COLUMNISTAS 75 AÑOS SON SUFICIENTES

No morirme (todavía)

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He cumplido 73 no hace mucho y ese mismo día leí que un médico norteamericano, un tal Ezequiel Emanuel, especialista en Bioética, acababa de revelar que, según sus estudios, la mejor edad para morir es a los 75 años. Yo estoy de acuerdo. Hace muchos años tomé la decisión de morir a los 75 años. Claro que entonces no tenía 73.

A esa edad uno deja de ser quien fue y deviene en una mala copia de quien tenía el vigor, la astucia y la creatividad suficientes para hacerse un lugar bajo el sol y hacerse querer por algunas y algunos. En mi caso ya siento el deterioro que el paso de los años impone al cuerpo y a la mente. Mi corazón late perezosamente y cada tanto amaga con detenerse. Mis manos, sobre todo la izquierda, estrenaron un fino temblor que en no mucho tiempo será perceptible para los demás. Mi memoria falla, a veces sutil y otras estrepitosamente. En una conferencia reciente olvidé el nombre del sargento que salvó la vida de San Martín en el combarte de San Lorenzo. La palabra que se obstina en no subir a la conciencia se aferra a la punta de la lengua y en el mejor de los casos a los pocos segundos o al cabo de varios días cae en su casillero. Si cae.

Llevo adelante una vida bastante normal, es decir que oigo, veo y huelo menos. Sexo: errático, lo que no está tan mal. Las enfermedades han comenzado a reclamar sus turnos, fracturé mi brazo derecho en una caída tonta, rompí mi tendón de Aquiles por puro desgaste, acabo de superar dignamente un herpes zóster, la célebre culebrilla. Desde siempre me acompaña el asma aunque, debo reconocerlo, gracias a la edad ha disminuido su energía.

Morirse a los 75 es lo mejor, por lo que debemos planificar nuestras vidas sabiendo que más allá de esa edad todo, o casi todo, se reducirá a sobrevivir día tras día, cada vez más penosamente. Y esa tragedia tendrá como aliada a la medicina y sus formidables avances que, si no estamos alertas, nos transformará en un estropajo hediondo y atemorizante.

No faltará el lector que argumente que un conocido de 80 años todavía juega al tenis. Reconozcámoslo, pocas cosas más siniestras que un anciano haciendo deportes, sus piernas sin músculos y vacilantes, sus brazos sin fuerza, sus pulmones y corazón a punto de estallar. 

Convengamos que 75 años son más que suficientes para haber cumplido con algunas de nuestras fantasías juveniles y haber desarrollado deseos y vocaciones. Mozart necesitó sólo 35  para la inmortalidad, Schubert 31,  Van Gogh 37 y ya no era necesario que pintase un solo cuadro más, el Che Guevara fue asesinado a los 39 y le alcanzaron para dejar un rastro imborrable, también Evita a sus 33. Por supuesto que hubo otros que necesitaron más tiempo como Beethoven, que terminó su Novena Sinfonía a los 54, o Borges que publicó El Aleph a los 50, o Cervantes que dio a luz su Don Quijote a los 58, o Picasso y su Guernica a los 56.

A mi favor está también el lamentable ejemplo de quienes intentaron seguir produciendo después de esa edad, obras que, salvo excepciones que siempre las hay, son una mala copia de sí mismos, orillando el plagio. Allí están Dalí, Miró, Saramago, Alberti y tantos otros.

Siempre he admirado a aquellas personas, pocas, que ahorraron al mundo la visión esperpéntica de su deterioro. La gran Greta Garbo, que se recluyó en su domicilio y sólo lo dejó para ir al cementerio. Entre nosotros la entrañable Tita Merello, quien cuando la llamé siendo ministro de Cultura para darle una distinción, me respondió: “Gracias, pero no la puedo aceptar porque ya he roto todos los espejos de casa”.  

Fijarnos un tiempo para morir es no dejar que el tiempo se escurra entre nuestras manos. Alguien que desde el costado de la cancha nos anuncia que faltan algunos minutos para el fin del partido. Ese será el tiempo para hacer el gol que siempre anhelamos, o hacer el pase exacto que nos dará el triunfo. O de fracasar, pero intentándolo. “El sello de la muerte da precio a la moneda de la vida, y hace posible comprar con ella lo que realmente tiene valor” (R. Tagore).

Sépanlo, voy a morir a los 75. Pero por ahora mejor que no. No es mi plan para el 2015.

 

*Escritor.



Pacho O’Donnell