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No fue la mano de Dios, Víctor

Si es una trampa es porque no está contemplada como parte del juego. Esto no es una característica del término sino condición fundamental para llamarse así.

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"La trampa es parte del juego" dijo ayer un exultante y complaciente Víctor Hugo Morales a Diego Armando Maradona respecto del gol que éste último le convirtió con la mano a los ingleses en el día en que se conmemoraban treinta años de su acontecimiento. Fue un reportaje donde hablaron del Mundial, de la situación de la AFA, de política, de la vida, pero obviaron los veintinueve años que el astro del fútbol llevaría sin practicarse un estudio de ADN respecto de quién la Justicia asume como su hijo (quien en tres meses también cumpliría treinta años).

Pero regresemos al título de la nota. El polémico gol. No estoy suponiendo, ingenuamente, que el ser humano sea puro por naturaleza. Ni me rasgo las vestiduras por un desliz disvalioso. Menos si aflora en el contexto de una competencia deportiva. Menos si es cometido con espontaneidad, calidad y gracia magistral. Menos si quien lo hizo fue el jugador más habilidoso que conocieron los mundiales. Y muchísimo menos aún, al advertir que benefició a casi todo un país que venía de duros golpes políticos y militares.

Pero es trampa. Y la trampa puede contextualizarse, comprenderse. Hasta provocar un sentimiento entrañable. Pero es trampa. Y por mínima que sea no ha de incentivarse. O peor aún, confundir el térrmino: "Es parte del juego"...

Vanagloriarse de una trampa es promover un subtexto de apología del "vivo", del "canchero", propia de una lógica adolescente, trasgresora y desinteresada por los intereses ajenos; que, cuando es promulgada por un adulto y en los medios de comunicación, infunde un mensaje pueril y contradictorio a la población general. Máxime, teniendo en cuenta lo improbable que el emisor sostenga su postura, si llegado el caso hipotético, ésta u otra injusticia se llegaran a cometer en su contra.

Si es una trampa, justamente, es porque NO está contemplada como parte del juego. Esto no es ni una característica del término sino la condición fundamental para llamarse trampa.

Tener que aclarar semejante obviedad respecto de un orador de tamaña talla, no hace otra cosa que propiciar el cuestionamiento de si tal vez no fue una frase distraída y al pasar. De si su apreciación se extienda acaso secretamente respecto de otros aspectos menos anecdóticos. Más profundos y actuales. Algunos que insistentemente aparecen por los medios de comunicación y que hablan de trampas inconmensurables, de bolsos, de bóvedas, de un monasterio. ¿Es parte del juego? ¿Podría llamarse a eso también "la mano de Dios"?

 

(*) Psicólogo y novelista. En Twitter: @llavemaestraok



mmarquevich