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Ni comunistas, ni evangelistas

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No sólo de Dios vive el Papa. La designación de Jorge Bergoglio debe ser leída en clave religiosa, pero también política. Los cardenales que sorprendieron al mundo tras la fumata blanca de la Capilla Sixtina le encomendaron a Francisco una tarea unida al legado de transformación geopolítica que produjo Juan Pablo II.

Karol Wojtyla fue una figura central en la batalla más importante que libró la Iglesia en las últimas décadas: la lucha contra el comunismo. El papa polaco llegó al poder en 1978, cuando la URSS empezaba a mostrar síntomas de agotamiento. Un año más tarde de su entronización, el invencible Ejército Rojo se vio obligado a retroceder en Afganistán reconociendo el fin de la etapa imperialista soviética. Y en 1985 asumía Mijail Gorbachov, el verdadero Sepulturero –así llamaba Trotsky a Stalin– de la Revolución Bolchevique.

Con profundos sermones, provistos de alegorías espirituales y consignas políticas, Juan Pablo II se convirtió en un emblema de la embestida que derrumbó al Muro de Berlín. Su respaldo a Solidaridad fue clave para que Lech Walesa tuviera éxito. En 1987, en la misma Varsovia, Wojtyla reclamó la apertura democrática para Polonia y su mensaje tuvo un impacto en el Kremlin. Ese mismo año, se iniciaba la perestroika y la glasnost, una serie de reformas que provocarían la implosión de la Unión Soviética en 1991.

Es curioso advertir que el polaco llegó a comandar la Santa Sede en circunstancias similares a las del argentino. Ni Wojtyla ni Bergoglio figuraban entre los papables, pero sus candidaturas sumaron apoyos gracias a las internas de la curia romana.

Si el desafío del Vaticano en los ochenta fue demostrar que la religión no era el opio de los pueblos y luchar contra el ateísmo de Europa del Este, el objetivo actual es enfrentar a los carismáticos pastores de marketineras iglesias evangelistas que provocan una feroz pérdida de fieles en América latina. Polonia fue el primer lugar que visitó Juan Pablo II. Brasil será el destino de la primera gira de Francisco.

Un estudio de Pew Research Center sostiene que en 2010 el 42% de los latinoamericanos se declaraba católico, cuando hace un siglo esa cifra llegaba al 90%. Pero el trabajo también demuestra que América latina es la región más importante para la Iglesia, porque su participación creció del 24% (70 millones de fieles) a principios del siglo XX, al 39% (426 millones) en 2010. Europa tiene el 24% de católicos, Africa y Medio Oriente el 17% y Asia y Oceanía el 12%.

Hace un siglo los países europeos eran los que tenían un mayor número de católicos en el mundo. Pero ese ranking hoy está liderado por Brasil (126,7 millones) y México (96,4 millones). Colombia se ubica en el sexto lugar (38,1 millones) y Argentina undécimo (31 millones). Italia, sede del catolicismo internacional, cayó al quinto lugar porque fue superada por Filipinas y Estados Unidos.

El desafío de los católicos latinoamericanos son las iglesias evangelistas. Los obispos que participaron en 2007 de la V Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe (Celam) que se realizó en Brasil reconocieron que los evangelistas están creciendo en detrimento de los católicos. Según datos suministrados por Celam, la Iglesia pierde diez mil fieles por día en América latina.

En esa conferencia también se difundieron otros datos alarmantes. La proporción de católicos en Brasil cayó del 83% al 65% entre 1980 y 2010, pero la de evangélicos subió del 15% al 22% entre 2000 y el 2010. Mientras que en México los
católicos representaban el 98% de la población en 1950 y el 83% en 2010, en tanto que los evangélicos pasaron en el mismo período de ser el 1% al 8%.

Los gestos de austeridad de Bergoglio y su prédica a favor de los pobres apuntan a cambiar la imagen de la Iglesia para ponerle freno a esa sangría religiosa. Si el Vaticano tuvo que derribar un muro para proteger a sus fieles, ahora debe construir una pared para contener a su rebaño.



Rodrigo Lloret