COLUMNISTAS EL BOCHORNO DE LA ELECCION EN LA AFA

Nos pasa a todos

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Hablar sobre las estructuras del fútbol argentino es como hablar sobre Lionel Messi. Pero al revés. Por lo malo o por lo bueno, ya no hay palabras que los exhiban en su debida dimensión. Hasta los cronistas amantes de los lugares comunes se animaron a jugar con la recurrencia de los términos. Después del espantoso espectáculo del último jueves por la noche, hasta los que llevan años minimizando –por conveniencia, ignorando– buena parte de la infinidad de miserias que rodea el juego que más nos gusta, advirtieron que se habían superado todos los límites. Hasta los de la vista gorda.
Bochorno, papelón, absurdo, indigno, ridículo, repugnante, indecoroso, triste, lamentable, circense, felliniano, descorazonador, grotesco, indignante, doloroso, impresentable, lapidario. Cualquiera de ustedes pondría un sustantivo o un adjetivo sin equivocarse. Sin embargo, para quienes trabajamos en los medios, más o menos cerca de la desorganización del fútbol, subir la voz o levantar el dedo por este tema de la votación fallida es asunto de hipócritas.
No sé si alguien se hubiera animado a predecir exactamente lo que pasó. En efecto, tampoco sabemos fehacientemente si lo sucedido fue casual o adrede (los votos no fueron recortes de papel finito, sino cartones bien separados unos de otros, según explicó Ricardo Gil Lavedra). Pero muchos estábamos convencidos de que algo extraño iba a suceder. Como hace unos días, cuando el clásico de barrio entre Estudiantes de Caseros y Almagro se suspendió por incidentes entre la barra local y la policía antes del final. O como en aquella incalificable noche del Panadero, cuando Boca y River demostraron que nuestro fútbol no está siquiera en condiciones de celebrar su fiesta mayor: nos enseñaron que en la tribuna todo vale, y se olvidaron de explicarnos que, para disfrutar de un triunfo, hay que contemplar la variable de la tristeza por una derrota. No sabíamos qué, pero teníamos plena sensación de que algo feo pasaría.
Si así es el fútbol que vivimos desde hace décadas, si eso que nos mueve la mayor pasión de que somos capaces tiene la decadencia de los peores días del Imperio romano, ¿por qué razón iba a fluir, justamente, el ejercicio del voto? Durante los últimos treinta años, a nuestro fútbol le pasó de todo, desde títulos mundiales hasta muertes en las canchas. De todo. Menos votar por sus autoridades.


Hay, por estas horas, un eje recurrente en los medios. Analizar por la buena o por la mala cómo lo que sucedió en Ezeiza afectó a Marcelo Tinelli. No sin razón, se habla del desconocimiento respecto de los procedimientos de quienes integran la lista rival. No quisiera subestimar la tropa propia: entre quienes lo apoyan hay más de uno que, hasta hace poco y tal vez mañana, procedía igual que los de enfrente.
Está claro que la tele no se parece a la AFA. Ni siquiera cuando hablamos de sus miserias, ya no de sus bondades. Sin embargo, revisando las hojas amarillentas de la vieja TV Guía encontraremos decenas de nombres que duraron en la tele lo que aquel mítico cucurucho que se derretía en pleno verano de principios de los 90 que aún hoy es motivo de burlas entre Tinelli y el colega Pablo Sirvén. En todo caso, no es lo mismo perpetuarse en la tele que en el sillón de la AFA. Para una cosa necesitás, por lo menos, un alto nivel de audiencia. Para lo otro necesitás, exclusivamente, un alto nivel de alcahuetes que te lo permitan. Alcahuetes que, por cierto, no lo hacen de onda. El poder del negocio del fútbol es tan grande que tiene espacio para las ambiciones de muchos.
Lo que no terminamos de ver en profundidad es que el problema respecto de un presunto conflicto de procedimientos en la AFA no es de Tinelli, ni de D’Onofrio, ni de Lammens ni de Segura. Es nuestro. De la sociedad futbolera y de aquella a la que el fútbol el importa un bledo.
Como antes con el codificado, los argentinos cumplimos seis años y medio financiando los despropósitos de la enorme mayoría de los clubes de fútbol. Les legitimamos el derecho a ejercer el poder en sus equipos en modo unicato sin siquiera exigirles cumplir el contrato vigente. Por cierto, no es menor la diferencia entre elegir pagar un extra por aquel codificado que secuestraba los goles que no elegir el destino de nuestros impuestos, que es como se financia plenamente Fútbol para Todos en sus tres modos: pago de derechos a la AFA, costos de generación de señal y gastos de sueldos a relatores, comentaristas, cronistas, productores, etc. En ambos tiempos –fútbol codificado y fútbol “libre”– algo se mantuvo: el pago del abono a la tele por cable o satelital, que es el sistema a través del cual la enorme mayoría de los argentinos vemos los partidos. Ya habrá tiempo para hablar más en profundidad del FPT, probablemente el primer examen de costo político que el nuevo gobierno no querrá asumir. Queda mal decir que es insostenible pagar a los clubes cientos de millones de pesos por torneo en un país en el que hacen falta desde cloacas hasta fondos para pagar sueldos en las provincias. A veces, es perjudicial no sólo decir la verdad, sino lo que realmente se piensa.
Además, ninguno de los clubes de los que yo tenga registro cumple con la norma básica del contrato, que es la de utilizar el dinero del Estado para, ante todo, sanear las finanzas de las instituciones. Nada está por encima de la compra de jugadores o la sustitución de técnicos. En el mejor de los casos.
Lo sucedido el último jueves no es ni más ni menos que un emergente extraordinario de la vulgaridad recurrente de nuestro fútbol. Sólo en estos últimos 12 meses tuvimos decenas de episodios que, con apenas uno solo que se produjese, una sociedad con buenas intenciones hubiese exigido parar todo, barajar y dar de nuevo. Volvemos al mismo inventario de miserias de tantas otras columnas, pero haga usted el ejercicio –puede usar Google, pero es probable que su memoria alcance y sobre– y recordará que durante 2015 tuvimos partidos suspendidos por distintos episodios de violencia, canchas sin visitantes, canchas sin locales, canchas suspendidas, árbitros agredidos, árbitros suspendidos, árbitros expulsados, muertos en las tribunas, jugadores muertos dentro de la cancha. ¿Alguien cree realmente que la no votación del jueves fue un episodio peor que los mencionados? Lo único que tiene de peculiar es que una votación en la AFA es una rara avis y a todo lo demás estamos tristemente acostumbrados.


