COLUMNISTAS GRIPES


No es A

Estoy engripada. No se asuste, estimado señor, que no lo voy a contagiar. Sí, ya sé que la gripe se contagia pero no creo que siga además caminos tipográficos. Claro que tampoco hay que asustarse de posibles contagios a raíz de estas palabras, porque pase lo que pase me parece que no es este escrito y ningún otro una vía de infección. Pero no cantemos victoria porque no sé si es posible contagiar una gripe por medio del pentagrama. Reconozco que el tema tiene sus bemoles y espero que en ese sentido no se nos ofenda el señor Barenboim, a quien admiro pero no se lo voy a decir a él no sea que se nos ponga insoportable. Y no es A. Quiero decir gripe A, de modo que debe ser de cualquier otra letra. Sea como fuere, la gripe me cayó encima como una carpa desinflada, o para decirlo más elegantemente, como un manto. Pero le prometo que no voy a hablar del clima, de nuestro clima, que es uno de mis temas preferidos porque si en él me embarco, me sorprendo de pronto llevándole la contra a medio mundo. Corrijo: no de pronto sino consuetudinariamente, qué palabra espantosa, corrijámosla: de costumbre, y qué bueno es contar con un idioma tan rico como este castellano que nuestros abuelos inmigrantes nos legaron, de costumbre, decía, soy yo la que les lleva la contra a todos los que me rodean y lo rodean a usted y a mis vecinos, familiares, amigos y conocidos. Por ejemplo, a mí me gusta el calor de verano que, bueno, no es para tanto, ¿no? y sostengo contra toda opinión general que se trabaja mejor a cuarenta grados a la sombra que a doce al sol. Otro ejemplo: lo que mata es la humedad. ¡Pero vamos! Pocas cosas hay más amables que ese velo húmedo que se desprende de las cosas, de los árboles, del suelo, de los techos, y que viene, derechito y sin distraerse, de las procelosas aguas del Padre del Mar o séase el bendito Paraná. Cuidado, cuidado, no me venga con prejuicios, o ¿alguna vez vivió usted un tiempo relativamente largo bajo un clima seco? Yo sí, y no se lo deseo a nadie. Viví en una región preciosa, amable y acogedora pero seca. Ahí (no la voy a nombrar escudándome en el secreto de sumario) no llueve nunca. Nunca, dije. Hay agua, sí, de los tormentosos ríos que bajan de la montaña y en primavera del deshielo, pero una se acuerda de la acariciante humedad del Padre Paraná y llora a gritos. Ay, se me fueron los dedos sobre las teclas. Le prometo seguirla en la próxima.

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