COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Nace la industria

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En 1831 Buenos Aires tenía 94 talleres de curtidos, 83 carpinterías, 47 forjas y 42 plateros: más que industriales, eran artesanos. La primera fábrica argentina de la que se tiene noticias es Cayol y Compañía, que data de 1838 y fabricaba cocinas de hierro. La palabra empresario no aparece en los siglos XVIII o XIX. Durante esos siglos la industria no existía o se limitaba a talleres de producción de repuestos o reparación de las precarias maquinarias existentes.
Barracas era un polo industrial en la segunda parte del siglo XIX, con la presencia de firmas tradicionales productoras de alimentos, como Canale o Bagley. Fue esta última la empresa pionera en la publicidad: en 1864 el inmigrante Melvilla Bagley mandó a pegar afiches anunciando “Se viene la Hesperidina”. Fue una incógnita y toda una revolución de comunicación, hasta que se supo que se trataba de un licor en base a cáscaras de naranja amargas.
Las guerras de Independencia alejaron los recursos de las minas del Alto Perú, y sólo Buenos Aires tiene sustento gracias a su Aduana. Los ingresos fiscales bonaerenses eran seis veces los de Entre Ríos, nueve veces los de Córdoba y treinta los de Tucumán. Fue aquel un federalismo evidentemente desigual. La emergencia de un país unificado y estable reclamaba la nacionalización de la Aduana, algo que recién va a ocurrir en los años 60, una vez que Buenos Aires aceptó la Constitución de 1853.
La actividad económica de las primeras décadas independientes se centra en lo rural. Era un país sin caminos ni puentes, donde las carretas se desplazaban lentamente sobre las huellas que generaban ellas mismas. El buey era la principal fuerza motriz, y la posta el lugar para reponer fuerzas en medio de aquellas travesías para llevar productos de una ciudad a otra.
Una modesta expansión arranca en los años 1820, con la ampliación de la frontera y el despegue de la ganadería, que explica buena parte de las ventas al exterior. El principal mercado de las estancias era el saladero, donde se mataba el ganado, se extraía el sebo, se salaba y secaba la carne, y se preparaba el cuero para la exportación. La carne se comía fresca, pero sólo en las familias acomodadas. La carne seca era un negocio rentable por ser el alimento de los esclavos. A mediados de la década de 1820 existían unos veinte saladeros, que exportaban cueros a Europa y tasajo a Cuba y Brasil.
La argentina fue en esa etapa una economía abierta al comercio exterior, comparable a la de Gran Bretaña e incluso más abierta que la de Estados Unidos. La exportación de cueros domina hasta los ‘40, junto a la lana y al sebo (la vela produce la iluminación en ausencia de electricidad), siendo este último el producto de mayor impacto en generación de divisas e ingresos desde los años 50 y 60. Luego vendrían cambios en la composición de las ventas al exterior, con crecimiento en granos y carnes, a la vez que se diversificaban los destinos (Gran Bretaña el más importante, pero también Alemania, Francia, Bélgica, Estados Unidos). Se pasaba de un crecimiento moderado entre la Independencia y los 50, a un crecimiento más veloz entre los 50 y los 70 del siglo XIX.
Los comerciantes apenas sobreviven a la Revolución de Mayo, para dar lugar a una mezcla de “empresario mercantil y rural” que no abandona la ciudad para atender el campo. La ganadería supera a la agricultura, generando los principales productos de exportación. Las empresas son primitivas en la primera mitad del XIX, con poca inversión y apoyadas en el bajo costo de la tierra.
La Argentina va creciendo, pero afronta una sucesión de crisis, algunas de ellas de origen internacional. Pero paradójicamente esos temblores explican en buena medida la aparición de la industria en el país. Ya incorporada al mundo capitalista, se transita una decisiva crisis externa en 1873: la industria empieza entonces a desenvolverse, en parte, como consecuencia de los problemas de balanza de pagos (escasez de divisas).
La sustitución de importaciones a la que obliga la falta de divisas permite que aparezcan y se desarrollen industrias locales. Puntualmente, podría decirse que lo industrial nace entre 1873 y 1877, de la mano de la protección, y se consolida con el aumento de demanda de los años 80. Las primeras industrias en mostrar la cabeza son las que resultan muy fáciles de sustituir y vinculadas al modelo exportador: talleres de reparación de máquinas, bebidas, alimentos, frigoríficos, calzado, azúcar, vino. Fuera de lo rural, el desarrollo industrial fue al comienzo limitado.

*Historiador.



Diego Valenzuela