COLUMNISTAS SE VA MORENO

No lo vamos a extrañar, ¿o sí?

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La salida de Guillermo Moreno despertó expectativas positivas en casi todo el mundo. Es que resulta difícil imaginar que se puedan hacer las cosas peor de lo que se venían haciendo en el manejo de los mercados intervenidos y progresivamente destruidos de productos alimenticios, en el Indec, con los permisos de exportación e importación y con una larga lista de etcéteras.

Pero ojo: es difícil, no imposible. Siempre las cosas pueden empeorar. Y puede que éste sea el caso, que Moreno se vaya pero la patota rudimentaria que él encabezaba sea reemplazada por una patota doctrinaria, la de Axel Kicillof y La Cámpora, y entonces dentro de un tiempo concluyamos que “con y contra Moreno no estábamos tan mal”.

Para abonar el pesimismo, basta observar cómo se están comportando los propios funcionarios: incluso los que se animan a entrar están en muchos casos más atentos a sus opciones de salida que a cualquier otra cosa.

El mejor ejemplo de ello lo brindan los gobernadores Sergio Urribarri y Jorge Capitanich: según parece, el entrerriano estaba obligado por la Constitución de su provincia a renunciar a la gobernación en caso de ingresar al gabinete nacional, y esa limitación resultó decisiva para que la jefatura de gabinete terminara en manos de su par chaqueño, que sí podía pedirse una licencia indefinida en su provincia, gracias a la cual, en caso de fracasar en su nuevo cargo o de ser expulsado intempestivamente de él por Cristina, tendrá a la mano un refugio seguro.

Mientras tanto, Lorenzino logró su sueño e irse a una embajada, la de la Unión Europea; Moreno consiguió que Cristina le concediera un último deseo (“sacame del país”, le habría pedido) y se va a Italia, y Abal Medina, sin pedirlo, consiguió irse a Chile. ¿El kirchnerismo es un proyecto en fuga? Como siempre ha sido, juega en el límite entre quedarse con todo o irse al diablo. No parece que vaya a renunciar a esa condición en el ocaso. Y como siempre ha sido, encuentra la voluntad para seguir intentando quedarse con todo en la cantera del ánimo de los más entusiastas.

Kicillof brinda el mejor ejemplo de ello. Es de los que no tratan de ubicar la puerta de emergencia, porque está firmemente convencido de lo que hace y de su infalibilidad. Si en algo cree Kicillof, es en sí mismo. Muchos se preguntan: ¿será cierto que es un fanático, un revolucionario, un marxista convencido?, ¿si a fines de los 90 estuvo en una consultora que dirigía un reputado menemista y se dedicaba a promover las reformas de mercado en las provincias más pobres del país? Si su jefe de entonces ha vuelto a ser ahora su jefe en el gabinete, ¿no habría que esperar de él una dosis de pragmatismo, cierta flexibilidad para acomodarse a las exigencias del momento? Habrá que ver. Por de pronto, lo que puede advertirse es que no prevé políticas concebidas para salir del paso, para que duren por un corto período, si no para siempre. Su mira está puesta en el largo plazo, o más allá.

Intelectualidad y política vuelven a tensarse en el rol de Kicillof, como ha sido la norma desde que Cristina llegó a la Presidencia. Hace pocos días Ernesto Laclau concedió un reportaje en el que expuso el problema: desmintió que estuviera muy involucrado en los avatares de la política argentina, o que fuera un hombre de consulta frecuente de nuestros gobernantes, aunque sí reconoció ser un “referente” en el plano de las ideas que ellos usan para orientarse. Y remató con una frase elocuente: “Yo trabajo por la eternidad”. Tal vez Laclau no haya advertido que muchos de sus simpatizantes oficiales, como es el caso de Kicillof, y es también el de la propia Cristina, hacen eso mismo.

Con semejantes pretensiones en el comando del barco, no es de asombrar si terminamos encallando: años atrás, el propio Moreno planteó el asunto con su habitual crudeza, cuando explicó que Marcó del Pont servía para seducir a los empresarios, él servía para asustarlos y los pibes de La Cámpora no servían para nada. El problema es que estos pibes están cada vez más al frente.
 

*Investigador del Conicet y director de Cipol.



Marcos Novaro