COLUMNISTAS LA MUERTE DE JAMES GANDOLFINI

Ningún derecho

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Por qué, cuando muere un artista que admiramos, lo sentimos como una pérdida personal? En lo que respecta a James Gandolfini, nunca lo sentí como una estrella inalcanzable. Era ese tipo de actores que uno siente que podría ser un amigo, con quien compartir tranquilamente una cena. Algo parecido me pasa con Joan Manuel Serrat, con Caetano Veloso, con Susan Sarandon, Javier Bardem y con tantos otros. Sin embargo ninguno de ellos tiene idea de quién es uno. ¿Por qué, aun así, nos sentimos tan cerca de los actores? Sin duda porque forman, involuntariamente para ellos, parte de nuestra vida. Es algo extraño y que no podemos explicar. Curiosamente, y contrastando con esa sensación de familiaridad (lo que los volvería tan humanos como uno mismo), uno no cree que tengan infartos a cada rato y que puedan abandonarnos. ¿Quién podía imaginar que un día Fellini no haría más películas? Sin embargo eso ocurrió. Un día el gran maestro murió. Pero la última película que hizo ¿fue su última película? Creo que no. Por la sencilla razón de que él no pensaba que estaba haciendo su última película. Nadie le da a la propia muerte lugar en su agenda. Hay contadísimas excepciones, sin duda; quizá un caso sea el de John Houston cuando rodaba Los muertos.

Recuerdo hace un tiempo una conversación que tuve con un amigo, gran actor y muy querido por el público. “Tengo ganas de retirarme”, me decía. “Me voy a ir a vivir a un pueblo, lejos de todo, y no voy a volver a actuar.” Más allá del lugar común que ese deseo representa (¿quién no fantaseó alguna vez con algo así?), sus dichos me hicieron reflexionar. Y le respondí: “No podés retirarte. Vos ya formás parte de la vida cultural de esta comunidad. No podés retacearle tu arte. No tenés derecho. Ya no. Es demasiado tarde”. Confieso que estaba un poco enojado. Sin duda hay algo de eso que le dije que es un gran disparate. Por supuesto que cada uno es dueño de su vida, y está muy bien que en lo posible haga con ella lo que quiera. Pero desde una singular perspectiva eso no es tan así. Porque nosotros, en tanto público, necesitamos que nuestros artistas sigan regalándonos su arte. Y lo que al principio es un regalo (una película de Woody Allen, por ejemplo), luego, en la medida en que se reitera, se convierte en un derecho. ¡Yo tengo derecho a ver una nueva película de Woody Allen cada año, claro que sí! Y mis derechos limitan las libertades de los demás. Por eso afirmo que así como tengo el derecho de ver una nueva película de Woody Allen cada año, Woody Allen no tiene ningún derecho de no hacerla. Por más absurdo que suene, es así como lo sentimos. Podríamos pensar en muchos otros casos. Amy Winehouse no tenía ningún derecho a morirse tan joven; tenía demasiados recitales y discos pendientes para grabar. Tampoco James Dean, tampoco Marilyn, ni el Negro Olmedo, ni Mercedes Sosa, ni...

Por eso les digo a todos esos artistas (sobre todo a los que se van prematuramente): ¡no se vayan, no nos dejen!; contamos con ustedes, no nos priven de algo que nos pertenece y que nos ayuda a vivir un poco mejor.

Porque así están las cosas, nos guste o no: el trabajo del artista ya no le pertenece a él, sino que lo ha donado a su comunidad, es decir nosotros. Y ahora ese arte es nuestro. Y no lo vamos a soltar. De modo que: no, señor Gandolfini, usted no tenía ningún derecho a morirse. Espero que la próxima vez lo piense mejor. No hay que irse con el trabajo a medio hacer.


Trayectoria de un actor sin igual

James Gandolfini nació en Nueva Jersey el 18 de septiembre de 1961. Hijo de un italiano oriundo de Borgotaro y de una norteamericana que pasó su infancia en Nápoles, realizó sus estudios en Nueva Jersey, y de hecho trabajó en el pub del campus universitario para solventarse sus estudios. Su debut actoral fue en 1992 en la obra teatral Un tranvía llamado deseo, donde compartió escenario con Alec Baldwin. A partir de entonces comenzó con participaciones en cine en relevancia creciente hasta el coprotagónico de la remake de Doce hombres en pugna que realizó Sidney Lumet en 1997. Dos años más tarde llegaría el papel que le otorgó fama y prestigio mundial, Tony Soprano, en la serie de HBO Los Soprano, por el que obtuvo tres premios Emmy y un Globo de Oro. Su trabajo en la serie fue tan bueno que el actor reveló que había recibido llamados amenazantes de miembros de la mafia de Nueva Jersey que creían que para hacerlo tan natural y tan fidedigno con la realidad los había estado vigilando. David Chase, guionista y creador de Los Soprano, dijo que lo había elegido por su físico y, sobre todo, por la tristeza en su mirada. Falleció el miércoles pasado en Italia.

 

*Director, dramaturgo y guionista de televisión.



Javier Daulte