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Necesitamos un nuevo Sarmiento

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Ya no es raro ni disruptivo escuchar a cada vez más académicos, educadores y profesionales hablar de la escuela como si se tratase de un lugar de formación estandarizada que ahoga la creatividad de los alumnos y los maestros, y tampoco es extraño que se admita que esa etapa en la evolución de la educación respondió a las condiciones impuestas por la era industrial del homo faber (operativo).

Esta crítica generalizada y constructiva a las instituciones educativas constituye sin duda un primer paso, pero no alcanza sólo con señalar los problemas, sino que hay que crear soluciones. Sobrepasar los límites del decir y explicar, para pasar a la acción y transformar el sistema educativo en un proceso de aprendizaje que esté acompasado con las necesidades de la ya instalada sociedad del conocimiento.
Si el docente del modelo tradicional era un portador de saber y un transmisor de conocimientos que en tanto medio, además, deslizaba la certeza de que existe una sola respuesta para cada pregunta, su rol ahora es mucho más importante, y se centra en ser un facilitador del aprendizaje.
El docente de la sociedad del conocimiento necesita ser alumno y maestro al mismo tiempo (así como el alumno se convierte en maestro cuando se solidariza con un compañero ayudándolo en su aprendizaje).

Porque las nuevas condiciones de la educación, marcadas por cambios tecnológicos, sociales y culturales cada vez más vertiginosos, exigen que vaya aprendiendo a medida que enseña y que los alumnos, bajo una lógica de aprendizaje entre pares, colaboren entre sí, solidarizándose y explicándoles a otros alumnos, forjando así sus saberes.
Si admitimos, como deberíamos hacerlo, que estos cambios y el ritmo en que se nos imponen son totalmente inevitables, la verdadera pregunta pasa a ser cómo podemos afrontarlos, y –en alguna medida– cómo podemos darles el sentido que preferimos que tengan.

Cuando se trata de cuestiones de semejante envergadura, los argentinos hemos mirado históricamente hacia el Viejo Continente y hacia Norteamérica buscando recetas salvadoras (y esto no sólo en materia educativa).
Pero, para variar, ahora es fundamental que creemos –y sobre todo para la educación– nuestro propio modelo. ¿Cómo? Para empezar, yo diría que como ya lo hizo hace más de un siglo Domingo Faustino Sarmiento: tomando, por una parte, lo mejor de lo ajeno, porque toda innovación se sustenta en parte en el trabajo de otros, y creyendo, por otra, lo suficiente en lo propio como para que el resultado sea auténtico. Newton nos dio una lección con su frase “si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”, lo que nos lleva a reflexionar que para construir políticas educativas sustentables es preciso partir de lo dado, de nuestra cultura, parándonos en los hombros de otros que hoy estén más alto, pero que sea nuestro modelo, para que sea auténtico y podamos apropiarnos de él culturalmente.

Pero la evocación de una figura como la de Sarmiento no puede reducirse aquí a su capacidad –por extraordinaria que fuera– para capitalizar las enseñanzas de otras experiencias a la hora de recrear las instituciones de la sociedad argentina. Lo que necesitamos recuperar es toda la dimensión del estadista: el espíritu de aquel que no sólo advierte cuál es el nuevo mundo a construir, sino que efectivamente puede liderar su construcción.

Y necesitamos reencontrarnos con su espíritu de transformación para innovar colaborativamente entre todos los actores vinculados a la educación con la idea de satisfacer esa exigencia de grandeza que él nos legó.
Construir desde lo dado no significa partir desde ruinas, sino que –evocando el momento histórico que Sarmiento vivió, que trajo aparejado el progreso a través de proyectos renovadores– nos encontramos nosotros mismos ante una situación similar, donde hay que repensar la educación y proponer un nuevo modelo que sea contextual a nuestro tiempo.

Es probable que hoy ya no baste con un solo Sarmiento para crear las nuevas respuestas y el nuevo mundo que necesitamos crear. Es probable que hagan falta muchos.
Pero es indudable que cada uno de los que estén dispuestos a colaborar en la creación de un modelo educativo a la altura de los desafíos que nos toca enfrentar necesitará de un espíritu transformador.

Y si no existieran suficientes, entonces habrán de forjarse espíritus como aquél, que tengan la voluntad de arrojarse y el coraje de innovar.

Al tiempo que vayamos transformando el modo que la escuela tenía de formar a nuestros chicos, tendremos que ir dando entonces también una batalla más profunda acerca del carácter que queremos forjar en cada uno de ellos. No sé exactamente todavía cómo plantear esa discusión, pero creo que todos podemos abordarla desde una perspectiva personal: al margen de la formación que recibiera, uno de chico se forjaba de muchas maneras. Al trepar un árbol, por ejemplo, el que pisaba la rama incorrecta caía, y el problema no era sólo que caía sino que no llegaba tan alto como podía llegar.

Para que se forje un espíritu emprendedor e innovador, que es el que ahora necesitamos cada vez más, es indispensable garantizar las condiciones para que cada chico llegue tan alto como pueda llegar.

Colectivamente entonces, como sociedad, tenemos que asegurarnos de que cada chico desarrolle en su vida su máximo potencial de ser, y aprenda –en el camino– a creer en sí mismo, forjar sus valores, colaborar y crear, y que junto a sus maestros volvamos a celebrar el conocimiento en las aulas.

*Profesor, ensayista y conferencista internacional. Catedrático de la Universidad de Buenos Aires, ha creado el Centro Emprendedor GEN XXI (un centro universitario que se dedica a programas de desarrollo emprendedor y redes de contención a emprendedores), la red educativa Aula 365 y la publicación infantil Kids News, la primera que ofrece a sus lectores imágenes en 3D y realidad aumentada, que ahora aparece mensualmente con PERFIL.



Pablo Aristizabal