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Mujeres pioneras

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El siglo XIX (fundacional para la Argentina) no fue un buen tiempo para la mujer. Por entonces, la legalidad y las costumbres determinaban que la mujer era un ser ingobernable, impredecible e inferior biológicamente. El célebre Código Civil de Dalmacio Vélez Sarsfield cristaliza la desigualdad y la imagen de la mujer como una persona incapaz. En los hechos, una mujer era tratada como un niño o un discapacitado, siempre dependiente del varón adulto. Claro que esta tendencia tuvo notables excepciones en mujeres que se animaron a romper códigos de su época y a abrir camino al logro de derechos para el género femenino.

Son muchas las que desafiaron el papel secundario al que estaba condenada la mujer: de Mariquita Sánchez, influyente desde sus salones, a Encarnación Ezcurra, mujer de Rosas y una de sus espadas políticas. Hay que ver las cartas de Guadalupe Cuenca, la esposa de Mariano Moreno, que se mete en política para acompañarlo, o el heroico recorrido de Juana Azurduy. Lo mismo Carmen Puch de Güemes, quien le dice a su marido que ha mandado dos bomberos que en realidad son dos espías. Ni hablar de Encarnación, la mujer de Rosas, quizá la que tuvo mayor poder hasta la llegada de Eva Perón.

La literatura y la escritura fueron un vehículo de emancipación de la mujer en el siglo XIX. Las escritoras encuentran formas para insertarse, en el periodismo o en la literatura, y de a poco pasan a ser reconocidas en un medio ambiente masculino y hostil.

Mariquita Sánchez de Thompson conduce la velada en el salón más famoso del Río de la Plata. Fue una escritora a la manera antigua (notable redactora de cartas privadas), porque desarrolló una escritura para su círculo cerrado (familia, tertulias, salones, amigos), aunque esos ámbitos de sociabilidad terminaban excediendo lo doméstico, al participar de ellos filósofos, escritores, hombres de la política, científicos, lo que significaba un traslado de sus ideas a lo público. Mariquita se escribía nada menos que con Sarmiento, Alberdi y Echeverría, entre otros, pero su producción literaria no estaba destinada, en principio, a la publicación.

La mujer leía pero en general no escribía, y menos publicaba. No obstante, muchas fueron creativas para poder participar y expresarse: escribían sin firmar, usaban el anonimato o colocaban seudónimos. La sobrina de Rosas, Eduarda Mansilla de García, recurrió a un interesante artilugio: usaba el nombre de un hijo para publicar.

Juana Manuela Gorriti, hija de una familia patricia importante en el norte argentino, fue ante todo una escritora. Se exilia junto con su familia cuando es muy joven, y se casa con quien luego va a ser presidente boliviano (Manuel Belzu, de quien luego se separa, para irse a vivir a Perú, donde tiene un largo período de residencia). Al final de su vida, vuelve a Buenos Aires, donde pasa los últimos 15 años: aunque ahora no resulte tan conocida, Gorriti fue una escritora muy prolífica y bastante popular entre el público latinoamericano del siglo XIX.

En el periodismo también se expresaron las luchas de las mujeres por sus derechos. La Aljaba fue la primera publicación escrita por una mujer para las mujeres (1830). Su responsable fue Petrona Rosende de Sierra, una mujer nacida en Montevideo y defensora del derecho femenino a estudiar. Juana Manso también fue un personaje relevante en el periodismo y, al lado de Sarmiento, en el movimiento a favor de la educación popular. Manso defiende la educación laica y mixta, y asume el enorme desafío, por invitación de su amigo Sarmiento, de dirigir una escuela mixta. Fue, además, fundadora de uno de los primeros semanarios para mujeres en la Argentina: El Album de Señoritas, la primera publicación que se registra bajo el nombre de su redactora. Toda una innovación para la época. En estas mujeres, y en tantas otras, podremos pensar el próximo 8 de marzo, cuando se recuerde el Día Internacional de la Mujer.
 

*Periodista e historiador / @dievalen



Diego Valenzuela