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Mulas, ida y vuelta

Debido a la burocracia, a las tasas aduaneras y al costo de los courriers internacionales, cada viajero es una potencial mula cuyo equipaje cotiza por centímetro cúbico.

Debido a la burocracia, a las tasas aduaneras y al costo de los courriers internacionales, cada viajero es una potencial mula cuyo equipaje cotiza por centímetro cúbico.
Debido a la burocracia, a las tasas aduaneras y al costo de los courriers internacionales, cada viajero es una potencial mula cuyo equipaje cotiza por centímetro cúbico. Foto:toledo

Desde hace unos años, en Argentina cada viajero es un heraldo sacrificado en la cadena de valor de un producto y, si no quiere volver lleno de encargos pagando equipaje extra, debe o bien ocultar su viaje, o bien ser lo suficientemente evasivo con las fechas como para que el solicitante se confunda, o bien tomar una decisión radical y dejar de tener amigos y rechazar el llamado de parientes. Con el cambio en la política económica –suponiendo generosamente que las medidas actuales obedecieran a una política–, la maña especulativa en la población, en vez de atenuarse, se intensificó, como si se hubiera comprobado finalmente que el problema para las compras en el exterior era más bien estructural y no el cepo al dólar. Debido a la burocracia, a las tasas aduaneras y al costo de los courriers internacionales, cada viajero –o amigo radicado en el exterior que visita a su familia– es una potencial mula cuyo equipaje cotiza por centímetro cúbico. En ese par de valijas permitidas por las aerolíneas más generosas –que con suerte soportan cuarenta y seis kilos de contrabando surtido– y en el comodín del equipaje de mano, caben en general iPhones usados, baterías de Mac, ropa infantil, pañales de tela, quesos envasados al vacío, vinilos, repuestos de autos, ropa de Armani, perfumes, grifería, herramientas, seca vajillas y telas de Ikea, platería, sábanas, vinos italianos, decenas de botellas de cerveza y whisky, algún libro; menudencias que en cualquier comercio de Buenos Aires se ofrecen al triple de su costo real debido a la cantidad de intermediarios. No me sorprende que existan “bagalleros” que se ganen la vida viajando a Miami una vez por semana. Sí me asombran otros casos, como el de un exquisito cónsul que para saltear la burocracia de la aduana local trajo en sucesivos viajes por valija diplomática los pisos para la galería de su futuro retiro espiritual en el Tigre.

La cantidad de objetos que, por contrabando o coquetería personal, viajan encapsulados en valijas de Europa o Estados Unidos hacia Latinoamérica es infinitamente más variada –y contiene más valor agregado en su cadena de producción– que las materias primas que hacen el camino inverso desde la época de la colonia. Algunas de estas materias primas son simples sustancias destinadas al hedonismo que viajan en mulas y representan para muchos europeos o argentinos con pasaporte comunitario la posibilidad de dar un golpe y ahorrar años de sometimiento laboral. Me tocó vivir en algún vuelo un aterrizaje de emergencia en las islas Canarias. Una pasajera cercana había entrado en trance y temblaba, pálida y sudorosa, echando espuma por la boca. El médico de turno, figura siempre presente en un avión, y una azafata acostumbrada a estos imponderables, confirmaron la sospecha escalofriante de los pasajeros: sobredosis involuntaria… un eufemismo para aludir al mal que muchas mulas sufren en la altura cuando alguna de las cápsulas con cocaína se rompe en su estómago.

Quiérase o no, la cantidad de intermediarios y formas de transporte que admite una mercancía hasta llegar a su destinatario en una geografía vasta es tan inagotable como la que admite la droga. El camino de la reventa es tan sinuoso que un disco original inglés de los Beatles puede terminar costando en Caleta Olivia diez veces más que en Liverpool. Casi como el gramo de cocaína peruana rebajada en un bar de mala muerte de Moscú.



Oliverio Coelho