COLUMNISTAS ETICA Y AUTOCRITICA

No hay banda

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Hoy no hay oposición. Ni siquiera hay oposiciones. No hay ideología. Hay personas aisladas que suponen ejemplos de integridad política frente a la miseria de los partidos sin memoria.

Hoy los partidos políticos de la oposición son una masa amorfa, carente de programáticas claras, pero sobre todo carentes de capacidad de transmisión política-estratégica. Hoy hay estructuras vacías. Y frente a esas estructuras hay políticos que se destacan por una virtud: sólo unos pocos hablan con un mínimo de honestidad intelectual, algo imposible de pedir a varios de sus partidos de origen (que los segregan o los dejan, según el caso).

Hoy los partidos políticos opositores son lo que son no sólo por acción antirrepublicana y autoritaria del oficialismo nacional, sino porque no han sabido construir su fortaleza en torno a una autocrítica pública y una exposición pedagógica de sus acciones: incapacidad expositiva de comunicar un plan estratégico (no sólo de gobierno, sino de alternativa opositora), pero también incapacidad autocrítica de muchos partidos funcionales a la actitud antirrepublicana del poder político hegemónico (partidos que votaron leyes que idealmente funcionan pero que en la práctica suponen la entrega de la suma de poder al delito enquistado en la administración del Estado). No hace falta que dé nombres: googleen “Ley de Medios” y “votación nominal”. Gracias.
Hoy no hay oposición ni oposiciones porque no hay aceptación de lo hecho y votado en el pasado reciente. No ha habido ni una asunción de responsabilidades políticas. Hoy no hay responsabilidad por las acciones hechas, entre otras cosas, porque al carecer de un sistema republicano se ha instalado la idea de que la autocrítica es un regalo al adversario. En cambio, de esta verdadera política del perdón público y la asunción del lugar propio se nos impone una tradición policial, cada vez más insistente: la ideologitis.
Y es la ideologitis lo que termina de asesinar al sistema de partidos en un contexto prerrepublicano como el que vivimos hoy (división de poderes puesta en duda, autoritarismo, extorsión económica a provincias con gobiernos opositores, mafia enquistada en el Estado, reciclaje de gobernantes en el poder provenientes de un solo partido político): frente a un avance cada vez más autoritario del poder oficial prima el idealismo moralista de los hegelianos de sobaco por sobre un contrato ético de veinte o treinta puntos entre varios partidos (que no necesariamente tienen que estar en un mismo frente ni negar su origen ideológico). La ideologitis es un virus que afecta a aquellos que piensan que la ideología y la moral son abstracciones ahistóricas. Por eso para un ideologeta (piensen en Lozano) es mejor defender la ideología que la república. A los ideologetas hay que responderles con la práctica ética. Las prácticas éticas son pactos de integridad entre integrantes de una comunidad. Esas prácticas éticas son históricas. Y como tales, se hacen cargo de sus acciones pasadas. No son posiciones trascendentes ni definiciones taxativas del lugar ideológico-político que ocupamos en el mundo. Las prácticas éticas no se olvidan de la historia ni la niegan. Tampoco niegan la ideología. Pero saben claramente que para que la ideología entre en el terreno de debate político, primero tienen que existir república y democracia, si no es discutir el sexo de los ángeles.

Para tener república y democracia primero necesitamos ética. Para recuperar la ética precisamos honestidad intelectual (e integridad política). Para recuperar honestidad intelectual necesitamos autocrítica de nuestros dirigentes políticos. Para una autocrítica potente precisamos pedagogía (sobre lo hecho y sobre lo que nos proponen hacer). Quizás así recuperemos un sistema de partidos políticos. No sería un mal comienzo: al fin y al cabo, cada diez años todo comienza otra vez en esta llanura monstruosa.

*Guionista, crítico, escritor
(www.conmigonobarone.wordpress.com).



Federico Karstulovich