrario a sus intereses.

En los últimos dos meses, la Fundación LED (de la ex diputada Silvana Giudici) reportó 21 casos de hechos de violencia contra periodistas, en su gran mayoría supuestamente delitos comunes. En la Rusia de Putin también los ataques a periodistas fueron siempre hechos de inseguridad ajenos al gobierno. En 2004 cuando Paul Klebnikov –director de la edición rusa de la revista Forbes– fue asesinado, yo era secretario de la Cámara de Comercio Argentino-Rusa y justo estaba en Moscú (desde 2003 Editorial Perfil licencia una revista femenina en Rusia) y, alarmado, entrevisté al director general de la empresa editora de Forbes en Rusia, quien me tranquilizó explicando que se trataba de un hecho de violencia que nada tenía que ver con el gobierno.

Es comprensible que las empresas traten de minimizar para no generar terror en sus equipos: Clarín hace un mes informó el ataque a su abogado, director y fiduciario, Sáenz Valiente, diciendo que le habían robado a “un proveedor” (sic). Cuando en Rusia el mismo argumento se utilizó dos años después al ser asesinada la periodista Anna Politkovskaya, presenté mi renuncia, y PERFIL publicó muchas columnas anticipando por aquellos años cómo Néstor Kirchner se inspiraba en Putin.

Ojalá los motochorros que atacaron a Longobardi y a Sáenz Valiente no terminen teniendo detrás mentores ocultos. Faltan 14 difíciles meses.



jfontevecchia