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Ni los villanos del ’50 merecen una reprobacion mayor

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Aunque salgan campeones, el fútbol brasileño jamás se olvidará del bochorno de Belo Horizonte.

Un señor de 34 años llamado Julio César y dos rebotes en los postes –el de Pinilla en el minuto 120 y el de Jara en el último penal– le permitieron seguir en carrera luego de un octavo de final en el que los brasileños vomitaron la memoria futbolera de este país entrañable.

Su arquero, David Luiz y el empeño de Hulk –algo así como un yudoca con pantalones cortos, potente e irreflexivo como su apodo– fueron lo poco decoroso de un equipo que jugó pésimo, que se equivocó a montones en todos los sectores de la cancha y que murió de pánico en los tramos finales de los 90 y del suplementario. Ni siquiera los villanos del ’50 merecen una reprobación mayor que la de este engendro que parió Scolari, alguien capaz de dar instrucciones hasta dormido con tal de despersonalizar a sus jugadores. Verborrágico, marketinero, bocón, indigno de la historia del fútbol de su propio país. Aun más que Dunga.

Nadie vino al Mundial esperando un Brasil parecido al del ’58. Ni al del ’70, ni al del ’82, ni al del ’94, ni al de 2002. Aquellos están peor que Vinicius, muertos y sin alguien que recoja su legado.

Aun dentro de la menesterosidad de los últimos tiempos de este fútbol que regaló al mundo el mejor equipo que jamás jugó un Mundial, este seleccionado, que ni de pena logró ganarle a Chile, mostró una asombrosa falta de jerarquía. En este sentido, la única culpa que le asiste al entrenador es la de haber elegido a tanto jugador desesperado por sacarse la pelota de encima; tampoco se trata de una culpa menor, claro.

Hasta ayer, el torneo mostró a un equipo feo, con raros momentos de armonía y un aspirante al trono (Neymar). Se habla mucho de sus problemas defensivos por los laterales, porque Dani Alves y Marcelo son distintos cuando atacan que cuando defienden. Por el momento, han sido un espanto en todas las facetas. Como compensación, se dice también, tiene un cuadrado inviolable entre sus dos zagueros y sus dos volantes centrales. Luego de cuatro partidos, puede decirse que ése es un cuadrado de las Bermudas donde lo único que se pierde es la sutileza. Oscar, William, Fred, Jo, Ramires... la nada misma. Jugadores incapaces de decidir, de elegir con criterio qué hacer en cada movimiento. Lo único que les importa es que, al final del partido, les avisen que vuelven a la concentración de Teresopolis en vez de salir de vacaciones. Poco les importa haber aportado poco a la causa de una victoria.

En medio de semejante pobreza, no son pocos los motivos para celebrar que Brasil haya pasado de rueda. Por un lado, tampoco Chile se animó a gran cosa. Fueron mucho más la impresentabilidad de Medel y el malhumor de Vidal que el desequilibrio de Sánchez. Quizá Sampaoli se esté lamentando no haberse animado un poco más cuando aún había aire y piernas. Por lo demás, poco que reprocharse. Una derrota por penales suele darle al entrenador –y a muchos hinchas campeones morales– la excusa de volver a casa sin haber perdido durante los 120.

Por el otro, no quiero imaginarme lo que sería de este Mundial, en esta tierra, sin el seleccionado local en carrera. No se me ocurre exactamente qué podría pasar. Y prefiero no enterarme pronto del asunto.

El primero de los octavos confirmó la amenaza de algunos partidos de la última fecha de la fase de grupos. El Mundial viene entretenido, pero no estemos tan seguros de que, cuando el peligro de una derrota implica volver a casa, sigamos sueltos de cuerpo con esta historia de jugar a ganar antes que a no perder.

Ayer, brasileños y chilenos pasaron gran parte del juego desesperados por no perder. Pero en instancia de playoffs no hay lugar para más de uno por encuentro. Por cierto, a Brasil le queda la posibilidad de un atenuante: que jugar así no sea una elección ni de los jugadores ni del técnico, sino el mero emergente de un plantel mediocre.
Brasil ha dejado una huella indeleble en su futuro. En este Mundial, sus victorias, aun una en la final, ya no serán consecuencias sino circunstancias. Leónidas y Nilton Santos, Didí y Romario, Clodoaldo y Falcao, Zico y Pelé no merecen que su seleccionado sienta tan de cerca que ganar o perder estén tan cerca de ser una casualidad.

Ojalá este partido haya sido visto con muchísima atención en Cidade do Galo. Lo digo por Sabella y sus jugadores, claro. Fue un cotejo que dejó en claro que hay un Mundial esperando por el equipo que más se haga cargo. Y la Argentina puede quedar en primera fila si se anima a afianzar sus fortalezas para que sean más fuertes que sus debilidades. ¿O acaso alguien recuerda un campeón mundial que haya triunfado debilitando sus certezas?

Anochece en Brasil. Al micro brasileño suben el cuerpo técnico, los jugadores, las carpetas, los videos, los analistas, los preparadores físicos, los administrativos, profes, obstetras y ginecólogos. También algún tatuador y un par de especialistas en marketing. Tantas cosas suben que, al final, no queda lugar para la pelota. ¿Para el fútbol?

*Desde Río de Janeiro.



Gonzalo Bonadeo