COLUMNISTAS PASADO Y ARBITRARIEDAD

Museo Histórico Nacional y políticas culturales

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En cualquier lugar del mundo, la visita a un museo histórico implica ingresar en un recorrido a través del tiempo. El pasado se exhibe al público a través de un “modo de hacer hablar a los objetos”. Las colecciones y acervos documentales están allí preservados a la espera de una política que defina qué se selecciona, cómo se presenta lo que se expone  y qué se desea comunicar. Dicha comunicación, se supone, está destinada a un público muy heterogéneo: niños, adultos, extranjeros, curiosos, eruditos, maestros, obreros, empresarios y un largo etcétera.

Las opciones de exhibir el pasado en un museo son, por cierto, muy variadas. Si la política museográfica reproduce la lógica que imperó en el siglo XIX, destinada a moldear una identidad nacional homogénea en momentos en que se asistía a la construcción y consolidación de los Estados naciones, el resultado será sin duda anacrónico. Pero si existe voluntad innovadora, las alternativas son también variadas. El museo puede actualizar el “modo de hacer hablar a los objetos” introduciendo las discrepancias y las diversas maneras de interpretar aquello que está expuesto, o puede regresar a una museografía tan longeva como la decimonónica para imponer una perspectiva sobre las otras y un relato con pretensiones de nueva “historia oficial”.

La primera alternativa es una invitación a reflexionar sobre el pasado y el presente. El museo se presenta así como un espacio en el que las subjetividades de quienes los visitan encuentran estímulo a sus inquietudes y en el que la acción comunicativa está  destinada a transmitir experiencias y saberes sobre el pasado. En la segunda variante, las colecciones no se disponen para ser interpretadas, interrogadas o problematizadas, sino para clausurar toda pregunta y dar respuestas unidireccionales al servicio de un interés particular o de una política de Estado.

A la luz de lo que ha ocurrido en los últimos días con el desplazamiento de José Antonio Pérez Gollán de la dirección del Museo Histórico Nacional, todo indica que nuestro país se consolida cada vez más en la segunda variante. El nombramiento de Araceli Bellota –vicepresidenta del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego– para reemplazarlo parece corroborarlo. Este desplazamiento ha suscitado un hondo malestar. En una declaración firmada por más de doscientos historiadores, arqueólogos, antropólogos, científicos sociales, trabajadores de museos, conservadores, diseñadores, se exhibe la preocupación porque el MHN quede al servicio de un discurso único sobre el pasado. Se demanda, además, por una política que someta la dirección de los museos e instituciones dedicadas a la conservación de patrimonio a concursos públicos. Sólo la legítima competencia entre candidatos que reúnan idoneidad y trayectoria académica de excelencia podrá evitar la colonización de un área tan sensible a la construcción del espíritu cívico.

De lo contrario caeremos –si es que ya no estamos hundidos– en la completa arbitrariedad respecto de las políticas culturales. Los concursos, si están garantizados por un diseño de política cultural que privilegie el capital científico que este país supo construir (a pesar de todo), podrán evitar la definitiva catástrofe de los espacios dedicados a conservar y transmitir nuestras memorias históricas. Es muy fácil eliminar la pluralidad de memorias en conflicto en pos de promover una supuesta “verdad” sobre el pasado. Exponerlas, en cambio, es una tarea que requiere no sólo honestidad intelectual, sino también una formación específica y reconocida.

El desplazamiento del prestigioso José A. Pérez Gollán parece ser, en realidad, un episodio más dentro de una cadena de acontecimientos desafortunados que vienen revelando esta tendencia. El proyecto de trasladar la escultura de Cristóbal Colón que hoy está frente a la Casa Rosada no es más que una muestra de la arbitrariedad señalada. Tal vez el futuro nos depare el destino que encontró Budapest para encerrar en un “cementerio de estatuas” los emblemas de las memorias que molestan a los gobiernos de turno.
 

*Historiadora – UNR – Conicet.



Marcela Ternavasio