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Nos roban algo irrecuperable

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Fermín cumplirá 3 años dentro de un par de semanas. Si cualquier chico de su edad tiene derecho a la mala crianza, imagínense uno con cuatro hermanas mujeres, de las cuales la mayor está más cerca de convertirse en madre que de ser, entrañablemente, mi hija.

Hace rato que camina. Pero hace más tiempo aún que tuvo su primera pelota. En realidad, nunca se hizo cargo de que esa número dos azul, roja y blanca era “su” pelota: desde siempre decidió adueñarse de mi colección de miniaturas de los mundiales. Ya ni tiene sentido reubicarlas en los estantes. Mi única pretensión es que no la destroce alguno de los boxers que, por cierto, también lo malcrían.

No conozco demasiados padres que no les regalen una pelota a sus hijos varones. Al menos hoy, que los materiales sintéticos y los talleres esclavos de Asia –y de Caballito– convierten las pelotas de fútbol en productos de precio sustancialmente más accesibles que un pack de leche. En tus tiempos, que son los míos, no había miniaturas de cuero sino pelotas de goma y una número cinco no sólo era un producto suntuario, sino que ni siquiera abundaban en los negocios.

Supongo que nuestra ilusión, que comienza con verlos patear por primera vez para descubrir si será zurdo, como Messi, o derecho, como el Kun, se prolonga imaginándolos jugar en el colegio, en algún club; ser buscado por sus amigos por buen pibe y por no ser un patadura como el viejo. Ojalá llegue a jugar al papi en algún club y que algún profe lo lleve a probarse en las inferiores. Más allá de eso, todo es ciencia ficción: mis años de laburo me enseñaron que jugar en serio a algún deporte es para una muy selecta minoría. Y que ese cuatro al que puteamos porque siempre tira centros que pasan por detrás del arco nos ganaría, él solito, a un equipo entero de mortales.

A la vuelta del asunto, creo que lo que queremos es inocularles el virus del fútbol. Que juegue todo lo que pueda. Pero que, ante todo, sea hincha como nosotros. De nuestro cuadro, claro. Esa es no sólo la aspiración de mínima: es la aspiración real.

Yo soy de los que esboza una mueca entre socarrona y piadosa cuando le mandan un abrazo de gol. En realidad, lo era. Hace poco, una de mis hijas me hizo sentir que un abrazo de gol no se compara con ningún otro abrazo. No digo mejor sino incomparable. Es un abrazo inevitable, que elimina el pudor del roce, que no tiene otra finalidad que la de transmitirle al otro lo feliz que nos hace compartir ese momento. El abrazo de gol prescinde de las clases sociales. Y del olor a transpiración.

Vos sabés tan bien como yo lo que significa ese abrazo con tu hijo. Ese señor barbudo que alguna vez tuviste en hombros, con el que empezás a tener más discusiones que carcajadas. Ese que pronto dejará de vivir en tu casa. Ese al que no extrañarás tanto el día que se vaya porque ya lo extrañás horrores. El abrazo de gol con tu pibe te lo devuelve gateando, pidiéndote la mamadera o mirándote embobado como a un Dios todopoderoso que lo amparó desde que salió de la panza de su madre. La ida a la cancha es, para mí, la ilusión de volver a tener ese abrazo de gol. Y compartir ese momento en el que no interfieren ni tu celular ni sus novios. ¿Cuántos fines de semana llegás al domingo sin hablarle pero los dos saben perfectamente a qué hora se encontrarán en la puerta de casa para salir a la cancha?

Riesgos y exposición. A veces, escribir en carne viva es riesgoso. Por lo pronto, te expone desde lo autorreferencial: ¿quién te asegura que lo que vos decís que te pasa le importe a un señor o una señora que, en el mejor de los casos, sabe que sos ese tipo de la tele que ahora pesa unos kilos menos que antes?

Además, te hace dar por sentado que al otro le pasa algo similar. Que te entiende. Que también estuvo a punto de llorar –o lloró, como yo– en estos días en los que se trata a nuestra pasión con tanta indecencia. Peor aún. Para muchos de ustedes, darle tanto valor afectivo a un partido de fútbol debe ser una imbecilidad en technicolor. Los entiendo y me disculpo.

