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No juzgues un libro por su tapa

Alguien debería tomarse el trabajo de colmar esta inmensa laguna, dedicando un libro entero a la compilación de las banalidades que se dicen alrededor de los libros.

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Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert
Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert
Foto:Cedoc

El Diccionario de lugares comunes, de Gustave Flaubert, inauguró un género literario maravilloso: la lista de estupideces, de lugares comunes. Después de Flaubert vinieron Léon Bloy, Karl Kraus, Paul Valéry y Arthur Schopenhauer. Todos ellos, en ese orden, fueron los insuperables catalogadores de la banalidad y de los clichés corrientes.

Y sin embargo, en el libro de Flaubert los lugares comunes que tienen que ver con el libro y la lectura se cuentan con los dedos de una mano. El más directo y aleccionador es éste: “Libro: cualquiera sea, siempre demasiado largo”. Después hay algo sobre el carácter ocioso de los literatos, sobre los beneficios y los daños de la imprenta, y no hay mucho más.

Alguien debería tomarse el trabajo de colmar esta inmensa laguna, dedicando un libro entero a la compilación de las banalidades que se dicen alrededor de los libros. Yo no tengo ni tiempo ni ganas de dedicarme a ese trabajo. (Tal vez lo mejor sería hacer una obra colectiva, en cuyo caso tampoco me gustaría participar, porque detesto las obras colectivas tanto como los lugares comunes.)

Ya lo decía el doctor Frank-N-Furter, el exótico científico travesti de The Rocky Horror Picture Show: “Don’t judge a book by its cover”. El doctor miente, si hay algo que podemos hacer sin temor a equivocarnos es juzgar un libro por su tapa. Estamos en presencia de un caso particular de lugar común más general, aquel según el cual “el hábito no hace al monje”, cosa que todos, incluso los que nunca juzgan un libro por su tapa, saben que no es cierto. Las tapas de los libros son una cantera de información, y es muy raro que nuestro olfato nos traicione. Evito, por ejemplo, los libros de ochocientas páginas con el título en relieve y, pongamos, la silueta de una gaviota en la tapa, recortada contra el cielo rojo sangre del atardecer; o bien las novelas que tienen en la tapa a una señora estadounidense, dientuda, con un peinado estilo siglo XVIII, quien, según se explica en la contratapa, dirige una escuela de escritura creativa en Wyoming; o bien los libros de adictos recuperados, que llevan en la tapa una foto infantil del autor en blanco y negro, de la época en que era feliz e indocumentado y su único vicio era el chocolate. O los libros que ostentan una faja donde está escrito “Diez ediciones en dos días”, o “Un clásico de nuestro tiempo”. Otro género del que hay que desconfiar con un simple golpe de vista es el libro-confesión que lleva en la tapa a una mujer con el rostro cubierto por un velo y el título en primera persona del estilo Yo, esclava (o todas las variantes, a saber: Yo fui esclava, La esclava del sultán o, sencillamente, Esclava y basta).

La intuición (llamémosla intuición, pero bien podría ser instinto; o prejuicio, que hoy vendría a ser el instinto pero con características criminales), la intuición, decía, nunca traiciona. Si no me creen hagan un experimento: láncense en una carrera loca a través de una gran librería, un poco como los personajes de Bande à part por las salas del Louvre. Con el rabillo del ojo van a ser capaces de comprender, sin posibilidad de error, dónde vale la pena hacer una parada.



Redacción de Perfil.com