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Mundos muertos

A veces pasa. Se encuentra el rastro de un mundo muerto en los restos de mármol de una diosa que esperaba desde hace mucho a que alguien dictaminara que ése era el punto en el que habría que cavar.

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A veces pasa. Se encuentra el rastro de un mundo muerto en los restos de mármol de una diosa que esperaba desde hace mucho a que alguien dictaminara que ése era el punto en el que habría que cavar. Allí hay un mundo, pensaría ese alguien. Un mundo, ¿muerto?, no, no el todo ya que palpita cuando nos habla desde ese trozo de mármol y nos invita a recorrerlo, tal vez en lápidas, en ánforas, en manuscritos, en fragmentos ya silenciosos de vida. No ha muerto entonces, no del todo y alguien, alguien que ha dedicado media vida a tantear las sombras del pasado, nos lo va a traer, va a lograr que nos hable y nos cante y nos hechice otra vez como hace milenios.

Y en el modesto escenario en el que una vive, en el que otras gentes viven, allí también palpitan mundos silenciosos tendidos como mantos, como velas, que alguna vez abrigaron emociones que creemos recordar. No tienen mayor importancia. Son pequeños recuerdos personales que, a menos que hayan sido tan poderosos como para atravesar el tiempo y seguir envolviéndonos como cuando nacieron, despiertan una sonrisa o una confidencia o hasta un pequeño dolor.

Si el recuerdo insiste, nos preguntamos por qué. Si estamos en tren reflexivo tratamos de construir un acercamiento a la pregunta ¿mueren en realidad los mundos?, ¿o entre el trozo de mármol y el recuerdo de un gesto una noche de verano nos dicen que no, que todo está ahí, a nuestra disposición?

No tengo respuesta. Si usted da con la solución, por favor no me lo cuente: hay ignorancias fértiles, ¿sabe?