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Nombre propio y ruptura

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Casi al comienzo de El país de la guerra, recientemente editado por Eterna Cadencia, Martín Kohan introduce un nombre que genera inmediatamente un efecto de ruptura. El país de la guerra relee textos, discursos, relatos del siglo XIX hasta la actualidad, para pensar de qué modo la narración de la guerra –o la guerra como narración– organiza un cierto tipo de imaginario histórico-político nacional. Libro que dialoga con su Narrar a San Martín, pero también con varias de las indagaciones de Dardo Scavino y, más lejanamente, con O juremos con gloria morir, de Esteban Buch, el de Kohan no deja de sorprender por la lograda mezcla de rigor intelectual con libertad para construir su objeto de estudio, su corpus. Y es por eso –sí, debe ser por eso, por esa libertad– que introduce casi naturalmente ese nombre disruptivo. Como decía, es casi al comienzo, mientras se dispone a analizar de qué modo “Mitre fijó las columnas principales con que comenzó a levantarse el templo de la argentinidad. Fue Mitre el que señaló primero a Manuel Belgrano y después a José de San Martín”, que Kohan escribe esta frase, casi al pasar: “No es casual que alguna vez Osvaldo Lamborghini haya destacado a Bartolomé Mitre como uno de los más grandes narradores de casi todo el siglo XIX (no dijo historiador, ni hombre de letras, ni publicista ni intelectual; dijo narrador)”. La aparición –inesperada, claro está– de Lamborghini, de Lamborghini como cita de autoridad, pero también, y sobre todo, de ruptura (la ruptura viene dada precisamente por lo inesperado de su aparición en ese contexto), no deja de plantearme una pregunta, o tal vez, una afirmación: ¿cómo es posible que Lamborghini mantenga aún ese carácter disruptivo? Lamborghini (como Copi, como Puig, entre los de esa generación) ha sido objeto –por no decir víctima– de tantos y tantos usos desdichados, ha sido copiado y pasteurizado una y otra vez por escritores sin demasiado talento y por críticos ídem; se ha vuelto de tal modo lugar común y obviedad cultural, que no deja de ser milagroso que su mero nombre produzca aún un efecto disruptivo. Pero lo logra (quizás allí resida su secreto: Lamborghini lo logra, pese a todo).

Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), de Marcelo Cohen, también recientemente editado por la editorial Entropía, es un libro lleno de ideas inteligentes, de una prosa ensayística por momentos notable. En uno de los ensayos, quizás el más autobiográfico, el que narra su experiencia como traductor (y como residente durante veinte años) en Barcelona, de repente, Cohen escribe: “En el bar de la esquina de mi casa iba a ponerme a conversar con un argentino, que resultó ser Osvaldo Lamborghini”. Cohen hace un pequeño retrato de Lamborghini (“era un hombre irascible y muy incorrecto”) y cuenta que una vez, en su casa, Lamborghini ve la traducción en la que estaba trabajando (Fausto, de Christopher Marlowe) y le dice: “No lo va a traducir al gallego, ¿no?”, para luego recomendarle que leyera Kafka, por una literatura menor, de Deleuze y Guattari. Luego, Cohen reflexiona sobre Lamborghini: “De manera psicopática pero efectiva, situó las tensiones de nuestro exilio en su meollo, la lengua”. Es cierto: como pocos, aún hoy Lamborghini tiene la capacidad de situar las tensiones literarias en su meollo.



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