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No alcanza con la Constitución

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Las fuerzas políticas que compiten electoralmente saben que para triunfar deben formular sus propuestas en sintonía con los intereses y expectativas de los votantes. Sin embargo, no siempre ocurre que los supuestos de esas fuerzas respecto de lo que es prioritario para los electores coincidan con lo que ellos tienen en mente. Algunas actúan como si esos intereses fueran atendidos con sólo poner en vigencia los principios republicanos y las garantías constitucionales. Otras, en cambio, ponen más atención en las demandas socioeconómicas de la población. Esta segunda posición deja espacio para que el discurso electoral sienta la necesidad de pensar en las políticas que se requieren para satisfacer esas demandas. No siempre ocurre, pero al ponerlas en evidencia abre la posibilidad de llenar de contenido las promesas de bienestar socioeconómico.   

Es obvio que una buena oferta política debe incluir ambas dimensiones, ya que el no funcionamiento de las institucionales republicanas lleva a gobiernos autoritarios, mientras que la ausencia de políticas socioeconómicas lleva a sociedades sin bienestar para todos. Esto último es lo que temen las mayorías ciudadanas cuando el discurso del candidato se queda en promesas de orden constitucional. Usando una metáfora futbolística, es la respuesta negativa que expresaría cualquier hinchada frente a un director técnico cuya fortaleza es el conocimiento del reglamento y su preocupación central, el juego limpio, sin entregar elementos que despierten confianza en cuanto a su estrategia de juego y la selección de los jugadores encargados de implementarla.  

Acorde con esta metáfora futbolística, está claro que, dada la importancia que las mayorías ciudadanas otorgan a su bienestar material, ninguna fuerza política que pretenda ganar una elección puede dejar de intentar convencer a esas mayorías de que ese tema será prioritario en sus acciones de gobierno. Por otra parte, la incorporación de esta dimensión socioeconómica encuentra también fundamento en los principios básicos de toda democracia: representar al soberano lleva consigo la obligación de atender sus demandas y expectativas, aun las más elementales, sin que puedan ser postergadas en nombre de principios o idiosincrasias, no importa cuán legítimos sean.

La insuficiencia de un discurso que se queda en los aspectos formales de la acción de gobierno surge también de otros argumentos. Se ha sostenido que con la democracia se come, se cura y se educa, como si el funcionamiento de las instituciones garantizara, no se sabe a través de qué mecanismo, el bienestar material de los ciudadanos; cosa que no pasaría con gobiernos autoritarios. Esta premisa cae cuando se observa que muchas democracias formales han fracasado en cuanto a cumplir con ese objetivo, y cae también cuando se observa lo que ocurre con algunos regímenes autoritarios. Es cierto que varios gobiernos de este tipo han terminado en crisis económicas y pobreza generalizada; pero el caso de China deja ver otros resultados. Este país viene creciendo en forma sostenida, con adelantos tecnológicos que le permiten competir a nivel mundial, y con cambios socioeconómicos que han sacado de la pobreza a millones de personas. Baste recordar que en los últimos seis años los salarios reales han crecido en ese país el 20% por año.

Por último, la historia del desarrollo de las teorías sobre la democracia muestra que la preocupación por las formas de ejercer el poder y por garantizar los derechos individuales fueron incorporadas tardíamente al quehacer democrático, por el aporte del liberalismo político. Estas incorporaciones tardías fueron, sin duda, una contribución decisiva para el respeto a la dignidad humana, pero en ningún caso pueden oscurecer la importancia de los componentes primarios que hicieron de la democracia un camino hacia una sociedad menos desigual.  

*Sociólogo.



Omar Argüello