Pero no tengo más remedio que escribir sobre este tema recurrente y repugnante. Y no encuentro nada que no se haya dicho. No veo qué más podría decir de Angelici, de Berni, de Orion o del gas mostaza que finalmente fue un menjunje tumbero. ¿Seguir enumerando torpezas, responsabilidades, negligencias, cobardías? Tal vez insistir en que los idiotas que deformaron definitvamente el fútbol esta vez empezaron siendo tres o cuatro pero terminaron siendo miles, esos guapos virtuales que mantuvieron casi dos horas de rehenes a dos equipos de fútbol y a toda la opinión pública. No se recuerda en los archivos que tanta gente haya secuestrado a tantos señores millonarios al mismo tiempo en el mismo lugar. ¿Ven?  Apenas me acerco al asunto, más torpe me pongo. Les juro que lo que pasó el jueves en la Bombonera se consumió de mí mucho más que lo que hubiera imaginado.

Me despertaron de una bofetada avisándome cómo se trata a la mayor pasión de los argentinos en pleno año de elecciones. Así estamos a cuatro meses de decidir. Y los mismos que tenemos que decidir nos encogemos de hombros afirmando que no podemos hacer nada contra los barras, que la responsabilidad es del otro. Nos ayudan mucho a ello: hace poquito tiempo, desde al menos tres sectores de la política argentina –Frente para la Victoria (Diana Conti), GEN (Margarita Stolbizer) y UCR (Oscar Aguad)– rechazaron de cuajo un proyecto presentado por Alejandro Rodríguez, secretario de Deportes de Daniel Scioli, para tipificar el delito barra dentro del Código Penal. Entre otras cosas, se habló de estigmatizar. Patético.

Por cierto, en estos días ni desde la AFA ni desde el Gobierno se ha hablado demasiado sobre el más lamentable episodio de rehenazgo que registra nuestro fútbol a manos del poder barra.

¿Qué hacer?. Para serles bien franco, yo tampoco sé bien qué hacer. A lo sumo, seguir escribiendo hoy lo que ya se dijo hace una década. O dos.
Lo que cambió por estas horas es que siento que esta legión de mierdas en dos patas me está robando algo que no quiero perder. Mejor dicho, que no podría recuperar. Uno puede perder la casa o el auto y, con ahorros, ayuda o laburo, reponerlos.

Pero ellos y sus cómplices y socios de la dirigencia futbolera, política, policial, judicial, periodística y de tribuna me están robando el derecho de seguir teniendo esos abrazos de gol. A vos también. Lejos de hablarle a un hincha de Boca, directamente afectado por el episodio, te hablo a vos, hincha del equipo que sea.

En la Bombonera se generó la más obscena evidencia de que el fútbol es algo que nos presta una banda de mercenarios escondidos detrás de esa camiseta que tanto amás. Pero más cerca que lejos, de esto se trata lo que nos pasa desde hace muchísimo tiempo.

Todavía tenemos a flor de piel las imágenes del naufragio. Aprovechemos para pensar en que lo que estamos perdiendo no es un partido de fútbol sino el derecho a disfrutar como nos merecemos de nuestro tiempo libre, de nuestra pasión y de nuestro dinero. No queremos robar un banco sin condena. Queremos ir a la cancha. Como vamos al cine, a un museo o a cenar a una fonda. Desde mi humilde lugar, no acepto más medias tintas. Todo aquel que minimice el hecho y quiera relativizar las sanciones puede irse bien al carajo.
Por eso insisto en que el que crea que éste es un asunto de boquenses, se engaña. Y quedará expuesto a que, más temprano que tarde, le claven la estocada por la espalda como a las decenas de miles que se fueron de La Boca sin siquiera poder ver el partido con el que tanto soñaron.

Mientras los que mandan te siguen defraudando –no esperes nada demasiado diferente– podés hacer muchas cosas. No sacarte fotos con ellos, silbarlos cuando llegan a los veinte del primer tiempo –no es noticia que el partido que juega tu equipo les importa un carajo–, bajar del podio de los ídolos a los cracks que alimentan sus colectas millonarias. Ser ciudadano. Y ser tan hincha del fútbol como de tu equipo.

Eso nos falta.
Amar el fútbol –y nuestros derechos– tanto como a nuestra camiseta.



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