COLUMNISTAS AJUSTE

No es Excel, son las personas

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Retiro. Sería recomendable que los funcionarios interactuaran con personas reales.
Retiro. Sería recomendable que los funcionarios interactuaran con personas reales. Foto:Cedoc Perfil
La más reciente película de Jim Jarmusch (autor de Café y cigarrillos, Flores rotas, Una noche en la tierra) se titula Paterson. Es el nombre de la pequeña ciudad de New Jersey donde transcurre, y también el de su protagonista. Es un film pequeño, sencillo que destila sabiduría y sensibilidad. Una joya invalorable. El personaje central es colectivero y también poeta (aunque él no se valora así). Escribe en su inseparable cuaderno escenas de la vida cotidiana en las que detecta la riqueza de lo humano detrás de lo aparente. Así lo hacía William Carlos Williams (1883-1963), su autor favorito, que además fue médico del Hospital General de Paterson y dedicó a ese pueblo un largo poema de cinco tomos cuyo espíritu respira el film.

Al volante de su bus, el colectivero es oyente y testigo mudo de las infinitas historias que fluyen en la vida, y con los trozos que recoge de ellas construye sus poemas bellos y minimalistas. Otros nacen de su rutina nocturna, que consiste en pasear a su bull dog Marvin y tomar una cerveza en un bar vecino. Quien sale a la vida con el corazón y la mente abiertos y el juicio suspendido, parece decir Jarmusch, puede encontrar poesía, humanidad, dolores, esperanzas, tristezas, alegrías, epifanías. Verdad.

Quien no sale o sale a timbrear en casas previamente seleccionadas o a subirse “espontáneamente” a colectivos cuyos pasajeros se escogieron con antelación, y busca con ello la foto viralizable para una verdad prefabricada, corre el riesgo de encapsularse en un microsistema endogámico, creerlo real y tomar decisiones de-sacertadas y peligrosas para él y para todos. En algunos de sus retiros (¿espirituales?) el equipo gobernante y su jefe podrían ver Paterson. Sería una introducción al acercamiento a personas reales, a su forma de vivir, a su acontecer, a sus esperanzas y frustraciones. Quizás entonces no dirían tan sueltos de cuerpo “no nos van a correr por 20 pesos”, como lo hizo el vicejefe de gabinete Quintana ignorando que “veinte pesos” son personas, jubilados que cobran mínimos insultantes tras una vida de trabajo. Tampoco proclamarían que la inflación cesó si vieran ante sí personas que van al mercado y comprueban lo contrario, que reciben facturas de servicios más caros cada mes, que comprarán útiles escolares a precios mucho más altos, que pagan más por la nafta, por los peajes, que dejaron de comprar cosas (como ropa para el diario) de comer carne o de tomar leche. Además de trabajos perdidos y emprendimientos abortados.

Hay personas reales en los cafés, las verdulerías, las oficinas, las fábricas, los talleres, los colegios, el subte, los hospitales, las farmacias, los quioscos, los almacenes, los supermercados. Y en los colectivos, como el que conduce Paterson. No habitan planillas de Excel. Había que sincerar la economía, es cierto. Pero también hay que sincerar el discurso. Dotarlo de verdad. Por una vez la economía habría pasado a segundo lugar si la corrupción, los negocios oscuros, las relaciones turbias se hubieran atacado como se prometió. Pero ahí están los casos Arribas, Correo, Panamá Papers, la confusa trama que liga a MacAir y Avianca con el apuro por sacar de Aerolíneas Argentinas a quien se oponía a exponer a la línea de bandera a una competencia desigual antes de sanearla y ordenarla. Ahí están licitaciones y negocios ganados por quienes tienen relaciones estrechas con el poder actual.

Venimos de doce años de corrupción desenfrenada e inédita con secuelas trágicas. De doce años del delito como herramienta natural de gobierno. Porque lo sabemos y no soportábamos más es que hoy gobiernan quienes gobiernan. No por sus dotes de estadistas ni por sus virtudes políticas o intelectuales. Es un gobierno por default al que sus votantes le entregaron un capital tan valioso como irrecuperable cuando se lo somete a una constante mala praxis. La confianza. A partir de un punto los errores dejan de serlo para convertirse en estilo. Y cuando se suma todo (errores, medias verdades, insensibilidad), aunque sepamos de dónde venimos empieza a ser preocupante a dónde vamos.

*Escritor y periodista.