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¡Muera Belgrano!

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La noche del 6 de diciembre de 1811, Manuel Belgrano, ya pronto a tomar el mando del regimiento de Patricios, fue hasta el cuartel para realizar una inspección general. El recibimiento fue tenso y plagado de gestos que anunciaban una insubordinación. Antes de retirarse anunció serias medidas disciplinarias e higiénicas, entre ellas la orden de cortarse la tradicional trenza que portaban con orgullo los milicianos como distintivo de la fuerza. Les daba tres días para hacerlo ellos mismos, al cabo de los cuales mandaría a los dragones a que se las cercenaran. Apenas horas después estalló el motín. Alrededor de mil soldados y suboficiales expulsaron a los oficiales y elevaron un petitorio en el que rechazaban a Belgrano y a los otros jefes, reclamaban a Saavedra como su único comandante y pedían la liberación de todos sus camaradas confinados en el calabozo.
Los rebeldes insubordinados, los mismos que habían apoyado el golpe antimorenista del 5 de abril, habían puesto en vilo a la ciudad. Algunos patricios abandonaron el cuartel y otros se mantuvieron al margen, pero el grueso de la tropa seguía resistiendo a la autoridad. A la mañana del 7, Chiclana, que era cercano a Saavedra, intentó persuadir a los obstinados soldados para que depusieran las armas y hasta prometió la cancelación de la medida que los obligaba a cortarse la trenza, pero no tuvo éxito. Mucho menos lo tuvo el morenista Castelli, que estaba arrestado en ese cuartel a la espera del juicio por sus derrotas con el Ejército del Norte. Tampoco fueron escuchados los obispos Lué y Riega y Rodríguez de Orellana. Para cuando regresó Belgrano a las inmediaciones del cuartel, que estaba siendo rodeado por los cuatro costados por tropas al mando de Rondeau, de vuelta en Buenos Aires, y del teniente coronel Miguel Estanislao Soler, el griterío en su contra se avivó como el fuego al que se le echa alcohol.
—¡Muera Belgrano! –gritaban.
—Si quieren que muera, dispárenme –los desafió.
Las advertencias no surtieron ningún efecto y los medios de conciliación parecían agotados al mediodía, cuando un patricio de origen inglés, Richard Nonfres, mientras insultaba a las tropas de línea y al mismísimo Belgrano, disparó un cañón que mató a un soldado e hirió a otros seis, luego de lo cual la represión fue violenta y fulminante. La carga no duró más de veinte minutos. Las fuerzas leales lamentaron ocho bajas y 35 heridos. Rondeau, desde ese día, quedó sordo a causa de un disparo. De las bajas de los patricios no hubo datos por expresa orden del gobierno, aunque se estima que hubo cerca de cincuenta muertos y decenas de heridos.
Después de un juicio sumarísimo, la sentencia aplicada el 12 de diciembre condenó a muerte a diez patricios y a otros veinte a prisión en la isla Martín García con penas de hasta 10 años.
A las 8 de la mañana del 13 de diciembre fueron fusilados en la plaza que los vio victoriosos, los sargentos Juan Angel Colares, Domingo Acosta, Manuel Alfonso y José Enriquez; los cabos Manuel Pintos y Agustín Quiñones, y los soldados Agustín Castillo, Juan Herrera, Mariano Carmen y Richard Nonfres. Sus cuerpos fueron colgados en la plaza para “expectación” del pueblo.
Las compañías amotinadas fueron disueltas, se les quitó el número de honor y el uniforme, lo que equivalía a la desaparición del mítico Regimiento de Patricios. Su nombre desde ese momento sería Batallones Cívicos de Buenos Aires. (Juan Manuel de Rosas les restituiría el nombre y el honor en 1830).
A los diputados del interior que habían integrado la Junta Grande, la mayoría saavedristas, se les dieron 24 horas para que saliesen de Buenos Aires por cuestiones de seguridad. El deán Gregorio Funes fue arrestado a la espera de juicio como promotor del motín. El Triunvirato volvía a concentrar el poder en la capital, pero con una orientación muy diferente a la que pretendía darle Moreno. El guía de los destinos de la patria de los argentinos, como se llamaban a sí mismos los propios porteños, era el pretencioso secretario de Guerra, Bernardino Rivadavia.
La independencia estaba amenazada por ejércitos enemigos desde el Alto Perú, el Brasil y la Banda Oriental. Sin embargo, la mayor amenaza era el frente interno. Los conflictos entre facciones eran cada vez más cruentos. La revolución sin sangre empezaba a pagar altos intereses. Fusilados, expatriados y prisioneros eran el saldo de la polarización política en la que había decantado la Revolución. Moreno había muerto en circunstancias sospechosas, Saavedra estaba confinado en San Juan y Castelli preso en una celda del cuartel de los ex Patricios. El orador de Mayo ya casi no podía hablar, parecía una burla del destino: tenía cáncer en la lengua. Reclamaba que se le iniciara el juicio cuanto antes por su gestión al mando del Ejército del Norte, especialmente por las derrotas de Huaqui y la de Sipe-Sipe en agosto de ese año. El proceso había quedado paralizado desde que recusara al juez que había sido abogado de Liniers, a quien él había ordenado fusilar.
Monteagudo, que había sido su secretario en el Alto Perú, con 22 años reorganizaba a los grupos rebeldes en la Sociedad Patriótica y escribía en el periódico que había fundado, Mártir o Libre, loas a la independencia venezolana del 5 de julio, noticias recién conocidas por el Río de la Plata por esos días, y a su líder Francisco de Miranda. La independencia venezolana era más que nada una declaración simbólica, respaldada desde las sombras por Inglaterra, pero sirvió para avivar la llama argentina. Belgrano, al llegar con los ex patricios a Rosario para controlar la costa oriental, confeccionó en honor a Venezuela una escarapela azul-celeste y blanca, que hizo distribuir entre los soldados como distintivo propio. A los cinco días fue aprobada por el Triunvirato y su uso se generalizó.
Al norte estaba el teatro de operaciones más violento. Pueyrredón había reemplazado a Saavedra a principios de octubre, apenas ocho días después de que éste asumiera el mando de un ejército desmoralizado que había perdido el control del Alto Perú tras Huaqui y Sipe-Sipe, y no hacía otra cosa que intuir el desastre final que se le acercaba rápidamente a las narices. Pedía su relevo por estar “próximo a morir”. No era verdad. Manos secretas…  

*Periodista. Fragmento del libro La aventura argentina, editorial Planeta.



Gabriel Pandolfo