COLUMNISTAS HILLARY, JEB Y DELFINA ROSSI

Nepotismo ilustrado

El peso que tienen los apellidos en la política de Estados Unidos ofrece similitudes engañosas con nuestro país.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

Es una injusticia que estemos juzgando tanto a Hillary Clinton como a Jeff Bush más por el peso de sus apellidos que por méritos, experiencia y formación. Pero es una clara demostración de los problemas de nuestro sistema político que sólo dos familias tengan semejante protagonismo por casi tres décadas”. Así hablaba hace unos días Lee Hamilton, legendario miembro de la Cámara de Representantes por Indiana (1965-1999), testigo de cómo las divisiones entre demócratas y republicanos se volvieron más agudas, casi irreconciliables. La “grieta” es tan profunda que para ganar las primarias, los candidatos deben radicalizar tanto sus discursos que luego les cuesta seducir a los votantes moderados, independientes, que son los que definen las elecciones.

Más allá de sus apellidos, Hillary y Jeff han dedicado gran parte de su vida al servicio público, incluyendo la competencia electoral. Luego de egresar de esa fábrica de presidentes que es la Escuela de Derecho de Yale, Hillary sí fue una abogada exitosa y formó parte del equipo que preparó el juicio político a Nixon. Cuando dejó de ser primera dama, fue electa dos veces senadora por Nueva York y, en 2009, Obama, quien la había derrotado en las primarias, la designó secretaria de Estado.  

El menor de los hermanos Bush también tiene una trayectoria. Se graduó en la Universidad de Texas especializado en Estudios Latinoamericanos (tal vez influencia de Columba, su esposa mexicana, con la que se casó a los 21 años). Trabajó en la industria inmobiliaria en Florida, donde asumió como secretario de Comercio en 1986. Tras colaborar con la campaña presidencial de su padre, regresó a Florida donde fue electo gobernador en 1998 y fue reelecto. Tuvo una destacada gestión en términos económicos, medio ambientales, de educación y salud. Si no fuera por la mala reputación con la que su hermano George finalizó su segundo mandato, por la gran recesión y los fracasos en Irak y Afganistán, seguramente Jeff ya hubiera intentado ser candidato a presidente.

La carrera de ambos mezclan meritocracia y nepotismo. No podrían ser precandidatos sin el peso simbólico y material de sus apellidos, pero tampoco sin el esfuerzo, compromiso y talento que tienen. Fueron legitimados por el voto popular y reelectos en sus funciones. Si llegan a ser candidatos y uno de ellos alcanza la presidencia, será luego de superar una interminable serie de debates y elecciones muy competitivas. Incluso podría decirse que, en ese hipotético caso, habrán alcanzado el objetivo pese al apellido que llevan.

Ojalá ese fuera el principal problema de la política argentina. Sería fantástico estar preocupados, como el venerado Hamilton (que no tiene miedo de que sus vecinos le digan cosas, ni cuando llueve mucho y se inunda), por el riesgo de que los pergaminos de nuestros funcionarios quedasen ensombrecidos por el significado de sus apellidos. Argentina tiene desafíos muchísimo más elementales y patéticos: su infraestructura institucional, las reglas del juego formales e informales que regulan la interacción de los actores políticos y sociales, es absolutamente disfuncional. Por eso, Estado, gobiernos y clase política son casi siempre parte del problema y casi nunca de la solución. Acumulamos cuestiones irresueltas o revivimos males que parecían superados y son la expresión más rotunda del fracaso argentino, como la inflación.
En los últimos días, sin embargo, en medio de una campaña gris, anodina e insulsa, surgió una interesante polémica tras el nombramiento de Delfina Rossi en el directorio del Banco Nación. Floreció el debate sobre la cuestión del nepotismo y de la ausencia de criterios claros, estandarizados y meritocráticos para acceder a cargos de alta responsabilidad en el Estado. Pudimos refrescar la memoria respecto de los abusos que tuvieron lugar en todo el período K en materia de acomodo de familiares, amigos y entenados. Argentina tiene ganas de debatir: bienvenido sea.

Candorosa. Con cierto candor, Delfina defendió sus credenciales académicas, aunque algunos las discuten (llaman la atención su posgrado online en la London School of Economics y la maestría de apenas un semestre en el Instituto Europeo de Florencia). Si bien carece de antecedentes laborales, tiene bastante mejor formación que el promedio de los funcionarios designados por este gobierno. En particular, su paso por instituciones académicas prestigiosas y su experiencia de vida en el exterior contrasta con el provincialismo y la rusticidad de algunos influyentes, como Máximo Kirchner. El cuestionamiento podría aplicarse mejor a su padre, Agustín Rossi, quien antes de ser ministro de Defensa no tenía conocimiento alguno sobre el tema.

La juventud, lejos de ser un obstáculo, constituye un atributo por demás alentador: muchos funcionarios públicos que asumieron responsabilidades relevantes siendo muy jóvenes fueron protagonistas de nuestra vida pública. Fueron los casos de Julio A. Roca, Leandro Alem, Alfredo Palacios, Raúl Prebisch, Federico Pinedo, Antonio Cafiero, Carlos Florit, Esteban Righi, Domingo Cavallo, Jesús Rodríguez, José Luis Manzano, Gustavo Béliz, Sergio Massa y Marcos Peña. Bienvenidos los jóvenes a la política. Necesitamos más.

Podríamos incluso lamentar que Delfina Rossi no haya conseguido un cargo en la secretaría de Medio Ambiente, una política pública sobre la que parece tener una genuina vocación. Seguramente, no paga tan bien como el Banco Nación. El titular de esa área, Sergio Gustavo Lorusso, de extrema confianza de Aníbal Fernández, carece de antecedentes en la materia que administra, como papá Agustín. Casi un requisito para integrar un gabinete de CFK.

La disfuncionalidad de la política argentina abarca un conjunto demasiado básico y significativo de problemas como para preocuparnos demasiado por el nepotismo. A secas, el nuestro ni siquiera califica de ilustrado. Somos incapaces de garantizar la transparencia y la normalidad del proceso electoral. Con un Estado enorme, corrupto y quebrado, que fracasa rotundamente en brindar los bienes públicos esenciales (seguridad, Justicia, educación, salud, infraestructura básica y cuidado del medio ambiente), está absolutamente aislado del mundo, se miente a sí mismo con estadísticas grotescas y niega oficialmente la pobreza y la desnutrición, tenemos que poner el foco en las cuestiones de fondo.



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