Ese mismo jueves, al fútbol argentino le pasó algo muchísimo más grave cuando desde Estados Unidos llegó el anuncio de que el denominado Conspirador Nº 1 era Julio Humberto Grondona y que se solicitaba la captura de Eduardo Deluca y José Luis Meiszner, hombres de extrema confianza de don Julio y ex secretarios ejecutivos de la Conmebol. Nadie ha demostrado aún ningún delito cometido por ellos. Ni por ellos ni por los próximos nombres de ciudadanos argentinos que aparecerán en la causa que lleva adelante la fiscal Loretta Lynch.
Por eso insisto en que el problema no es de Marcelo. Ni de Segura. Tan loco es todo que, más allá de los prejuicios o de que un proyecto nos parezca mejor que el otro, en ambos bandos parece haber gente de bien y gente de mal. ¿Cómo cambiar realmente el fútbol desde una plataforma semejante?
No puedo dejar de pensar en que, entre los protagonistas más visibles que participaron –contra o a favor de su voluntad– de aquel incalificable espectáculo, aparecen jugadores importantes de los medios, los sindicatos, la política, los negocios, el juego y hasta la Justicia. Por dentro y por fuera. Si hasta involucramos en el escándalo a un miembro del tribunal que juzgó a los jerarcas militares de la última dictadura. Sólo faltó un emisario de Francisco. Aunque, quién sabe.
La mejor muestra del poder que tienen quienes aspiran a manejar la AFA se produjo un rato antes del gran espectáculo, cuando Hugo Moyano y su yerno Claudio Tapia –respectivamente presidentes de Independiente y de Barracas Central– se reunieron con Mauricio Macri para tratar temas del vínculo entre el futuro gobierno y los gremios.
Sea como fuere que a usted y a mí nos caigan los protagonistas, lo que no podemos ignorar es el peso específico que tienen en sus ámbitos. Lo mismo cabe para Tinelli (San Lorenzo), Angelici (Boca), D’Onofrio (River) o Blanco (Racing). Jamás en la historia los clubes más populares de la Argentina tuvieron referentes de semejante peso en su área de influencia fuera del deporte.
¿Qué será lo que hace que, cerca del fútbol, todo se vuelva tan ordinario? ¿Cómo se entiende que hablemos del ejercicio democrático por excelencia mientras la mayoría de los 75 votantes llevaron a la urna su apetencia sin haberlo, al menos, sometido a una elección interna de su comisión directiva? Hasta podrían optimizar el recurso sometiendo la decisión a una Asamblea de Socios, figura indivisible del estatuto de los clubes. Ni siquiera les importa legitimar su sufragio a través de la mayoría de sus colegas en la interna del club. Tal vez no hacerlo sea la única forma de decidir según apetencias individuales o negocios. Sólo así se entiende cómo es que algunos asambleístas dejaron el rastro de mensajes de texto prometiendo el voto a referentes de ambas listas.
Esto que sucede no le pasa al fútbol argentino. Nos pasa a nosotros mismos que, entre otras cosas, somos sus financistas. Y nos pasa porque toleramos triste y mansamente que ese espectáculo que nos fascina nos pida todo –desde la pasión, la alegría y el llanto hasta la plata– y no nos dé siquiera el derecho de ir a la cancha.
Nos hemos habituado a tolerar todo lo malo a cambio de migajas de emoción. Y si lo que sucedió el jueves nos asombra, no es porque haya sido lo peor que nos podía pasar, sino porque a todo lo demás ya estamos acostumbrados.



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