COLUMNISTAS DEL POTRO, JAITE, Y LA IMPOSIBILIDAD DE OPINAR

No me gusta comer pescado podrido

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No estoy seguro de que la prudencia sea, siempre, una virtud en un periodista. Con familiares cercanos como la duda o la cooptación, es probable que, finalmente, se trate de una condición cuyas bondades o maldades queden sujetas al episodio en cuestión. Confieso que, en mi caso, sólo ejerzo la prudencia cuando siento que, de otro modo, es muy probable caer en la injusticia.

También confieso que me provoca el hastío de la mediocridad cuando el tema que se trata abunda en protagonistas que llenan de presuntas certezas el off the record mientras, oficialmente, invaden el aire de eufemismos, vaguedades o argumentos que consideran políticamente correctos, aun cuando todo esto los lleve, lisa y llanamente, a mentir. O a no decir la verdad que, me explican acá, no es exactamente lo mismo que mentir.

Un día después del anuncio de que Juan Martín del Potro no jugará la Davis ante Italia, pero a más de un año del desafortunado partido ante República Checa, que significó, vemos ahora, mucho más que perder una semifinal, creo que éste es uno de esos episodios en el que sólo la prudencia –y los buenos modales para poner a resguardo la relación con gente a la que se aprecia y/o respeta– aconseja no patear el tablero y contarle al mundo todo lo que todos andan diciendo de todos.
Muchos de ustedes, divididos entre los que creen que Del Potro es un traidor a la Patria y los que lo consideran una versión tandilense y tenística del Conde de Montecristo, esperan una opinión. Es todo lo que importa, a veces. Saber si el tipo al que leen, ven o escuchan opina lo mismo que ustedes. Una versión conceptual de la venerada pregunta “¿vos, de quién sos hincha?” ¿Qué te cambia saberlo? ¿De quién creés vos que soy hincha? ¿Creés que mi trabajo periodístico está condicionado por una camiseta? ¿Me consideran merecedor de una inspección integral de la AFIP si se me ocurriese ser hincha de tu clásico rival?
Después de un año y medio de culebrón sin argumento ni guionistas, pero a cinco del comienzo de la saga –esto empezó, por lo menos, cuando la Argentina perdió contra España en Mar del Plata– y después de haber opinado sobre el tema hasta hartarme de mí mismo y de darme cuenta que no tenía forma de no contradecirme, llegué a la conclusión de que es imposible opinar cuando lo que se ve en la superficie –es decir, lo oficialmente analizable– difiere tanto de lo que todos te dicen a escondidas o por whatsapp. En todo caso, es imposible opinar sin agrandar muchísimo el margen de error.

Si tuviéramos que evaluar el rebote de la flamante noticia – en realidad, la continuidad de una tendencia– tanto en foros como en las redes sociales habría que decir que ha crecido la imagen negativa de Juan Martín. En un electorado selectivo, por cierto. Maleable. Una tendencia que se revertiría con el solo hecho de decidir jugar; me cuentan que es probable que esto suceda en el próximo match copero argentino. Lo que no significaría solucionar el tema de fondo. Sería, simplemente, darnos el gusto.
Del Potro aportó, esta vez, elementos concretos y contundentes que no deben ser ignorados: que no se tuvo en cuenta su opinión para elegir la superficie del match ante los checos de 2012 es, para mi gusto, lo más relevante. Supongo que ya se explicará que no fue así. ¿Será en on o en off? Porque, de hacerlo en on, es decir, de confrontar y desmentir a Juan Martín, quedará la sensación de ruptura definitiva. Y atenti, porque una cosa son las convicciones –y hasta la verdad– y otra las necesidades de un organismo que precisa como el agua que o Del Potro vuelva a jugar o la Argentina vuelva a llegar por lo menos a semifinales del torneo. En el primero de los casos, habría sponsors más tranquilos y tribunas más llenas. En el segundo, se evitará perder la formidable fuente de ingresos que es la Copa Davis por productividad. En ambos casos, se trata de dinero. Y para todos los casos, entre tener al tandilense y no tenerlo hay una diferencia cada vez más amplia.

Supongo que, al respecto, no debe haber coincidencia plena entre lo que piensa el capitán Martín Jaite y lo que piensa el sector influyente de la dirigencia. Supongo, también, que analizan el tema desde lógicas distintas. Supongo, también, que no se dirá demasiado al respecto públicamente. Sería piantavotos. A veces, en la política, ser transparente lo es.

Desde cada sector de la mesa hay un libro por escribir. Hay razones que se esgrimen, hay derechos que se reclaman, hay excesos que se vociferan. Pero, por el momento, sólo son susurros que se ponen al alcance de un puñado de periodistas que hacen con ello lo que se les antoja. Inclusive seleccionar qué se dice de todo lo que se cuenta. Les aseguro que si pusiéramos todo en blanco sobre negro, quedarían pocas ganas de seguir viendo partidos de tenis. ¿Cómo se hace para desmenuzar y clasificar los dichos de, al menos, tres frentes distintos, todos respetables, todos con derecho a ser creídos?
Como no me gusta comer pescado podrido –de hecho, no como ningún tipo de pescado–, sólo se me ocurre una forma de evaluar los hechos: que los protagonistas, todo lo que tengan que decir, lo digan públicamente. Y que no se ofendan cuando alguien, analizando esos dichos, no toma en cuenta que, quizás, la realidad es la de aquello que no se animan a decir. Así, trazar el puente entre el protagonista y la opinión pública con la prensa como portador es, más que un teléfono descompuesto, un ejercicio bobo.

En definitiva, la única opinión que tengo, en este momento, es que, si el objetivo es que la Argentina tenga el mejor equipo de Copa Davis y siga aspirando a ganarla –con Juan Martín, eso podría pasar este mismo año–, la única forma de lograrlo es poniendo la energía en solucionar desvínculos y acercar posiciones y no gastar ni un poquito de energía en quienes la miramos de afuera.

Eso sí, si no la ven, cuenten de verdad lo que anda pasando. No dejen en manos del cronista lucubrar o elegir qué parte del off the record violar para ver a quién se beneficia o a quién se perjudica. Sólo entonces volvería a tener sentido dar una opinión.



Gonzalo Bonadeo