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Mujer en la historia

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Han pasado treinta y nueve años del abrupto final del gobierno de María Estela Martínez de Perón, la primera presidenta en la historia argentina, víctima de un golpe de Estado. No obstante el tiempo trascurrido, la escultura de Isabel está ausente de la Galería de los Bustos de la Casa Rosada, donde ocupan sus lugares de honor Perón y Alfonsín, respectivamente su antecesor y su sucesor constitucionales en la Presidencia de la Nación.

¿Olvido involuntario o revancha? ¿Por qué Cristina Fernández de Kirchner, siempre atenta a destacar el lugar de las mujeres en la historia –y a la escenografía– deja de lado la memoria de su antecesora y compañera? Es bueno hacerse estas preguntas sobre la base de documentos y testimonios que ayuden a pensar el país desde su historia real. Tal es el propósito del presente libro.

En la visión de la historia mítica del peronismo, Isabel es un personaje incómodo. Cuesta admitir que fue el propio Perón quien la eligió como compañera de fórmula y heredera de su proyecto político, y que en sus comienzos la “enviada” fue vista como la reencarnación de Evita, piedra angular del mito fundacional del justicialismo. Sin embargo, como quedó claro apenas asumió, la copia era muy diferente del original: Isabel dio prueba de apreciable firmeza en la defensa de su herencia política, pero le faltaron las condiciones mínimas para ejercer el cargo en un país fuertemente presidencialista. Su falta de formación y la dependencia emocional del hombre fuerte de “palacio”, José López Rega, la convirtieron en ejemplo de lo que no debe ser una mujer gobernante.

La Justicia española admitió sus explicaciones cuando fue acusada por tribunales argentinos de complicidad en la causa de la Triple A, pero nada borró el rencor de quienes la siguen señalando como cómplice de la eliminación de la izquierda peronista. El resto de los argentinos, los que vivieron aquellos años de violencia y desgobierno, prefieren no acordarse.

Precisamente, sobre la ausencia de Isabel en la memoria histórica nacional comencé a trabajar su biografía, en el agitado bienio 2001-2003. Empezaba entonces el ciclo de las presidencias Kirchner, en que otra mujer desempeñó el cargo en dos períodos consecutivos; accedió al primero en vida de su marido; al segundo, como viuda reciente, y fue plebiscitada. Cristina, que en los momentos críticos de su gestión advirtió que ella no era Isabelita, hasta en los días finales de su segundo mandato ejerce un poderío sólo comparable al Perón de la primera presidencia.
Es difícil explicarse, si son tantas las diferencias entre ambas mandatarias, por qué persiste el silencio en torno a la primera presidente. Es lícito asimismo observar que si en el trazo grueso sólo caben diferencias, en el claroscuro hay similitudes que el lector podrá encontrar en estas páginas y lo ayudarán a ubicarse mejor en el pasado y en el presente.

Perón, Evita e Isabelita fueron ejemplo, en el siglo XX, de la pareja política, cuyo antecedente se remonta al siglo anterior, a Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra, una hábil dupla muy valorada en el imaginario peronista. No obstante, el ejemplo más exitoso de un matrimonio gobernante es el de Néstor y Cristina en el siglo XXI (me refiero al éxito personal, porque considero negativa la alternancia presidencial en una familia).

En noviembre de 2015, al cerrar la edición definitiva de Isabel Perón, las preferencias del electorado anticipan la apertura de un ciclo histórico en el que se destacan nuevos liderazgos femeninos. Dichos liderazgos responden a otro modelo que arrancó hacia 1900, el de las mujeres profesionales, dirigentes sociales o intelectuales que se construyeron a sí mismas, sin la protección del varón jefe del clan. Esta evolución empieza a dejar de lado el modelo conservador de la “señora del poder”, “la esposa de”. Sobran ejemplos en la política argentina desde 1983 hasta la actualidad, del uso político del parentesco, costumbre que recibió un inesperado impulso gracias a la Ley de Cupo Femenino, aprobada en 1991, y que fue manipulada por caudillos políticos que pusieron en los cargos a las mujeres de su familia.

Si la sociedad argentina se moderniza, buscará otros estilos femeninos en la política. No obstante, los modelos de largo arraigo no desaparecerán del todo. Porque el cambio y la continuidad son inseparables del devenir histórico.

*Historiadora. Fragmento del libro La primera presidente, Editorial Sudamericana.



María Saenz Quesada